Si mis versos volvieran a hablar, serían Damaris, Patricia, Estrellita o Estellita. Leer a Pilar Quintana es abrir las puertas de tu propia casa sin haberlo sospechado y sin otorgar permiso.
La perra llegó a mí primero. La verdad, fue un regalo que tomé prestado, el dueño ni siquiera lo había leído. Sin embargo, algo en lo que dijo, la portada y el título me lo presentaron deseable, idóneo para una temporada de silencios que me ocupaba por esos días. Y sucedió. Damaris y yo nos necesitábamos. Ni ella ni yo lo sabíamos, pero nos habitábamos desde los sueños. Fue una gran revelación para mí hablarle, aconsejarla, sufrir con ella y darme cuenta de que era a mí a quien le hablaba. A ambas. La historia de Damaris es la historia de todas. Es la historia de la culpa (auto)impuesta, la división social y sus heridas, las exigencias sobre las que cimentamos nuestro valor y el enorme vacío que no mengua y para el que, pareciera, no se halla sosiego.
Las historias de Quintana te invitan a vivir dentro del personaje, sentir en carne viva el dolor, la soledad, los lugares descubiertos que trae el no encontrar acomodo en el mundo e intentar hallarlo en la sombra de los otros. Los abismos fue una mirada a mi infancia, a la exploración de lo que uno en ese momento no sabe cómo se llama, pero que profundamente siente: la fragmentación de la “realidad”. El mundo, como lo conocemos (o nos lo hemos inventado), deja de existir. Más fuerte aún: va desapareciendo. Entonces, es caminar por un terreno que desconoce la luz, pero que de manera incoherente todo el mundo ya camina: las mentiras, la soledad, el machismo y las huellas de una sociedad que fractura la inocencia cuando le dice a una mujer: no eres suficiente.
Para completar la catarsis, llega Coleccionista de polvos raros. Este libro lo viví en dos sentidos maravillosos: por un lado, es una mirada cruda de la cultura narco en Cali, haciendo uso de los testimonios como recurso exquisito para entender todo desde adentro; por otro, es una revisión concienzuda de los temas ya mencionados, desde otra mujer, que pareciera eso: la otra, la que uno no es, la que, si se mira con lupa, la sociedad calla y oculta, pero que se afirma desde la validación que esa sociedad pueda otorgarle. Estrellita y Estellita, que viven de la misma forma pero se miran como si estuvieran en orillas distintas, son el producto de lo mismo y no lo saben. Tampoco la lectora, que solo se da cuenta hasta que se para junto a ellas y ve el mismo río.
Por más que pueda describir lo que es leer a Pilar Quintana, tengo la sensación de que siempre me quedaré corta. Porque sus escritos no terminan cuando uno cierra el libro. Sus historias se construyen una y otra vez, en otros libros, en la gente, en las vivencias de los días y en nuestra búsqueda personal y colectiva de lo que es ser mujer. Leer a Pilar Quintana es hablar de sus personajes en la mesa del comedor, como salvavidas de un domingo que termina y una nueva vida que llega.