Cuando era niño —y de eso ya han pasado muchos años—, al terminar el día y llegar la noche acostumbraba a ponerme los zapatos de mi padre. Mi madre, al verme con los zapatos grandes cubriendo mis diminutos pies, me pedía que no jugara con ellos y que usara los de mi talla. La escena se repetía todas las tardes y un familiar sugirió que me compraran los zapatos unas tallas más grandes y asunto arreglado. Afortunadamente, mi mamá no tuvo en cuenta la creativa sugerencia.
En casa no entendían la situación, se reían y decían que parecía un payaso.
Yo no quería zapatos grandes y nuevos —entre otras cosas, estrenar zapatos era un lujo poco frecuente—. Yo quería estar en los zapatos de mi padre, quería unos zapatos que me hicieran sentir grande, fuerte y seguro al caminar.
A esa edad, mi padre, en sus mejores años de vida, trabajaba en el campo de sol a sol y practicaba béisbol a nivel competitivo. Sus pasos eran firmes y rápidos. Era mi héroe, yo quería imitarlo en todo lo que hacía.
Lo mejor de sus pasos es que nunca se alejaron de casa, no se apartaron de su compañera de vida ni de sus hijos. Sus pasos no se extraviaron del camino. Recorrió pueblos y veredas bajo el inclemente sol y torrenciales aguaceros, regresando temprano a casa con sus zapatos sin manchas. Siempre lo vi caminar en línea recta, sin buscar atajos y evitando caminar por el filo del peligro, por eso pisaba fuerte en cualquier terreno.
Caminaba y caminaba a diario en sus labores cotidianas y nunca lo escuché quejarse ni lo vi cansado, siempre mantuvo una actitud positiva ante la vida, mirando de frente, sin perder la calma y pensando serenamente antes de actuar. Por eso pienso, sin temor a equivocarme, que el secreto estaba en sus zapatos, en esos viejos y desgastados zapatos.
Pasó el tiempo que no perdona y sus pasos se volvieron lentos, como en la canción de Piero. Ahora, cuando de su memoria se borraron las huellas de sus pasos, quisiera prestarle mis zapatos, mis piernas y mis fuerzas a mi querido viejo para que volviera a correr como antes.
En vacaciones, cuando el trabajo y la distancia me permiten visitarlo, casi nunca le llevo zapatos nuevos, ya que los considera duros y pesados. En cambio, le dejo mis zapatos usados, los que recibe con cariño y luce con orgullo, como queriendo seguir mis pasos en un tiempo que transcurre de manera circular.
He recorrido algunos países y varias ciudades del mundo, muchos más que mi padre, pero en todos he caminado como él, sin pisar a nadie y sin dejarme pisar, avanzando en línea recta, sin apartarme del camino, algo que me repite cada vez que nos despedimos. Ahora entiendo que todo lo que soy lo debo a que siempre quise estar en sus zapatos.