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Tengo compañeros recién salidos de la universidad que están desempleados porque no hay nada para su rubro. Yo mismo adolecí de esto. Más de seis meses para poder trabajar. Un cometido que, por lo demás, no es deseado. Casi siempre se termina cayendo en manos de cualquiera que pague un mínimo, así se merezca más.
Es impresionante que, según DW (Deutsche Welle), en Latinoamérica los jóvenes puedan salir de sus hogares a los veintiocho años. Los requisitos para un buen empleo son irrisorios. Dos años siendo lo que sea es lo mínimo*. Un pregrado, una maestría y hasta un doctorado. Esperan que con veinticuatro años tengamos eso y hasta más sin ofrecer oportunidades “dignas”.
En mi país, la realidad es casi una distopía. Hace poco —por lo menos de cuando escribo esto— se aumentó el salario mínimo por parte de un gobierno progresista. Las reacciones, lejos de ser positivas, fueron de terror. La gente diciendo que íbamos a quedar en pobreza por la inflación, empresarios —cuándo no— haciendo pataleta porque no se iban a poder sostener —más falso que nunca— y hasta un guardia de seguridad subiendo un video diciendo que “no merecía ganar lo mismo que un profesional”. Cuán bajo hemos caído para creer que cuidar del otro no es un arte porque no se estudia en una universidad.
Qué irónico ser catalogados como el continente con menor incremento salarial en el mundo, también anunciado por DW, y no exigir más dinero. Aunque, honestamente, me preocupa más el hecho del tiempo. No tenemos buenas condiciones económicas y está bien, no reviremos, ya que, según muchos, eso haría parte del terrorífico fantasma comunista. Pero estar desde las cinco o, a veces, desde las cuatro de la mañana hasta las cinco y media de la tarde trabajando es inhumano. Trabajar desde las ocho de la mañana hasta las doce de la tarde me parece más que suficiente, sobre todo cuando estamos viviendo como si tuviéramos un planeta más en términos de recursos. Es preferible morir cercenado en manos de la madre que bajo el regaño del patrón: nunca amigo.
Sin embargo, las condiciones son las que son y yo ya tengo un trabajo que, como dije, conseguí después de seis meses. Lo que encontré en este nuevo escenario esclavista no es más que lo mismo de siempre. Un jefe que no es capaz de hablar bien (dice “miestras”, en vez de “mientras”), unos compañeros que dicen sí a todo y un yo disminuido que escribe esto como un grito del alma, pues mi cuerpo está cansado. Y, en este ovillo de circunstancias, aparece, del mismo mal hablante, un decir nefasto para justificar un trabajo y tiempo que no serán remunerados: hay que ponerse la camiseta. Cuidado con esta frase porque se puede seguir de lo que se quiera: por la institución, por la empresa, por la nación… y se sabe lo que sigue.
Al final lo hicimos, nos colocamos la dichosa camiseta. Me quedaba pequeña, he de decir. Bastante incómoda, molesta. Pero, como las bailarinas, nosotros, los trabajadores, debemos mantener una sonrisa de par en par. Tenemos que danzar con gracia, aunque por dentro nuestros dedos sangren por la rabia y el dolor. Tiempo para familia, por lo menos la nuestra, no habrá. Seremos la compañía del “miestras” porque mientras regresa a su casa llora al recordar que se encuentra solo. Al finalizar la jornada, nos desharemos de los harapos sin honor para dormir, dormir mucho.
Ya sin camiseta, concluyo, luego de doce horas trabajando para un alguien que ya tiene la vida resuelta y que nos ve desde arriba, bien arriba, que no sé cómo he podido aguantar. Prefiero desemplearme y, si es necesario, independizarme a los doscientos años para exagerar las cifras de DW. Independizarme cuando algún universitario me lea y diga que mi vida tuvo sentido y que fui un gran escritor, un revolucionario. Que me hagan estatuas, fundaciones e institutos, que se pongan la camiseta en mi nombre para que así, por primera vez, yo sea el que los ve a todos desde arriba, bien arriba, porque estoy cansado de estar abajo, bien abajo.