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Hay músicas que no se inventan. Se heredan de una memoria tan antigua que no cabe en ningún archivo, solo en los cuerpos de quienes las cantan. La cumbia no nació en un pentagrama ni en un estudio de grabación: nació en la orilla del Magdalena, en el encuentro violento y fértil entre África, América y España, en la garganta de mujeres que cantaban para nombrar lo que el dolor no tenía palabras. Esa música sobrevivió siglos al margen de la historia oficial —la que se escribe, la que se premia, la que se exporta— porque hubo cuerpos que la sostuvieron cuando nadie más lo hacía. Totó la Momposina fue uno de esos cuerpos. Quizás el último de esa magnitud.
Sonia Bazanta Vides no interpretaba el folclor. Era su canal. Existe una diferencia decisiva entre quien estudia una tradición para reproducirla y quien la porta desde adentro, como se porta una lengua materna: sin esfuerzo consciente, sin distancia crítica, con la naturalidad de quien simplemente es lo que canta. Totó no rescató la cumbia ni el bullerengue. Ellos la atravesaron a ella, y por ese conducto llegaron al mundo. Su voz no era un vehículo de difusión cultural. Era la cultura misma moviéndose.
Eso explica lo que ningún premio termina de capturar. Cuando cantó en Estocolmo junto a García Márquez, no estaba representando a Colombia como una embajada representa a un Estado. Estaba siendo lo que Colombia es en su sustrato más hondo, antes de las banderas y los discursos: un territorio de agua y tambor, de mezcla y duelo, de alegría que no niega el sufrimiento, sino que lo baila. Los académicos suecos que la escucharon esa noche no entendieron la letra. Entendieron otra cosa: que aquello era verdadero. Hay pocas cosas más difíciles de falsificar que eso.
La pregunta que deja su muerte no es cómo recordarla. Es más incómoda: ¿qué pasa con las músicas ancestrales cuando ya no hay un cuerpo que las habite así? El patrimonio inmaterial tiene una fragilidad que el patrimonio de piedra no conoce. Un templo en ruinas sigue en pie. Una cumbia sin cantadora es solo una partitura, y las partituras no sudan, ni lloran, ni bailan descalzas. Totó lo sabía mejor que nadie. Por eso no solo cantó: enseñó, investigó, transmitió. Entendió desde temprano que su tarea no era ser la última guardiana de esa memoria, sino asegurarse de que no existiera tal cosa como la última.
Colombia tiene la costumbre de convertir a sus muertos en monumentos justo cuando ya no pueden incomodar a nadie. Totó incomodó en vida: llevó al mundo una Colombia que no salía en las postales oficiales, la de los pueblos ribereños, la del mestizaje africano e indígena, la del tambor que antecede al Estado y que, muy probablemente, lo sobreviva. Esa Colombia es la que lloró tras su partida. Y esa Colombia —no la de los homenajes póstumos— es la que tiene la obligación de seguir sonando.
* Abogado, activista por la educación y miembro de la Asociación Cavelier del Derecho.