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A mis 15 años, muchas veces me dicen que los jóvenes no entendemos de política o que todavía no somos lo suficientemente maduros para opinar sobre el futuro de nuestro país. Sin embargo, después de ver los resultados de la primera vuelta presidencial y escuchar cómo muchos adultos justifican su voto bajo la lógica del “menos peor”, siento la necesidad de alzar la voz.
En esta segunda vuelta entre Abelardo de la Espriella e Iván Cepeda, no solo está en juego quién ocupará la Casa de Nariño. También están en juego las decisiones que marcarán el país en el que mi generación vivirá, trabajará y construirá su futuro. Por eso creo que es importante analizar las propuestas desde el arraigo y la convicción, y no únicamente desde el miedo.
Hay una pregunta que no deja de rondar mi cabeza: ¿en qué momento el voto dejó de responder a la identificación con unas ideas para convertirse en una reacción al temor?
Se supone que uno vota por alguien porque se siente representado. Porque conoce sus propuestas y piensa: “Esto es lo que quiero para mi país”. Debería ser un acto de confianza en el futuro. Sin embargo, lo que veo con frecuencia es algo distinto. Muchas personas no parecen elegir al candidato que más las inspira, sino al que menos las asusta. Escucho argumentos que giran alrededor de evitar una supuesta dictadura o impedir el regreso de viejas violencias, con acusaciones muy fuertes sobre ambos candidatos, más que alrededor de proyectos concretos para resolver los problemas del país.
Tener miedo es válido, pero no puede ser el único criterio para elegir. Cuando el debate político se convierte en una pelea entre amenazas, el voto pierde parte de su libertad y se transforma en un acto de supervivencia. Entonces dejan de importar las propuestas sobre educación, medio ambiente, empleo o desarrollo, y todo termina reducido a quién genera más temor.
Pero un país no puede construirse únicamente desde el miedo. Las sociedades avanzan cuando son capaces de imaginar un futuro mejor y trabajar para alcanzarlo, no cuando toman decisiones solo para evitar el peor escenario posible.
Por eso creo que esta segunda vuelta debe ser una oportunidad para exigir propuestas claras, serias y responsables. Más allá de las diferencias políticas, necesitamos debatir sobre las soluciones y no únicamente sobre los riesgos que representa el adversario.
Al final, quienes vamos a vivir durante más tiempo con las consecuencias de estas decisiones somos los jóvenes. Y no queremos heredar un país dividido por el miedo, sino uno capaz de construir esperanza, oportunidades y futuro.