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En 2026, Colombia elegirá un nuevo presidente en uno de los momentos más decisivos de su historia reciente. Mucho está en juego: la seguridad, la economía, la confianza en las instituciones y el lugar de Colombia en el mundo. Pero también hay otra pregunta, menos discutida e igualmente importante: ¿cómo será la relación entre Colombia y Estados Unidos en esta nueva etapa?
Durante décadas, esa relación fue definida por el Plan Colombia. Como funcionario estadounidense que trabajó directamente en programas de cooperación en América del Sur y que testificó ante el Congreso de Estados Unidos sobre la cooperación antinarcóticos con Colombia, fui testigo de sus efectos. El Plan Colombia no fue perfecto, pero ayudó a Colombia a sobrevivir.
A finales de los años noventa, el Estado colombiano enfrentaba una amenaza existencial. Las FARC controlaban vastas zonas del territorio, la violencia era cotidiana y muchos dudaban de que el Estado pudiera mantenerse en pie.
Hoy, Colombia es una democracia vibrante. Su economía es una de las más grandes de América Latina y sus ciudades son centros de innovación, inversión y cultura. Ese cambio no ocurrió por accidente. Ocurrió porque Colombia luchó por su propio futuro y porque Estados Unidos acompañó ese esfuerzo.
Pero el mundo ha cambiado. Las amenazas que enfrenta Colombia hoy no son las mismas que hace 25 años. El crimen organizado se ha transformado: es más flexible, más transnacional y más difícil de combatir. El narcotráfico sigue siendo un desafío, pero ya no es el único. La minería ilegal, el tráfico de personas y las redes criminales que operan a través de las fronteras representan amenazas igualmente graves. Estas organizaciones no solo amenazan a Colombia: amenazan a toda la región y también a Estados Unidos.
El presidente Gustavo Petro cuestionó abiertamente el modelo tradicional de cooperación con Estados Unidos. Eso era inevitable. Cada generación debe reevaluar sus políticas, especialmente cuando las circunstancias cambian. Pero cuestionar el pasado no es suficiente. La verdadera pregunta es qué viene después.
El próximo presidente de Colombia tendrá una oportunidad histórica: redefinir la relación bilateral, no como una relación de dependencia, sino como una asociación entre iguales. Colombia ya no es el país que era en 1999. Es más fuerte, más estable y más capaz, y debe actuar como tal.
Estados Unidos también debe adaptarse. Durante mi carrera aprendí una lección fundamental: la cooperación internacional solo funciona cuando ambas partes se respetan mutuamente. Estados Unidos no puede imponer soluciones y Colombia no puede ignorar que esta cooperación sigue siendo vital para su seguridad, su economía y su posición internacional.
El futuro debe construirse sobre una base diferente: menos paternalismo y más asociación; menos dependencia y más liderazgo colombiano. Colombia ha demostrado, una y otra vez, una capacidad extraordinaria para enfrentar desafíos que parecían insuperables. Como escribió Gabriel García Márquez, quien comenzó su carrera como periodista en este mismo periódico, “Colombia es un país donde pasan cosas extraordinarias todos los días”. Esa resiliencia ha definido la historia moderna del país y será esencial para definir su futuro.
El próximo presidente tendrá que enfrentar realidades complejas. El crimen organizado no desaparecerá, las presiones económicas continuarán y las tensiones políticas persistirán. Pero Colombia ha enfrentado desafíos mayores y ha prevalecido.
Hoy, Colombia no necesita que Estados Unidos la rescate, pero sí necesita que Estados Unidos la respete. Y Estados Unidos necesita que Colombia tenga éxito, porque cuando Colombia es fuerte la región es más segura, y cuando la región es más segura el mundo es más estable.
Las elecciones de 2026 no solo definirán el futuro de Colombia. También definirán el futuro de una de las asociaciones más importantes del hemisferio. La oportunidad está ahí y dependerá del próximo presidente aprovecharla.
* Exasesor principal de USAID para América del Sur.