Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
Hace dos semanas, los pereiranos le hicimos el duelo al lugar: recordamos todas las experiencias que quedaron guardadas en él y nos enfrentamos a la idea de que ya no volveríamos a verlo; luego repetimos el ejercicio con cada esquina, cada edificio y cada calle que el terremoto arrasó. Así llegamos a la conclusión de que los sitios en los que construimos nuestra identidad no son más que una pila de escombros. Las memorias de nuestro tránsito por el mundo han perdido sus raíces y su escenario. El apego al lugar y la identidad de lugar son conceptos reales y sentimientos necesarios; nuestros lugares nos construyen y nosotros a ellos.
Ser pereirana es tan esencial en mi personalidad como ser mujer, hija o hermana. Pero la pereiranidad no es solo un símbolo: ocupa un lugar físico e implica la relación afectiva con ese lugar, hoy hecho trizas. Así, mientras las imágenes del desastre muestran una calle llena de escombros entre la Plaza de Bolívar y la peatonal de la 18, a los pereiranos nos vienen miles de recuerdos de la calle del Tubo, punto de encuentro por el que pasábamos para encontrarnos fortuitamente con algún conocido para tomar café; pareciera un atajo, pero todo lo contrario: esa calle era casi un test de popularidad, donde pasabas varios minutos saludando a conocidos. Más que direcciones, lo que aparece en la mente de quienes vemos el desastre a través de las redes son las cartografías afectivas de la ciudad que ha sido coautora de cada una de nuestras biografías.
El duelo del lugar es un shock real, aunque no figure en el catálogo de emociones y duelos reconocidos. Más aún, nos han enseñado a comparar nuestra pérdida con la de quienes perdieron un ser querido o una casa. Pero la falta de nombre no impide que el duelo del lugar nos embargue, porque, con el barrio, el parque y la ciudad destrozados, también se destruyen nuestra sensación de seguridad y de hogar. La ciudad de la que somos es el anclaje de nuestra brújula interior; incluso cuando nuestro norte está en otra parte, Pereira es adonde siempre volvemos para tomarnos un respiro y sentirnos en casa, mientras vivimos la vida del afán y las ambiciones en otra ciudad o en un país extranjero. En una ciudad de migrantes, conocemos bien el lenguaje de la nostalgia: extrañar los lugares de Pereira donde creamos recuerdos con nuestra gente y conocimos los sabores que el paladar no olvida. Pero la nostalgia, por dura que sea, viene con la certeza de que la ciudad estará ahí cuando volvamos. El duelo del lugar nos arrebata esa certeza. Es un amasijo de confusión, desolación y orfandad; es la nostalgia sin el consuelo del regreso a lo conocido; es sentir que la ciudad a la que volveremos ya no existe como en nuestras memorias. Esa es la emoción que nos invade a todos y que escondemos bajo la afirmación de que “estamos bien”, porque decir otra cosa nos haría sentir desagradecidos.
Entonces, lo que viene no es solo la reconstrucción física, sino un proceso de sanación territorial que oriente ese duelo colectivo mediante una política pública bien planeada. Esto implica varias medidas relacionales: la recuperación de la confianza de los damnificados en el Estado, así como la recuperación de los lugares simbólicos mediante convites que nos hagan sentir a todos parte del milagro.
La prioridad debe ser devolverles a los damnificados la sensación de seguridad y evitarles a toda costa la exposición a nuevos desastres; por eso es urgente avanzar hacia soluciones de vivienda que les devuelvan autonomía y privacidad. Sanar a las familias que llevan una semana en «modo de supervivencia» empieza por gestionarles un lugar donde puedan restaurar las rutinas cotidianas y recuperar la sensación de dominio sobre su propio espacio. La exposición a nuevos desastres, sin embargo, sigue ocurriendo: el domingo, las familias en el albergue —sin techo— del Parque Olaya pasaron la noche bajo la lluvia. Igualmente, los antiguos habitantes de viviendas informales en barrios con menor atención estatal, como Tokio y Las Brisas, ya empiezan a recaudar fondos para levantar otra vivienda informal.
La recuperación de la confianza en el Estado, para quienes vemos la tragedia desde lejos o quienes quieren invertir en la reconstrucción, también implica identificar responsabilidades. Si bien podemos entender la pérdida de edificios antiguos, la mayoría estamos perplejos al ver los escombros de edificios nuevos y construidos con recursos públicos después de la NTC 2010. Antes de emprender una reconstrucción masiva, el gobierno local tiene la oportunidad de blindar la confianza de los pereiranos, explicándonos cómo se garantizará que los diseños estructurales licenciados se ejecuten sin rebajas de calidad ni atajos. Asimismo, urge una decisión contundente de planeación para la zona de influencia del Colector Egoyá, cuyo suelo ha fallado en todos los terremotos anteriores. En 1999 fue la zona más afectada y hoy, en el Egoyá ampliado, vuelve a desalojar a cientos de sus residentes.
La sanación territorial requiere, además, orientar la reconstrucción hacia la generación de más espacio público, una deuda que la planeación de la ciudad ha venido acumulando con sus habitantes. El espacio público combina ambas metas: la exclusión de la urbanización en áreas de riesgo sísmico y la reconstrucción de lugares simbólicos donde volvamos a congregarnos para llenar el espacio de memorias.
Reconstruir a Pereira y sanar su duelo implica más que edificar de nuevo lo que cayó; implica también asegurarnos de que no se repitan los estragos de este desastre y no desperdiciar la inercia de los voluntarios que esta semana han movido la ciudad más rápido que cualquier institución. Hace falta un liderazgo bien planeado que oriente ese espíritu de convite antes de que se disuelva en el cansancio o en los desaires institucionales. Como pereiranos, merecemos que esa sinergia entre instituciones y comunidad nos devuelva una Plaza de Bolívar donde volvamos a crear recuerdos del mimo, de los fotógrafos con sus caballos de juguete y de los jugadores de ajedrez. Que la calle del Tubo cambie los escombros por restaurantes y cafés donde, otra vez, las mesas se expandan infinitamente para hacerle campo a un conocido más.