Villavicencio es una de las ciudades más estratégicas de Colombia. Su relevancia radica en ser el puente entre la Orinoquía, la Amazonía y el interior del país. En este escenario, el comercio nacional adquiere un papel protagónico, pues gran parte de su población depende de los auges económicos que han marcado la región: la ganadería, el arroz, el petróleo e, incluso, las sombras del narcotráfico, una realidad dolorosa que no se puede ignorar. La ciudad es, en esencia, la puerta del dispensario alimentario y energético de la nación, aunque esto último evidencia una brecha social tan profunda que merecería un análisis aparte.
Hoy la ciudad vive una realidad que parece extraída de un cuento de Borges o de un relato de García Márquez: un realismo mágico inverosímil. Esto se debe a la falta de agua en el acueducto público, donde sus cerca de 710.000 habitantes —una cifra variable, dado que la ciudad es zona de tránsito para trabajadores petroleros y turistas— sufren la carencia del preciado líquido.
La semana pasada se cumplieron 210 días sin servicio de agua potable. No es que sea el primer periodo tan prolongado sin suministro; la ineficiencia ya es costumbre. Pero esta vez la ciudadanía lo vive en una época “especial”: justo cuando llegan los familiares a regocijarse y compartir en unión. Como bien reza el himno de la ciudad: “...y hoy eres casa de todo visitante”. Sin embargo, en esta “casa” la bienvenida incluye una advertencia: a los que vienen de afuera les pedimos el favor de que traigan sus propias bolsas de agua, si es que tienen la osadía de querer bañarse. Tristemente, hoy Villavicencio es una casa de puertas abiertas, pero de grifos secos.
Y para completar este cuadro de realismo mágico, lo más absurdo es recordar que esta es una de las ciudades con mayor precipitación del país, alcanzando niveles de 2.876 mm anuales. El problema no es la falta de lluvia; el problema es la desidia política que ha convertido al acueducto en una “caja menor”. Mientras tanto, cada avalancha se lleva un tramo de tubo o un viaducto en la montaña, emergencias cíclicas que ocurren ante la falta de seguimiento real a las obras de mitigación.
Esta crisis es hoy más evidente que nunca. Si bien no es un fenómeno exclusivo de la actual administración, el alcalde parece más un administrador de discoteca que un gerente público. Se ha dedicado a encadenar festivales bajo la excusa de reactivar la economía, aunque, por fortuna, esta semana recapacitó y canceló el próximo. Pero surge una pregunta obligatoria: ¿cómo se suplirán las necesidades básicas de los visitantes si no hay agua? Es una ironía cruel que, con cada festivo, el servicio desaparezca. Señor alcalde: de nada sirven las luces y la fiesta si en casa no hay ni con qué lavarse la cara.
Villavicencio siempre ha sido una ciudad amañadora, un lugar donde, si el calor no incomoda, siempre estará la talanquera arriba para recibir a propios y ajenos. Pero, como el resto del país, está plagada de políticos inservibles que parecen empeñados en marchitar la hospitalidad de nuestra tierra. Somos una ciudad resiliente donde la gente siempre busca solucionar sus propios problemas: si cierran la vía a Bogotá, aguantamos el viaje largo; pero el agua es un límite que no se puede cruzar.
Hoy la crisis ha parido un negocio oscuro: la comercialización de agua en camionetas transformadas que transportan el líquido sin control de calidad, obligando a la gente a comprar por fuera lo que ya pagó en un recibo que, ese sí, llega muy puntual. Es el colmo de la ironía: pagar por lo que no tenemos y enriquecer a unos pocos con la sed de todos.