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La nueva realidad colombiana se conecta con el pensamiento de Hobbes, quien hablaba de la metáfora bíblica del Leviatán como un ser omnímodo, descomunal y necesario. Actualmente, ese Leviatán no es otro que la Inteligencia Artificial Generativa, tal como lo han demostrado las recientes elecciones presidenciales en Colombia, dónde se convirtió en una de las protagonistas.
Hemos sido testigos de cómo los medios utilizados para hacer propaganda política han cambiado profundamente. En una campaña presidencial en la cual ciertos candidatos que encabezaban los sondeos declinaron de participar en determinados debates televisados, y por el contrario se refugiaron en las redes sociales. Debates televisivos que en otrora eran protagonistas del escenario electoral, han sido reemplazados por las plataformas digitales, dónde la IA fue el medio elegido por las campañas, algunos haciendo uso de las deepfakes para lograr promocionarse, creando y difundiendo contenido con el objeto de persuadir y disuadir.
Medio suficiente con el cual se recogió el sentimiento público y logró la escucha social. Efectivamente, la campaña del presidente electo entendió que no había nada más democrático que las redes sociales, espacio donde se podía lograr que en cuestión de segundos se replicara la información, y donde cada persona podía ser protagonista o autor de su difusión, pasando de consumidores de información a productores de esta. Una reacción tan simple como dar “me gusta”, comentar o compartir el contenido puede contribuir al alcance de un mensaje político, dejando claro que es cuestión del pasado el protagonismo de los debates televisivos que fueron el escenario para que los candidatos dieran a conocer sus agendas, prioridades y pudieran conectar con el ciudadano.
Es indiscutible que resulta más sencillo llegar a las personas a través de las redes sociales debido a su ubicuidad y capacidad de difusión inmediata. Allí se encuentran comunidades hiperconectadas que consumen cada vez menos los medios tradicionales de información, realidad que entendió muy bien la campaña de Abelardo de la Espriella, identificando en las redes sociales el espacio idóneo donde los ciudadanos pueden intervenir, expresar opiniones y participar activamente, tanto a favor como en contra de una propuesta.
Queda como enseñanza a la clase política y a los medios tradicionales de información que la democracia contemporánea se ha servido y se servirá de las plataformas digitales, que es el escenario más útil para concentrar intereses, propuestas y hasta miedos, un escenario para presentar esa dualidad creada entre el bien y el mal, el bueno y el malo.
Sin embargo, esta transformación también plantea importantes desafíos: la desinformación, las campañas de desprestigio, la exposición indebida de datos personales (doxxing) y el acoso digital. Esto representa un reto para los legisladores, quienes deberán incorporar en sus agendas la regulación de la violencia digital, la manipulación de información y el equilibrio entre la libertad de expresión y la responsabilidad en el manejo de contenidos.
El uso inadecuado de las herramientas tecnológicas puede afectar derechos fundamentales como la honra, el buen nombre, la intimidad, la privacidad y la libertad de opinión e información. Por esta razón, los partidos y movimientos políticos también deberán asumir una postura de autorregulación y comprender que, aunque la tecnología puede ampliar su alcance y fortalecer sus estrategias de comunicación, su utilización exige responsabilidad, transparencia y respeto.