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Cuando la traición se vuelve espectáculo y las mozas son las protagonistas

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Laura Daniela Bohórquez Amaya
26 de enero de 2026 - 05:00 a. m.
"La fidelidad no es un ideal romántico ni una consigna moral: es un pacto básico de cuidado": Laura Daniela Bohórquez Amaya.
"La fidelidad no es un ideal romántico ni una consigna moral: es un pacto básico de cuidado": Laura Daniela Bohórquez Amaya.
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No fue la muerte de Yeison Jiménez lo que encendió las redes. Fue el rumor. La posibilidad de una “moza”. La sospecha de una infidelidad convertida, casi de inmediato, en contenido viral. Bastaron horas para que una narrativa sin pruebas desplazara el duelo, la música y la familia. Y ahí hay algo que deberíamos preguntarnos con más seriedad: ¿en qué momento la traición amorosa dejó de incomodarnos y empezó a entretenernos?

La figura de la “moza” no es nueva, pero hoy goza de una visibilidad inédita. Antes se susurraba; ahora se exhibe. Se le da protagonismo, seguidores y opinión pública. No importa si hay evidencia, contexto o personas heridas de por medio. El algoritmo no pide rigor: pide escándalo. Y la sociedad se lo entrega.

Tras la muerte del cantante, una mujer —Camila Galviz— publicó una foto y unos mensajes despidiéndose de él. Ese gesto personal desató especulaciones sobre un supuesto romance secreto. Las redes se llenaron de críticas hacia ella por, supuestamente, no respetar el dolor de la familia. Días después, Galviz negó que el contenido que circulaba fuera real, aseguró que había sido manipulado y explicó que no buscaba fama, sino expresar una despedida íntima. Pero la aclaración llegó cuando el relato ya estaba instalado.

Más allá de este caso puntual, lo inquietante es la rapidez con la que la sociedad activa el mismo libreto: señalar, etiquetar y convertir la intimidad ajena en espectáculo. El problema no es la infidelidad real o imaginada, sino la fascinación colectiva que genera. Ya lo habíamos visto con el caso de Beéle e Isabella Ladera. Allí, la conversación pública se concentró menos en la ruptura, el daño emocional o la responsabilidad afectiva, y más en el morbo, la estética del conflicto y la figura de “la otra”. La traición dejó de ser una falta ética para transformarse en una historia rentable.

En este proceso, las consecuencias son profundas y reales. Familias que hacen duelo bajo el escrutinio digital. Hijos que crecen leyendo versiones distorsionadas de sus padres. Mujeres reducidas a estereotipos —villanas o trofeos, según convenga al relato del día— y hombres —vivos o muertos— reducidos a caricaturas morales, sin derecho a matices, cuyas decisiones afectivas, a su vez, se diluyen entre rumores, como si la deslealtad fuera un rasgo inevitable y no una elección.

También hay una desigualdad moral persistente. Mientras la figura de la “moza” concentra el castigo social, el hombre infiel suele quedar al margen del juicio. Se personaliza el señalamiento y se evita una conversación más incómoda pero necesaria sobre la responsabilidad, la honestidad y el respeto dentro de las relaciones.

Tal vez el problema de fondo no sea la infidelidad —que ha existido siempre—, sino el aplauso social que hoy la rodea. Vivimos en una cultura que no solo tolera la traición, sino que la exhibe, la monetiza y la convierte en identidad. Mientras tanto, la lealtad queda relegada a lo privado, como si no mereciera conversación pública ni defensa colectiva.

Cuando una sociedad banaliza la ruptura de la confianza, algo más profundo se quiebra. Porque la fidelidad no es un ideal romántico ni una consigna moral: es un pacto básico de cuidado. Y cuando ese pacto se trivializa, las relaciones se vuelven frágiles, desechables, fácilmente sustituibles por la siguiente historia viral.

A lo mejor ya va siendo hora de hacer un gesto contracultural: dejar de glorificar lo que hiere. Preguntarnos por qué celebramos la traición y ridiculizamos la lealtad. Entender que no toda despedida es una confesión, que no toda mujer señalada es culpable y que no todo vínculo roto debe convertirse en entretenimiento.

Porque cuando la traición se vuelve espectáculo y la “moza” ocupa el centro del escenario, lo que realmente se pierde no es una historia de amor ajena, sino nuestra capacidad colectiva de defender la confianza como un valor público, digno y necesario. Y sin confianza —en la pareja, en la palabra, en el otro— no hay relación que resista ni sociedad que se sostenga.

Por Laura Daniela Bohórquez Amaya

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Dairo Elías González Quiroz(65983)30 de enero de 2026 - 10:54 a. m.
Laura Daniela, excelente texto, ¡felicitaciones!
Celyceron(11609)27 de enero de 2026 - 05:35 p. m.
"La figura de la moza" concentra el castigo social"... Y usted, con el titular de su columna contribuye a la causa. TODO lo que ha salido del cantante (no tenía idea de que existía) es para diversión de la galería.
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