11 Jul 2021 - 1:48 a. m.

Estallido social y violencia

Mauricio Restrepo Posada

El Gobierno, los periodistas, los políticos, los gremios, las Iglesias, los casacas blancas y toda la “gente bien” no se cansan de repetir a diario que respetan las manifestaciones pacíficas como reflejos del inconformismo ciudadano, y defienden la justa defensa que las fuerzas del orden hacen para proteger la vida, honra y bienes de todos los ciudadanos, dentro de un marco de respeto a los Derechos Humanos. Suena muy bonito, casi hermoso. Y todos coinciden en su rechazo a la violencia tipificada como vandalismo y delincuencia. También suena bonito, también casi hermoso.

¿Será que no entendemos lo que está pasando en Colombia? ¿Será que no logramos ver que estamos ante un estallido social de magnitud no vista en la historia de nuestro país, con innumerables antecedentes que lo motivan y con consecuencias impredecibles?

Pretendemos dictar normas de comportamiento ciudadano a aquellos que participan de las protestas en las calles y en las redes, a aquellos que responden con violencia contra ese Estado que los ha siempre violentado y a aquellos que atraen nuestra atención solo cuando atacan al establecimiento y alteran el feliz orden establecido en los manuales de urbanidad y civismo que ese mismo establecimiento suministra, cual doctrina sacra que debe regir la vida de todo ciudadano de bien.

Pero la historia muestra y demuestra que la violencia es inherente a las grandes manifestaciones de protesta en todo el planeta. Y en Colombia con marchas pacíficas nunca se ha logrado nada, así los manifestantes se agoten caminando, ondeando banderitas blancas o tricolor y dulcemente cantando su estribillo “los buenos somos más”, “los buenos somos más”, “los buenos somos más”.

Son muy pocas las acciones pacíficas con las que se han logrado transformaciones importantes. Podemos pensar en los movimientos abanderados por Mahatma Gandhi, Nelson Mandela o Martin Luther King, quienes más que líderes políticos eran líderes sociales. A Luther King lo asesinaron, como si fuera un líder social en nuestro país. A Mandela lo encarcelaron por mucho tiempo, como si fuera un capturado de la guerrilla colombiana. Y Gandi, que también fue encarcelado y asesinado, no logró ver el triunfo del movimiento autonomista que con su pacífica desobediencia civil buscó hasta antes de su muerte; contó, eso sí, con la idiosincrasia de la población india. Idiosincrasia bien diferente a la nuestra, pues somos esa mezcla menos espiritual de indígena, negro y blanco, dopada de árabe, asiático y otras influencias no propiamente pacíficas.

La “Marcha del Millón” en Ucrania, símbolo de la resistencia de un pueblo en contra de un sistema dictatorial, es uno de los claros ejemplos de la respuesta violenta de las fuerzas policiales en contra de las manifestaciones pacíficas. Desde niños hasta ancianos, de diferentes religiones, con diferencias políticas, hombres y mujeres y, en fin, toda diversidad de seres humanos, formaron un frente común para derrocar al dictador. Convencidos de que debían resistir incluso hasta la muerte que podía llegarles en cualquier momento, no cejaron en su intención de enfrentar la brutalidad de las fuerzas del orden y marchar hasta las sedes del Gobierno y del Congreso. Y se mantuvieron en las calles, con hambre y frío en un terrible invierno, con dolor por la pérdida de seres queridos, con miedo de terminar derrotados, pero sabiendo que su futuro no podría ser peor que su presente.

En Colombia se está presentando la violencia en muchas formas, proveniente de diversos grupos que quieren manifestarse o utilizar las protestas para sus propósitos, en tantos sitios que el Gobierno no alcanzó a imaginar y, mucho menos, controlar. Como es usual en nuestro país, el gobierno respondió primero con dilación a los pedidos de los manifestantes y a su reclamo de sentarse a negociar, lo que agravó la situación. Los jóvenes, los transportadores, los sindicatos, los indígenas, los profesores, los estudiantes y parte del pueblo colombiano continuaron haciendo sus plantones y marchas que, lógicamente, interrumpían las actividades y el tránsito en gran parte de las ciudades. Los llamaron vándalos, bloqueadores, terroristas, guerrilleros, anarquistas y criminales, y no se puede negociar con gente de esa calaña.

Entonces el Gobierno implementó su segunda respuesta: la violencia de Estado. Se ordena levantar a sangre, fuego y ley todo tipo de bloqueo; se ordena la judicialización de los responsables; se limita la intervención de los defensores de Derechos Humanos; se sataniza y minimiza a los movimientos de protesta. Todo ello con la colaboración de ciudadanos de bien, coordinados, armados y protegidos por las fuerzas del orden. No es justo que los vándalos nos impidan movilizarnos por nuestras ciudades, no es justo que no podamos ir al gimnasio, no es justo que se acumulen las basuras en nuestras ciudadelas y barrios, no es justo que ensucien nuestras paredes con mensajes de odio, no es justo, no es justo, no es justo.

La tormenta terminó amainando, pero no acaba en ese paréntesis de falsa calma. La mecha quedó prendida y la semilla de la resistencia germinó para seguir creciendo. Los jóvenes nos enseñaron a expresar inconformismo, a luchar con resiliencia y asumiendo riesgos, a entender que hambre, miseria y falta de oportunidades son antónimos de paz.

Sería inteligencia del Estado y el Gobierno escuchar y negociar antes de enfrentar y acallar las futuras y muy próximas manifestaciones de protesta. Estamos iniciando un proceso en el cual los estallidos sociales serán cada vez más violentos y que involucrarán más enfrentamientos entre la población civil. No es un problema de vandalismo y gente de bien. Se trata de justicia, inclusión y humanidad.

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