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Herida, memoria y lucha

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Laura Andrea Rendón Pareja
10 de enero de 2022 - 05:00 a. m.
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El conflicto armado en el país ha encarnado, con fuerza y sin tregua, la frialdad de la violencia y su descarnado accionar. El país ha sometido a sus hijos a la más execrable lucha, a la más horrible noche, a la más irreparable deuda. Las víctimas principales de esta guerra sin nombre son, a su vez, nombres que se borran progresivamente de los labios o el recuerdo, y que adquieren, a título simplista, números a cambio de identidades; tan inconmensurable ha sido el número de afectados que no se alcanza a mantener viva la voz individual de cada uno de ellos. Las estadísticas no hacen justicia a la memoria, a la desazón, a la vida misma; no reside en ellas el poder de una voz, bajo ese 265.505 no cabe la palabra, bajo ese 265.505 están sepultados la sangre y los latidos de cada colombiano. Una cifra vasta e inexacta en la que no cabe la historia. Enfrentarnos, además, al hecho de un aproximado, dormir con la inquietud de “¿cuántos más?”. Ausencias que yacen enterradas en la fosa común sobre la que pisamos.

Ahora bien, la guerra tiene un impacto, desde una perspectiva general, catastrófico para toda la población que en ella se ve inmiscuida de una u otra manera. Las secuelas son obvias, no obstante, a una escala más específica. Son ciertos sectores sociales los más afectados: en el corazón de esta sociedad sufriente residen las personas de bajos recursos o en mayor condición de vulnerabilidad. Estas personas son las más cruelmente afectadas por una violencia voraz e insensible. Los hijos abandonados de un país que no alcanza a abrigarlos en su regazo, los hijos de un Estado con respecto al cual ha debido referirse el concepto de “abandono estatal”. Los nadie sin gloria, apoyo ni oportunidades. Los que han debido forjarse una vida a merced de su entorno y contexto revestido de ausencias, de olvido, de indiferencia. Aquellos que pelearon a medias y sangrantes una guerra que no les correspondía, pero frente a la cual debieron armarse para procurar no ser engullidos, quienes deben hoy por hoy forzarse a seguir el ritmo de un mundo que no espera, de un afanoso paso del tiempo que no perdona, de una ajenidad que se detiene a mirar, pero en medio de su obligado andar tampoco ha de detenerse. Sin importar el bando elegido para accionar en tan sanguinario escenario, los implicados se sometieron a la desinformación, a los datos parciales de una violencia más grande que ellos mismos y que interpretaron desde una elección ideológica en la mayoría de casos sesgada y cegada.

En conclusión, la situación de la población colombiana afectada por el conflicto armado puede entenderse desde una perspectiva de vulnerabilidad y secuelas. Esta población debe dedicar su vida a resignificar el dolor, a lidiar con sus cargas y traumas en procesos de reconstrucción desde el perdón y la búsqueda de la paz. Deben pasar sus días lidiando con esa herida en la historia, proyectando desde actividades de tejido y memoria sus vacíos y desconciertos. La situación de la población afectada por el conflicto se puede entender como un hoyo que yace en la esencia de la patria, una sombra inclemente que mancha los libros de historia, la historia de la gente fuera de los libros, la carne y el papel. La “posviolencia” ha forzado con furia a la disposición de lucha puesta en pro de la defensa de la humanidad de una nación que clama respeto, con las muñecas gastadas por las marcas de las apretadas cadenas y con el compromiso de esparcir memoria tanto como hacer recuerdo.

Por Laura Andrea Rendón Pareja

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