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Dios proveerá

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Jaime Humberto Silva C., historiador
12 de febrero de 2026 - 09:36 p. m.
“Cuestionar el rol divino no es atentar contra la fe, es declarar independencia frente a la manipulación”: Jaime Humberto Silva, historiador
“Cuestionar el rol divino no es atentar contra la fe, es declarar independencia frente a la manipulación”: Jaime Humberto Silva, historiador
Foto: EFE - CRISTOBAL HERRERA-ULASHKEVICH
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Durante más de un mes, Colombia contuvo el aliento con la agonía de una figura política joven y promisoria, herida en un vil atentado, conectada a máquinas, sostenida por una mezcla de ciencia y esperanza. Meses después, un recién nacido peleó doce días contra lo que la medicina llama pronóstico reservado y otros, prueba. En ambos escenarios se repitió el ritual: cadenas de oración, rosarios, velas para retar al destino. Y, por supuesto, la misma gramática moral: cada mejora, cada hora extra, cada cambio de cifra en el monitor, era un milagro. No era la ventilación mecánica, ni la obra del neurocirujano o el neonatólogo. Era Dios. La ciencia, a lo sumo, era mensajera.

Luego llegó el desenlace: ambos perdieron la batalla. Y entonces derrota se convirtió en victoria. No se dijo Dios no escuchó. Se dijo que Dios los llamó a su reino, que la misericordia divina es misteriosa, que el plan de Dios es perfecto, que no hay que preguntar por qué, sino para qué. Dios nunca pierde. Si la vida se alarga, es milagro; si se apaga, también. La fe funciona como una empresa con ganancias garantizadas: cuando acierta, cobra; cuando no, reinterpreta.

No se trata de cuestionar el duelo. La gente reza porque no sabe qué más hacer. La oración es, también, una compañía. Una manera de decir estoy aquí cuando no hay más que entregar. El problema empieza cuando un gesto tan humano se convierte en explicación total. Porque adjudicarle a Dios cada avance y no cada retroceso es una manera elegante de no mirar lo que nos aterra: que el azar existe, que el cuerpo es frágil, que la violencia decide, que la biología no pide permiso, que el mundo no nos debe sentido.

En política, esa idea de un Dios interventor tiene un aspecto peligroso. Si Dios salva al líder, entonces el líder estaba destinado. Si el líder muere, entonces la muerte se vuelve designio. Es por ello que Trump y Petro, en su reciente encuentro, hablaron de sus respectivos atentados. La violencia, que debería ser un escándalo moral y un fracaso institucional, se transfigura en misterio, y este, ya se sabe, es el mejor anestésico para la responsabilidad. La historia nos lo dice: las monarquías se legitimaron con derecho divino, las guerras se bendijeron con cruces y, cómo no, muchas dictaduras han usado a Dios para justificarse.

En lo íntimo ocurre algo parecido. Si el recién nacido vive, Dios es bueno. Si muere, Dios sigue siendo bueno. Siempre bueno, siempre justo. ¿Y el bebé? ¿Y los padres? ¿Y los doce días de agujas, lágrimas, manos apretadas? Quedan reducidos a un capítulo de una narrativa superior donde el sufrimiento es pedagógico y la pérdida, el tránsito hacia un lugar mejor. Es una idea cómoda: convierte el dolor en imitación de Cristo. La pregunta incómoda, la que nadie quiere pronunciar para no parecer impío, es esta: ¿qué clase de misericordia necesita el sufrimiento para justificarse?

Dios nunca pierde porque lo hemos construido como un ser bondadoso que nos devuelve la imagen de que todo tiene sentido, incluso cuando no lo tiene. Es una defensa inconsciente, sí, pero también una negociación emocional: preferimos un universo injusto con explicación, que un universo indiferente sin ella. La ciencia médica, con su brutal honestidad, no ofrece consuelo metafísico. Ofrece probabilidades, protocolos, límites. Nos recuerda que la muerte es inevitable.

Cuestionar el rol divino no es atentar contra la fe, es declarar independencia frente a la manipulación del sentido. Porque mientras sigamos creyendo que Dios escribe el libreto completo, todo será misterio, prueba o misericordia.

Por Jaime Humberto Silva C., historiador

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