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Mi conflicto con el día del Hombre no radica en el día per se, sino en la comparación simplista con el Día de la Mujer. El emblemático 8 de marzo, que ha evolucionado en una oportunidad capitalista para regalar dulces y flores, conmemora a las mujeres que han perdido la vida en la lucha por sus derechos y su cumplimiento. Se remonta a un trágico incendio donde un grupo de mujeres demandaba condiciones laborales básicas; desde entonces, no resulta tan gratificante observar a un hombre con una flor a una mujer. Por el contrario, el día del hombre no presenta conflicto por carecer de una historia que conmemorar, sino por la insensata comparación con el día de la mujer y las expectativas resultantes de esta comparación, un regalo igualmente capitalista.
El escuchar “Día del Hombre y Día de la Mujer”, sin conocer su trasfondo histórico, podría parecer justo, Sin embargo, tras la reciente popularización de la razón detrás del 8 de marzo, se cuestiona incluso si el Día del Hombre debería mantener su nombre. La estructura similar sugiere que podría haber nacido con una motivación machista, para contrarrestar el poder del Día de la Mujer o para protestar de manera infantil que los hombres también merecen un día especial. La razón de celebrar esta fecha radica en la proclamación de la UNESCO, organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura, que sugirió celebrar la contribución de los hombres a la sociedad. ¿Cínico? En mi opinión, sí, pues la historia ha negado a las mujeres acceso a diversos roles importantes, que son celebrados si son desempeñados por hombres.
¿Sería cambiar el nombre o dejar de celebrarlo la solución? Una única solución no es suficiente, ya que, si se elimina el Día del Hombre, inevitablemente reviviría la discusión infantil entre hombres y mujeres para la creación de un nuevo día. Tampoco es suficiente cambiar el nombre, ya que implicaría crear un día que celebre la labor de las mujeres en la sociedad, no desde la perspectiva patriarcal de las tareas domésticas, sino desde el mismo enfoque que se celebra en los hombres. Esto, a su vez, llevaría al machismo a reclamar un día para celebrar la supremacía masculina o a cambiar lo que se hace en el Día de la Mujer para mantener el statu quo. Por el contrario, considero que se debería empezar a construir una nueva narrativa sobre qué significa el Día del Hombre en sí, lo que Michel Foucault llamaría un discurso contrahegemónico. En este caso, no se trata de recibir flores por tener ciertos privilegios, ni de celebrar la “masculinidad”, sino de reflexionar sobre qué significa ser hombre y si eso es positivo para la sociedad inclusiva que se busca construir.
Poner en duda la existencia de este día también implica crear un día para personas no binarias y otras personas que han sido históricamente discriminadas, ya que agruparlas todas en un “Día de las Minorías” las alejaría aún más de la construcción de la sociedad inclusiva que queremos. Asimismo, esta creación abriría paso a la institución de numerosas otras fechas, convirtiéndose en un “contentillo” hipócrita por el trato injusto que han recibido en la sociedad. Lo que realmente debe cambiar es la percepción de estos días, para que, en lugar de celebrar, reflexionemos sobre lo que consideramos ser hombre y así podamos construir una sociedad para todos y por todos, tal como siempre se ha soñado.