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Durante mucho tiempo pensé que el periodismo deportivo femenino no tenía tanta relevancia dentro de los medios. Creía que simplemente era una extensión del deporte femenino, un espacio pequeño que existía porque “tenía que existir”, pero que no era central ni determinante. Hoy, después de estudiar comunicación y vivir más de cerca este entorno, entiendo que estaba equivocada.
Antes veía el periodismo deportivo femenino como un tema que no era prioridad en los medios. Algo específico para quienes estaban interesados en el tema. Pensaba que la verdadera discusión estaba en la cancha: en la falta de apoyo al fútbol femenino, en los bajos salarios de las deportistas o en la escasa visibilidad de sus competencias. Y aunque todo eso es cierto, hoy entiendo que el problema también está y muchas veces comienza en cómo se comunica.
Mi cambio de opinión no fue de inmediato. Fue un proceso complejo. En clase, al analizar columnas y discursos mediáticos, empecé a notar cómo el deporte practicado por mujeres suele narrarse desde la comparación constante con el masculino. “La Messi colombiana”, “la nueva James”, “la promesa femenina”. Siempre por debajo, siempre explicado desde lo que ya conocemos: el hombre como medida de referencia.
Ahí entendí algo clave: el periodismo no solo informa, también construye imaginarios. Si los medios minimizan, invisibilizan el deporte femenino, están reforzando la idea de que es secundario. Y si eso se repite durante años, termina naturalizándose. Yo misma lo había terminado creyendo.
También cambié de opinión cuando comprendí que el periodismo deportivo femenino no se trata únicamente de cubrir partidos de mujeres. Se trata de quiénes cuentan esas historias, desde qué enfoque y con qué intención. Durante años, la narración y los comentarios ha estado dominado por voces masculinas. Eso influye en la agenda, en el lenguaje y en las prioridades informativas.
Al estudiar esta carrera, específicamente Comunicación y periodismo, entendí que no basta con decir “hay que apoyar el deporte femenino”. Si no transformamos la manera en que lo narramos, si no le damos el mismo análisis táctico, la misma profundidad estadística y el mismo rigor periodístico, seguimos reproduciendo desigualdad.
Hubo un momento puntual que terminó de mover mi postura: cuando viví esa experiencia de estar en transmisiones deportivas y entendí la responsabilidad que tiene quien está detrás del micrófono. No es solo describir lo que pasa. Es decidir qué se resalta, qué se omite y cómo se construye la historia. Ahí comprendí que el periodismo deportivo femenino no es un complemento: es un escenario de transformación social.
Hoy, como mujer, estudiante de último semestre, enfocada en el periodismo deportivo, pienso distinto. Creo que fortalecer este campo no es un acto simbólico ni una moda, es una necesidad. Porque los medios influyen en patrocinadores, en audiencias, en niñas que sueñan con ser deportistas y en jóvenes que sueñan con narrar esos logros. Si no hay visibilidad mediática, difícilmente habrá inversión. Y si no hay inversión, el círculo de desigualdad continúa.
Cambiar de opinión implica reconocer que uno también hizo parte del problema, aunque fuera desde la indiferencia. Yo subestimé el poder que tiene la comunicación en este tema. Pensé que lo importante era solo el rendimiento deportivo. Ahora entiendo que la narrativa también compite, también marca goles y también define campeonatos.
Hoy ya no veo el periodismo deportivo femenino como un nicho pequeño. Lo veo como un campo necesario, urgente y con un enorme potencial.