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Edipo: un complejo y un pueblo en Colombia

Valissa Rosenzweig

27 de julio de 2026 - 06:00 a. m.

El pueblo que decide abiertamente olvidar su historia está fatídicamente condenado a repetirla.

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Esta relación con el “destino”, el fatum, es la base de lo que en psicoanálisis se conoce como Complejo de Edipo. Específicamente siguiendo la línea de Carl G. Jung.

El complejo edípico no es “desear inconscientemente a la madre”, como muchas personas tienden a creer, sino el cumplimiento del fatum: el destino. Edipo cumple con su destino al asesinar a su padre y casarse con su madre desde el desconocimiento de su propia historia y su camino, evento de su vida que le lleva a quitarse los ojos como acto de castigo por “haber sido tan ciego”, la ceguera física de Edipo al final es la inversión de su ceguera psíquica al principio. Es, entonces, la repetición de patrones que llevan al dolor por no haber tenido la sabiduría de ver más allá de lo que se presenta al frente.

Los pueblos al ser expresiones conjuntas de la humanidad (lo que conforma el llamado “inconsciente colectivo”) pueden ser leídos como se leen a las personas y el psicoanálisis de la cultura refleja exactamente los mismos complejos de los individuos que le acontecen. Colombia es una nación marcada por la violencia, el dolor, el rencor, el “ojo por ojo y diente por diente” y en muchos casos hay una marcada desconexión con lo comunitario y el individualismo colonial que acobija las grandes ciudades: el mismo que proyecta su sombra en los pueblos de las periferias, en las poblaciones marginalizadas y en los espacios donde se ve tan latente el conflicto armado, donde la sombra es aquello que el yo (o, en este caso, el “nosotros” nacional) no puede reconocer como propio y por eso deposita en un otro, en este caso siendo literalmente los propios contenidos negados del centro urbano-colonial: su propia violencia fundacional, su propio despojo.

Esta sombra en su perpetua búsqueda de encarnación y de luz consciente salió a relucir en las recientes elecciones, que abrieron la herida de la ceguera del país. El resultado, decidido por un margen mínimo —el más estrecho en tres décadas—, nos revela un país escindido internamente, que no ha hecho la tarea de integrar sus propias mitades. La figura paterna punitiva fue reelegida porque la fragmentación de la psique colectiva en Colombia no alcanzó la consciencia necesaria para reconocerse a sí misma antes de actuar. Esta actuación dividida, como quien no ha resuelto un conflicto interno y deja que el conflicto decida por él, es la consecuencia inevitable de actuar sin memoria integrada, no es estupidez. Como la ceguera de Edipo.

La sabiduría en Colombia, la visión que se representa en la memoria histórica, las comisiones de la verdad, los saberes ancestrales, y más voces calladas fueron ignorados mientras el centro del país actuaba ciego de su destino, condenándose a sí mismo a repetirlo y perpetuarlo. El complejo edípico nos muestra cómo es de difícil escapar del destino mientras no hagamos conscientes los elementos que ignoramos, integremos los dolores, la muerte y su dignidad. Porque, como plantea Jung, aquello que no se hace consciente termina por manifestarse como “destino”.

¿Qué patrones se repiten que solo vemos cuando el fatum se cumple? ¿Qué historias vivimos múltiples veces y solo las reconocemos cuando terminan?

Por Valissa Rosenzweig

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