Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El sector cafetero enfrenta un aprieto de rentabilidad, y el nuevo gerente general de la Federación Nacional de Cafeteros, Germán Bahamón, ha propuesto la “industrialización” como una solución. Esta idea busca transformar la materia prima dentro del país en vez de exportarla en su estado “crudo”. Aunque no es una idea nueva, su implementación a gran escala es un desafío inédito.
Surgen dos preguntas cruciales. En primer lugar, ¿cómo puede el sector torrefactor colombiano ser competitivo y rentable en un mercado mundial dominado por grandes empresas transnacionales? En segundo lugar, ¿cómo se puede desarrollar este sector de manera que beneficie a las familias cafeteras promedio?
La industrialización ha sido un objetivo del “desarrollo” desde la Revolución Industrial inglesa, donde se avanzó hacia la mecanización y división del trabajo para lograr eficiencia y producción en masa. Sin embargo, es importante reconocer que esta revolución se basó en la explotación de un imperio mundial y condiciones laborales repugnantes.
Economistas del movimiento estructuralista advirtieron, desde los años 40, sobre la tendencia de los precios de productos industriales a subir más rápido que los de las materias primas, llevando a que cada vez sea necesario exportar mayores cantidades de materias primas para cubrir el costo de las mismas importaciones industriales, generando endeudamiento y presión inflacionaria en las monedas.
El café verde (sin tostar) ha sido un caso ejemplar de este descenso en los términos de intercambio. El precio de exportación del café verde ha tendido a disminuir en términos reales y con relación al café tostado en el exterior durante décadas, amenazando la rentabilidad del sector caficultor.
Es comprensible que el tueste de café resulte más atractivo que el cultivo, siendo principalmente una diferencia de 15 minutos de calor, con grandes márgenes que desplazan la prosperidad de la vocación agrícola. Sin embargo, el camino hacia la industrialización no es tan recto como parece, pues vestirse como rey no lo convierte a uno en rey.
Sabemos que la torrefacción se realiza tradicionalmente en los países más industrializados y con mayores ingresos. Lo que es menos claro es si las actividades de transformación de materia prima (o industriales) se realizan más en países ricos porque son más rentables, o son más rentables porque se realizan en países ricos (y poderosos).
La teoría económica ortodoxa supone un mercado libre y eficiente donde cada actor recibe lo que merece y merece lo que recibe. Pero la realidad es más compleja y se caracteriza por asimetrías de poder de negociación, acceso a recursos, información y otras barreras. Las instituciones (reglas del juego) también median las relaciones sociales entre los actores de la cadena, incluyendo los términos de intercambio acordados. Estas instituciones incluyen, por ejemplo, el sistema de determinación de precios, los parámetros de calidad, las reglas arancelarias y los términos de pago habituales.
En este sentido, el “valor agregado” (valor de uso o utilidad para el consumidor) no es necesariamente equivalente al valor captado por quien lo agregue (valor de intercambio). Por lo tanto, agregar valor al producto es necesario pero insuficiente para cambiar la distribución de ingresos entre los eslabones de la cadena.
La otra pregunta clave es quién liderará esta industrialización para que los caficultores colombianos se beneficien verdaderamente. A través de la inversión extranjera se exportarán el capital reproducido y las utilidades generadas. La clase empresarial nacional no tendría por qué pagar más a los caficultores que el mercado mundial, si es que decide usar materia prima nacional.
La industrialización colectiva, liderada por grupos de caficultores inclusivos, parece ser la mejor opción para crear un sector equitativo y sostenible, contribuyendo al bienestar social y ambiental de la caficultura y la dinamización de la economía rural.
En conclusión, la construcción de un sector transformador del café es un desafío significativo, esencial para alcanzar autonomía económica y liberarse de la dependencia de poderes externos. Requiere una planeación precisa, fuera del alcance de las fuerzas asimétricas del mercado con su distribución de capital actual. Requiere también una reorganización de las estructuras comerciales y la división internacional del trabajo heredadas del mercantilismo colonial, enfrentando a poderosas organizaciones internacionales que se benefician del statu quo. Lograrlo implicará salir de la sombra de los patrones y convertirse en protagonistas de su desarrollo. ¿Estará el señor Bahamón dispuesto a asumir todo lo que implica este desafío?