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Siempre me he sentido extraño, diferente, sin encajar del todo; no es una incapacidad, sino una suerte de aislamiento que me hace sentir como un extraterrestre rodeado de una barrera invisible que no permite una conexión genuina. Cuando me comunico, en milisegundos no perceptibles debo observar con detenimiento, analizar cada palabra escuchada, cada gesto, el tono, la intencionalidad, el subtexto, esforzarme por no evitar el contacto visual, controlar los movimientos repetitivos que me ayudan a autorregularme —para no incomodar a los demás—, predecir qué esperan los interlocutores y planear mi respuesta. En cada interacción se pone en ejecución un algoritmo analítico.
Mentalmente ensayo cada conversación. También aprendí a imitar gestos y conductas. Las personas no autistas procesan estas señales sociales automáticamente, igual que respirar, sin pensar en ello, mientras que las personas autistas debemos aprender a hacerlo a partir de atención consciente, observación y razonamiento, lo que consume buena parte de nuestros recursos cognitivos y genera sobreesfuerzo y agotamiento, por lo que necesitamos aislamiento y silencio para recargarnos. Al ser mi autismo grado 1, logré desarrollar estrategias compensatorias que me camuflan. A lo largo de toda la vida supuse que todos hacíamos lo mismo; solo recientemente descubrí que la mayoría de las personas no necesitan hacer esos procesos de análisis consciente de señales sociales para comunicarse. Fue un absoluto descubrimiento.
Otra diferencia es la muy alta sensibilidad a estímulos como luces, ruidos, olores y costuras de la ropa, puesto que nuestro sistema nervioso filtra menos estímulos ambientales y nos saturamos mucho más rápidamente. Emocionalmente tendemos a ser más intensos y frecuentemente nos clasifican como intolerantes, conflictivos, exagerados o hipersensibles.
Cognitivamente también somos particulares: cuando algo me interesa, toda mi atención se descarga en ello de manera obsesiva. La misma intensidad y menor flexibilidad se ve, por ejemplo, en la necesidad imperiosa de justicia social y respeto o en la aversión incontrolable a la deshonestidad y a la mentira (mientras la honestidad sin filtro que nos distingue nos genera serísimos problemas sociales y laborales), lo que hace muy difícil adaptarse a un mundo en el que la ética y el respeto son cada vez más anécdotas poco recordadas. En mi caso, en muchas de las empresas en las que he trabajado, ser autista ha derivado en aislamiento, conflicto y exclusión, como le ocurre a la inmensa mayoría de personas autistas, un grupo poblacional que tiene una altísima tasa de desempleo, burnout y problemas de salud mental derivados. De acuerdo con la Confederación de Autismo de España, entre el 76 % y el 90 % de las personas adultas con autismo están desempleadas. Según un estudio de Conner, Ionadi y Mazefsky, publicado en PubMed Central en 2024, el 40 % de las personas identificadas como autistas tardíamente, en la adultez, ha tenido ideas suicidas en el último año y es 25 veces más probable que intenten suicidarse en comparación con personas no autistas. No sé si impresionan más estos porcentajes o la inexistencia de políticas públicas que enfrenten este dilema vital.
La identificación no cambia el pasado, pero sí da herramientas para entender que no hay nada malo ni roto en nosotros: simplemente somos diferentes. Si bien el trabajo personal y la ayuda profesional son útiles para aprender a vivir con el autismo en una realidad construida para personas no autistas, un mundo más inclusivo requiere políticas de identificación, reconocimiento, participación y adaptación de los entornos sociales. El 18 de junio, Día del Orgullo Autista, siempre es una oportunidad para visibilizarnos y dialogar.