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Pronto seré proclamado bachiller. Permítame hacerle un recuento de lo que a uno le enseñan.
Todavía hay quienes dicen, sin más, que América se descubrió en 1492; que llevar piercings, tinturados o cortes de cabello no tradicionales me deja por fuera del canon de “ciudadano de bien” y hasta me hace más propenso a la drogadicción; que, a pesar de tener otras creencias religiosas o simplemente no tener nada claro sobre la cuestión, debo asistir a la misa del colegio y tan solo callar, escuchar y respetar, o de lo contrario tendría que quedarme en el salón haciendo alguna tarea extra o una plana, y tal vez se deba llamar a mis papás para verificar que estoy diciendo la verdad. ¡Tradición! ¡Conciencia histórica! ¡Un granito de mostaza! Nos enseñan a leer, escribir, transcribir, memorizar y también a intimidarnos ante profesores autoritarios cuyo método pedagógico se limita a infundir temor. Nos enseñan a callar ante comentarios sexistas, homofóbicos, clasistas —inclúyase todo tipo de comentarios prejuiciosos y discriminatorios—, que no deberían tomarse de manera personal, ni siquiera si se trata de un insulto a nuestra personalidad y estilo de vida, porque seríamos el fiel ejemplo de la susceptible generación de cristal. ¡Cultura! ¡Folclor!
Durante una clase, un profesor dice que no hay razones biológicas que expliquen la homosexualidad y, posteriormente, afirma: “Ojalá sus hijos no salgan así”. Otro profesor se refiere a un estudiante de la siguiente manera: “La mamá piensa que tiene un macho en la casa y mire”. Otro más, al iniciar su clase, dice: “Siéntense… los gays”, y su público le corresponde con carcajadas enfocadas en quienes alcanzaron a sentarse. ¡Pedagogía! ¡Pluralismo!
Nos enseñan a clasificar: niños y niñas, normales y raros, juiciosos e indisciplinados, inteligentes y brutos. Que, si el método siempre ha funcionado y soy la excepción, el problema reside en mí; que, si no queremos problemas, es mejor guardar silencio, decir solo lo que se debe decir, hacer solo lo que se debe hacer, pensar solo lo que se debe pensar y no andar buscando lo que no se nos ha perdido. La absoluta pertinencia e indiferencia, la absurda sumisión. ¿Quién imaginaría que semejante patrón de violencia y censura empieza en los colegios?
Sin embargo, el país avanza sobre la sangre de muchos impertinentes. Uno lee un poquito donde no lo mandan a leer y se da cuenta de que tiene derecho a pedir un reguero de cosas con total legitimidad y en plazos de 15 y 10 días hábiles. Entonces, aquel sistema que parecía tan inamovible resulta susceptible a desocupados. Tal vez la educación reside mucho más allá de las instituciones que pretenden educar. Decía George Bernard Shaw que desde muy pequeño tuvo que interrumpir su educación para ir a la escuela. Pienso que nuestra gran tarea es transgredir el statu quo como sea posible, o nos convertiremos, con palabras de Juliana Vargas, en nuestro propio villano, ese que ama la servidumbre y nunca ha soñado con la revolución.
Quizás seamos un brote de rebeldía, o quizás solo uno de sentido común, porque la libertad fluye por nuestras venas y no se necesita de tanta “educación” para sublevarse contra el yugo de los subyugados que, contra su oficio, osan subyugar a otros.