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La normalización de la incoherencia en Colombia

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Gustavo Adolfo Morales Castaño
13 de julio de 2026 - 05:00 a. m.
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Hay algo que está deteriorando la democracia colombiana con más fuerza que la polarización: la normalización de la incoherencia. Hemos llegado al punto en que muchos ciudadanos ya no exigen consistencia a quienes buscan gobernar. Basta con que un discurso emocione, ataque al adversario o confirme las propias creencias para que todo lo demás pase a un segundo plano.

Cambiar de opinión no debería ser un defecto. Todos evolucionamos cuando aparecen nuevos argumentos o la realidad demuestra que estábamos equivocados. Lo preocupante es otra cosa: que las convicciones parezcan cambiar según la conveniencia electoral. Que las promesas se adapten al auditorio. Que los principios duren lo mismo que una campaña.

Ese fenómeno no pertenece a una sola ideología. La izquierda, la derecha y el centro han caído en la misma práctica. Se promete acabar con la vieja política y, al llegar al poder, se gobierna con muchos de sus protagonistas. Se condena el clientelismo hasta que resulta útil para conseguir mayorías. Se habla de renovación mientras se repiten comportamientos que durante años fueron criticados.

Sin embargo, sería cómodo culpar únicamente a los dirigentes. La política termina reflejando aquello que la sociedad está dispuesta a aceptar. Si los ciudadanos justificamos cualquier contradicción cuando proviene del político que apoyamos, estamos enviando un mensaje claro. La coherencia dejó de ser importante.

Tampoco ayuda la forma en que hoy debatimos los asuntos públicos. Las frases virales tienen más impacto que las propuestas. Los insultos reciben más atención que las cifras. La confrontación genera más interés que una discusión seria sobre productividad, educación, seguridad, salud o crecimiento económico. La política se convierte en entretenimiento y el gobierno pasa a ser un asunto secundario.

Una democracia necesita ciudadanos exigentes, no seguidores incondicionales. Necesita personas capaces de cuestionar a sus propios referentes con el mismo rigor con el que cuestionan a sus adversarios. La credibilidad de un líder no debería depender de su habilidad para construir un relato atractivo, sino de la coherencia entre sus palabras, sus decisiones y los resultados de su gestión.

Quizá el problema nunca ha sido que los políticos cambien. El verdadero problema es que dejamos de pedirles explicaciones cuando lo hacen. Mientras aceptemos que las contradicciones no tienen consecuencias, seguiremos eligiendo dirigentes que entienden que el discurso pesa más que los hechos.

La democracia colombiana empezará a fortalecerse el día en que la coherencia vuelva a ser una condición para ganar la confianza de los ciudadanos y no una cualidad opcional que puede abandonarse cuando resulta incómoda.

Por Gustavo Adolfo Morales Castaño

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