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Volver a contar para no contar más muertos

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Manuela Correa Poveda
29 de junio de 2026 - 05:00 a. m.
"La tarea sigue siendo la misma: construir un país donde nadie tenga que ganar para que otro deje de existir": Manuela Correa Poveda.
"La tarea sigue siendo la misma: construir un país donde nadie tenga que ganar para que otro deje de existir": Manuela Correa Poveda.
Foto: Juan Barreto - AFP
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Colombia se paralizó al cierre de las urnas, a las 4 p. m. Escasas dos horas después, más de doce millones de personas entendieron que perder no es lo contrario de vencer, sino su versión con escrutinio pendiente. Según el preconteo, Abelardo de la Espriella le gana a Iván Cepeda por menos de 250.000 votos, es decir, por menos de un 1 %. En Colombia, donde una fila de banco puede durar más que una promesa de campaña, esa diferencia no es una lápida, sino una rendija. Y por esa rendija cabe todavía lo único serio que le queda a una democracia: contar bien.

No me interesa el berrinche, sino resaltar la vigilancia. Cepeda no salió a incendiar el país tras conocer los resultados del preconteo. Salió a recordar que el preconteo no es el resultado oficial, que hay actas, testigos, abogados y 33.000 mesas impugnadas que deben revisarse. Eso no se llama desconocer la democracia, como muchos ya anunciaron que iba a pasar. Se llama usarla hasta el último tornillo. Así que, en una segunda vuelta tan estrecha, pedir escrutinio no es un capricho, es higiene pública. Más aun sabiendo que Petro logró sumar 500.000 votos más tras el escrutinio de 2022.

Y, aunque el resultado se confirmó, conviene decirlo sin pañitos de agua tibia: la izquierda colombiana perdió ganando. Logró la mayor votación de su historia, creció casi ocho puntos porcentuales entre la primera y la segunda vuelta, y movilizó al país con una campaña tardía, imperfecta, pero profundamente humana, como jamás ha visto este país. No hubo épica de exterminio. Hubo bote, bus, chalupa, tractor, lancha y recolectas solidarias. Hubo gente haciendo transferencias a cuentas de desconocidos para que miles de personas pudieran votar desde donde el Estado siempre hace comisión por omisión. Eso, en un país acostumbrado a convertir la pobreza en una montaña más del paisaje, es una forma de patriotismo más decente que cualquier bandera agitada o cualquier apropiación de la camiseta de la selección.

Lo terrorífico no es que ganara la derecha. Las derechas ganan elecciones y las izquierdas también. Lo terrorífico es que, en plena celebración, asomara tan rápido una consigna común, con disparos al aire de fondo, entre los simpatizantes del neofascista: “Fuera los zurdos”. Y esto no es la adrenalina de la victoria. Es la consecuencia de un candidato que ha llamado “plaga sarnosa” a la izquierda y ha mirado a la cámara mientras decía que había que “destriparla”. Es la consecuencia de una política que fabrica adversarios invisibles, mientras el presidente da permiso para que cada quien traduzca la violencia como le apetezca.

Luego nos dirán exagerados. Siempre lo hacen. También lo hicieron cuando el Tigre expuso el número de vuelo de Daniel Coronell después de que este publicara una investigación que no lo dejaba muy bien parado. También cuando Beto Coral terminó detenido en Estados Unidos después de criticar al candidato respaldado por Trump, y The New York Times reveló la firma de Marco Rubio en el memorando. También cuando organizaciones de prensa documentan más de cien acciones judiciales de De la Espriella contra periodistas. La libertad de expresión no muere solo con censura formal. Muchas veces muere por agotamiento, por miedo, por demandas, por mensajes de “sabemos dónde estás”. Y pronto, quizá, también con armas, si llega a legalizarse su porte.

A tres días de las elecciones, el medio donde yo publicaba columnas decidió no publicarme más y prefirió que me enterara por terceros. Casualmente, Abelardo también escribía allí. La casualidad, en Colombia y en este caso, lleva traje y peluquín.

En la vitrina de la hipocresía ultraderechista se repite de manera incansable la cifra 18.677, dato esclarecido por la JEP, mientras se promete desmontar la misma institución que permitió conocerlo. Les conmueve el niño reclutado mientras es víctima. Pero, cuando crece, lo convierten en un monstruo sin biografía y lo reducen a la palabra “guerrillero”. Les conmueve Colombia, pero no los niños muertos del genocidio en Palestina. Viajan a Europa para sentirse del “primer mundo” y luego votan aquí por la misma ultraderecha que allí aplaude leyes migratorias pensadas para expulsarlos.

Al momento de escribir esta columna no sabía qué diría el escrutinio, pero sí sabía lo que dijo la campaña. Hay millones de personas dispuestas a defender derechos sin pedir permiso al odio. Ganaron ellos, entonces que no nos encuentren arrodillados.

Acabar, en cuatro años, con las manos manchadas de petróleo, siendo el segundo país más biodiverso del planeta, es lo de menos. Lo escalofriante es acabar manchados de sangre. Así que sí, vamos a contar de nuevo, con la intención de no acabar contando más muertos.

Mientras tanto, la tarea sigue siendo la misma: construir un país donde nadie tenga que ganar para que otro deje de existir.

Por Manuela Correa Poveda

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