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Era lindo. A decir verdad, era muy guapo... ¡y tenía una personalidad poderosa y un carisma arrollador! Por si fuera poco, era educado, culto, caballeroso, humilde, respetuoso, tolerante y amoroso con los humanos, con los animales, con el planeta. Lo vi por primera vez en un acto público en el que coincidimos. Entré al recinto por la puerta de atrás para no interrumpir a los intervinientes en el foro; en ese preciso momento él estaba de pie, en la parte delantera, dirigiéndose al gobernador de Sucre, presente en el lugar. Disertaba con profundo humanismo sobre la situación de pobreza y hambre del departamento y, como era un extraordinario orador, me quedé escuchándolo fascinada. Tiempo después le confesaría que en ese instante me sentí como una de las mariposas amarillas que seguían a Mauricio Babilonia. Aún no había visto su hermoso rostro, su machura, pero en cuanto lo escuché hablar supe que era el alma gemela de mi alma, que por alguna inexplicable razón habían extraviado sus caminos en algún momento de la inconmensurabilidad del tiempo y del universo. Cuando él me vio supe por su reacción que había sentido lo mismo, pues su rostro se iluminó con una inefable alegría, como si también me hubiera estado esperando desde tiempos inmemoriales. Inmediatamente se despidió de la persona con la que conversaba en ese momento, me tomó del brazo como si me conociera desde siempre y me llevó a un rincón del salón, juntó dos sillas y allí nos sentamos los dos a ponernos al día sobre lo que había sido de nuestras vidas antes de que nuestras almas se reencontraran en ese preciso instante, luego de siglos de deambular por el tiempo y el espacio. Literalmente hablábamos como dos perdidos cuando aparecen. De hecho, sus primeras palabras fueron: “¿Dónde estabas tú metida, pelá, que no te había visto antes?”. Y los dos reíamos como niños.
Después de compartir un día en aquel foro me llevó a mi casa, era viernes. Me dijo que volvería al día siguiente por mí, para que fuéramos a almorzar. No se presentó el sábado, pero nunca dudé de que efectivamente volvería. Regresó el domingo y almorzamos y continuamos las conversaciones suspendidas el viernes. Nos sentíamos tan cómodos hablando, como si nos conociéramos de toda la vida. Él no consumía alcohol, solía decir que una bebida que hacía que la gente arrugara la cara cuando la tomaba no podía ser buena, de manera que pasamos esa tarde entre un jugo de fruta y otro, porque a ambos nos gustaban los jugos y la avena. Volví a mi casa y él se fue. En ese momento no estábamos en la misma ciudad.
No nos hicimos promesas, eran innecesarias, ambos sabíamos que el otro era la persona que habíamos estado esperando.
El lunes pasé por Corozal, yo iba para Sincé con una hermana. Sabía que él estaría en un acto público ese día y teníamos que pasar por el frente del lugar donde se celebraba. Cuando pasamos por el sitio le dije a mi hermana: “Ahí está el hombre con el que me voy a casar”. Mi hermana me miró sorprendida: “¡Tienes novio y te lo tenías guardado!”, me reconvino. “No. No somos novios aún, lo conocí apenas el viernes”, le respondí. Mi hermana no podía entender. “¿Te propuso matrimonio cuando te conoció?”, me preguntó desconcertada. “No”, le respondí, “pero sé que es el hombre con el que me voy a casar. Lo he estado esperando 26 años y él también me estaba buscando y me encontró”. Todavía hoy mi hija, que conoce esa historia, me pregunta por qué razón estaba tan segura de que me casaría con él y siempre le respondo lo mismo, la verdad: “No lo sé, solo lo supe en cuanto escuché su voz” y lo que decía, la forma como lo expresaba, su energía, su vibra, y lo confirmé cuando nuestros ojos hicieron contacto la primera vez. Nunca más nos separamos y antes de un año estábamos casados. Hablábamos de llegar a viejos, nos prometimos estar juntos hasta la muerte y cada uno prometió ser quien cerraría los ojos del otro cuando uno de los dos partiera. Ahora que lo recuerdo, creo que fue un poco bizarro que tuviéramos varias conversaciones sobre el tema de la muerte.
Fue un amor loco, desaforado, lleno de sueños para el futuro, sueños y amor que borraron en mi país, Colombia, ocho sicarios en dos carros y nueve balazos. Fueron necesarios ocho cobardes armados y dos carros para acorralar, enfrentar y matar a un solo hombre desarmado, valiente y valioso, un hombre de verdad, un hombre pacífico y honrado, frente a su hijo pequeño. ¡Esa escena es el paradigma de la cobardía y la infamia! Dicen que perdonar es recordar sin dolor, ¡pero cómo se recuerda sin dolor algo así!
Lo que ni los sicarios, ni la muerte, ni nadie me podrá arrebatar es ese pedazo de vida que pude compartir contigo, amor de mi vida. Gracias, vida, gracias. Muchas cosas no pudieron ser, pero, lo que vivimos fue todo lo que a cualquier ser humano le gustaría vivir. Gracias a la vida, me puedo ir de ella diciendo llena de gratitud: “Conocí el amor; el amor verdadero existe. A la muerte no le debo nada”.
Anhelo el día de volver a abrazarte, en otro mundo, otra dimensión, otro espacio, donde no haya violencia, ni orfandad, ni clamor, ni dolor, ni llanto. Hasta siempre, amor de mi alma.
A la memoria de Luis Miguel Vergara de León (3 de junio de 1949-2 de abril de 1996), asesinado meses después de señalar públicamente a quienes planeaban su asesinato. Fue alcalde de Corozal (Sucre), diputado, líder de izquierda y defensor de derechos humanos.

* Lina Cuello Royerth es abogada de la Universidad de Cartagena, jubilada, escritora, ex funcionaria pública, viuda del conflicto armado colombiano.