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El pasado 8 de marzo fueron las elecciones al Congreso y, por esa y otras razones, la importante fecha quedó un poco relegada, pero, a propósito de esto, se hace inevitable pensar en todas las barreras y situaciones machistas que aún vivimos en Colombia y en el mundo.
En esta ocasión, una escena muy frecuente se atasca en mi mente, y no es más que aquella en la que, aparentemente, jefes bonachones salen con una frase que dista de la realidad y pretende hacerlos “feministas” o, digamos, al menos “inclusivos”: “A mí me gusta trabajar es con mujeres”. Si esto se escucha en una conversación casual, la idea inmediata es que es positivo. Pero vamos despacio: ¿realmente a los hombres les gusta emplear a las mujeres o solo buscan abaratar costos? ¿O quizá, en una lógica más perversa —y como fiel producto del patriarcado—, hacer uso de las vulnerabilidades de las empleadas para mantenerlas en condiciones más indignas?
Algunos, por supuesto, podrán decir que soy una exagerada, calificativo común al hablar de este tipo de temas. Pero veamos algunos datos sobre la brecha de género en el mercado laboral. Si bien somos las mujeres quienes más nos preparamos en términos educativos, seguimos ganando menos. De acuerdo con distintos estudios en Colombia —incluyendo análisis de centros de investigación como Fedesarrollo—, la brecha salarial de género puede rondar entre el 10 % y el 20 %, dependiendo del sector y la metodología, lo que evidencia una desigualdad persistente.
Ahora bien, en cuanto al empleo, el DANE ha reportado que la tasa de desocupación es sistemáticamente más alta para las mujeres que para los hombres. Por ejemplo, en enero de 2026, la tasa de desempleo masculina se ubicó alrededor del 8,7 %, mientras que la femenina fue cercana al 13,8 %, con una brecha de más de 5 puntos porcentuales. Aunque esta diferencia ha mostrado reducciones frente a años anteriores, sigue siendo significativa.
En otro sentido, la participación laboral femenina no ha tenido avances sustanciales en la última década. Mientras que en 2016 alrededor del 54 % de las mujeres participaba activamente en el mercado laboral, en años recientes la cifra se ha mantenido prácticamente estancada, con ligeras variaciones, lo que evidencia un progreso limitado.
Precisamente, al hablar de las dificultades de la inserción femenina en el mercado, es fácil recordar a una mujer trabajadora, con hijos, cabeza de hogar, que simplemente no puede darse el lujo de renunciar y que, a pesar de que sus ingresos son el sustento de su familia, debe llegar a casa a alimentar a sus hijos, ayudarles con las tareas y hacerse cargo de las actividades que permiten que un hogar funcione.
Un dato relevante es que, de acuerdo con el DANE, una altísima proporción de mujeres en Colombia realiza trabajo no remunerado, dedicando significativamente más tiempo que los hombres a estas labores, en muchos casos más del doble. Este trabajo de cuidado sostiene silenciosamente la economía.
Dicha carga extra la conocen perfectamente esos jefes a los que “les gusta tanto” trabajar con mujeres. Algunos podrán argumentar que este sistema también se nutre de las vulnerabilidades de los hombres, y tendrían en parte razón; sin embargo, es el trabajo de cuidado —realizado mayoritariamente por mujeres— la base que sostiene todo el sistema.
Por eso, más allá de satanizar la frase sobre la preferencia por trabajar con mujeres, diría más bien que lo que hace falta es que las empresas realmente asuman la tarea de brindar salarios y prestaciones dignas; que esa frase se corresponda con condiciones iguales a las ofrecidas a los hombres; y, por supuesto, que todo no se reduzca a una preferencia vacía que, en muchos casos, carece de hechos reales de equidad.