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El revólver de nuestra época

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Aluna Sofía Zapata Plaza
23 de febrero de 2026 - 05:37 a. m.
"Hubo un tiempo en que el teléfono aparecía cuando era necesario. Hoy, ocupa el centro de nuestra vida cotidiana": Aluna Sofía Zapata Plaza
"Hubo un tiempo en que el teléfono aparecía cuando era necesario. Hoy, ocupa el centro de nuestra vida cotidiana": Aluna Sofía Zapata Plaza
Foto: freepik
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Hace unas semanas, en un café, intenté conversar con un amigo. Antes de que empezáramos, ocurrió un gesto automático. Ambos sacamos el teléfono del bolsillo y lo pusimos sobre la mesa, pantalla arriba, listos para volver a él en cualquier momento. Cada vibración interrumpió la charla. Sin darnos cuenta, ya había entrado un tercero. Hasta que decidimos apagarlos. Esa tarde, por primera vez en meses, hablamos de verdad.

Nadie recuerda exactamente cuándo ese tercero empezó a acompañarnos, pero ahí está. El teléfono reaparece una y otra vez en debates sobre salud mental, atención y relaciones sociales. Cada nuevo estudio reaviva la inquietud por unos días, hasta que la discusión se diluye nuevamente bajo la avalancha de notificaciones.

Pero no siempre fue así. Hubo un tiempo, no tan lejano, en que el teléfono aparecía cuando era necesario. Actualmente, ocupa el centro de nuestra vida cotidiana. Las conversaciones privadas se vuelven públicas en buses, restaurantes y salas de espera. Hablamos frente a otros, interrumpidos por otros y disponibles para otros que no están ahí.

La escena recuerda a las películas del Viejo Oeste. Antes de sentarse, el vaquero dejaba el revólver sobre la mesa. No hacía falta usarlo, pues bastaba con que estuviera ahí para modificar el ambiente. Hoy repetimos el gesto con otro objeto: dejamos el teléfono frente a nosotros en el cine, en el aula, en los museos o en las fiestas. La atención queda, literalmente, sobre la mesa.

Y, como los revólveres, los teléfonos no están ahí solo para usarse: están para marcar una relación de fuerzas. Introducen una tercera instancia en el encuentro. La conversación ya no ocurre únicamente entre quienes se miran, sino también con aquello que puede vibrar, iluminarse o interrumpir en cualquier momento. Un actor silencioso producido por un ecosistema digital que interrumpe, captura y rentabiliza cada segundo disponible.

Pero cuando el contacto es interrumpible, también lo es la escucha. Las frases se acortan y las ideas se abandonan antes de completarse. Los silencios, antes necesarios, se vuelven incómodos. Ya en 2015, estudios de la profesora del MIT, Sherry Turkle mostraron que ocho de cada diez estadounidenses reconocían que un teléfono sobre la mesa, aunque no sonara, deterioraba la conversación y debilitaba el vínculo con quien estaba enfrente.

Frente a esto, suele aparecer una respuesta tranquilizadora: todo sería un problema de autocontrol individual. Bastaría con “usar mejor” la tecnología. Pero esa explicación pasa por alto lo esencial. La atención no es solo una capacidad personal; es un recurso colectivo. Como explica Yves Citton en L’économie de l’attention, la atención es un bien común, indispensable para pensar, deliberar y actuar juntos. Cuando se fragmenta sistemáticamente, no solo se pierde concentración, sino que se erosiona la discusión pública.

Para que exista la política, recuerda Chantal Mouffe, debe haber un lugar donde el conflicto pueda desplegarse sin negar la legitimidad del otro. El teléfono sobre la mesa rompe esa condición mínima. La atención compartida desaparece, las palabras no se sostienen en el tiempo y el antagonismo no se transforma en un debate agonista, sino que se disuelve en microinteracciones que desaparecen a la velocidad de una historia de Instagram.

El teléfono sobre la mesa es, al final, el revólver de nuestra época. No dispara balas, pero decide quién está presente y quién no. Si el pluralismo que decimos defender aspira a algo más que la coexistencia distraída, debería empezar por un gesto, pero contracultural. Reconocer que ninguna conversación puede sostenerse con un arma cargada entre las manos, dejarla fuera de la mesa y asumir, por fin, el costo político de levantar la mirada y escuchar de verdad.

Por Aluna Sofía Zapata Plaza

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