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Nadie conoce la sed con la que otro vive

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Lorena Mora
08 de mayo de 2023 - 02:00 a. m.
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Recuerdo mucho caminar una hora hasta la casa todos los días después del colegio. Tenía que atravesar un puente peatonal; por allá, a inicios de los 2000, empecé a ver mujeres que se arrinconaban sobre el puente o debajo de él con varios niños y un vaso de plástico donde la gente les echaba monedas. Pese a vivir en un pueblo, ya hoy ciudad, Soacha, llamaba mucho la atención la falta de diversidad étnica, casi todos éramos blancos, decíamos “normales” entonces, todos éramos pobres o de bajos recursos, pero blancos y eso nos hacía sentir privilegiados, casi superiores en nuestra inmensa ignorancia.

Primero fueron estas mujeres de rasgos indígenas y piel tostada, con sus vestidos coloridos y su idioma, que yo escuchaba por primera vez y parecía siempre un conjuro al cielo. Yo pensaba, y sé que todos los de mi curso e incluso todos los del barrio también, que venían de Ecuador, donde les habían dicho que en Colombia uno se hacía rico pidiendo limosna, porque ese siempre fue el mito, y que cuantos más niños tuvieran ahí más lástima iban a dar y más dinero conseguirían; incluso había rumores de que en realidad solo eran cinco niños y que entre las mujeres se los prestaban por turnos de ocho horas. Mi papá siempre se quejaba, decía que no entendía por qué traían niños al mundo para dejarlos morir de hambre, como si eso fuese lo único que importaba, como si la educación y la salud no entraran en el paquete, como si nosotros en ese barrio no supiéramos lo que es la necesidad y el hambre. A veces cuando pasábamos juntos por el puente, él decía: “Regáleme el niño, yo lo cuido”, la mujer siempre lo miraba como si dudara de hacerlo, pero al final, entre dientes y con una sonrisa impostada, respondía que no, que ella no regalaba a sus hijos, y yo veía en sus ojos angustia, una angustia profunda como si quisiera que ese puente se la tragara y no tener que estar ahí negociando la vida de sus hijos. La mayoría de las personas que opinaban reclamaban con rabia que no trabajaran, que no se ganaran la vida de forma “honrada”, que no usaran condón, pero nunca vi a nadie llevarles comida, preguntarles si estaban bien o acercarse lo suficiente para identificar el rostro de los niños.

Fue en el año 2007 cuando a mi clase entró un chico nuevo, el primer extranjero que yo veía; el primero en desmentirnos, pues nos contó que estas mujeres y sus hijos venían de otras partes de Colombia. Él era de Ecuador y, pese a las similitudes en las facciones del rostro —por las cuales siempre fue matoneado y por su apellido, Potosí—, estas mujeres y él no compartían territorio. Ese mismo año entró Daniel, una persona de raza negra proveniente del Valle del Cauca; la única persona de raza afro en todo el colegio en sus tres jornadas. Fueron ellos dos, siempre el negro y el poto, los más listos de la clase, ordenados, puntuales, inmensamente generosos, pero siempre el negro y el poto para el resto del mundo, solo eso.

En el último año de colegio, cuando se empezó a hablar de que las desapariciones de algunos compañeros varios años antes eran falsos positivos, empecé a tener miedo e inquietudes sobre lo que pasaba fuera de mi micromundo, fuera de ese entorno racista y clasista en el que todo se desarrollaba; empecé a fijarme en las noticias y me sentí avergonzada de haber nacido en un país tan indolente, cruel e hipócrita.

Un par de años después entré a la Universidad Pedagógica Nacional a estudiar Ciencias Sociales, absolutamente convencida de que la educación es la única solución para vencer la pobreza. En efecto aprendí muchas cosas y pude volver a sentirme bien por mi procedencia, pero solo por saber que miles de años antes, en esas mismas tierras que yo habitaba, habían existido culturas que amaban y respetaban la tierra y la vida. Me estrellé cientos de veces hasta que decidí rendirme, dejarme absorber por la rueda del capitalismo absurdo, por los ideales preconfigurados de nuestra sociedad: “Trabajar como negro para vivir como blanco”; trabajar, trabajar y trabajar; camellar como un burro, bregar para ser alguien en la vida, trabajar para salir de pobre, estudiar cosas que den plata, subir de estrato y engendrar pobreza, porque infortunadamente nadie nos dijo que para salir de pobre hacen falta siete generaciones. Aun así, se puede decir que tuve éxito, pasé de estrato 2 a estrato 4, cambié Sociales por Ingeniería Industrial, los libros de legislación indígena por best sellers basura, el masato por el gin tonic y mi sueño filantrópico por el sueño americano. Pero todo lo que se construye bajo la dictadura de la explotación y el consumo se destruye a sí mismo, puesto que el sistema es una bestia insaciable. Volví a rendirme, esta vez no por miedo sino por hastío y me fui tan lejos como pude, con dos mudas de ropa, sin un peso en los bolsillos y con la esperanza de tener una vida mejor, ahora sí, al otro lado del charco. Quizá sea un atrevimiento y más que odiosa la comparación, pero por un momento, apenas aterricé en España y no estaba preparada para la nieve y el frío, me sentí esa mujer en el puente peatonal: ignorada, humillada, vacía y nerviosa; mis hijos eran mis sueños de escritora y de artista y ahí estaba, completamente sola. Rodeada de personas con las que comparto idioma pero no lengua y dándome cuenta de que, por más blancos que nos creamos en las ciudades de Latinoamérica, aquí todos somos sudacas y panchitos; nosotros los colombianos: cocaína, y nosotras las colombianas: putas.

Tres años y medio para legalizar mi situación, limpiando tazas y recogiendo calzones con menstruación que no son míos, criando hijos que no son míos, planchando montañas de ropa que no son mías, pagando una casa que no es mía, y los míos pensando que como ganaba en euros estaba bien. Seis años repitiendo que tenemos a Gabo, que somos el país con más especies de pájaros del mundo, que aún tenemos 102 comunidades indígenas en Colombia, que tenemos mucha fruta, comida rica y el remedio para todo en la selva amazónica, y los míos repitiendo que los venezolanos han ido a robarles sus cosas y sus trabajos. Y así de nuevo el ciclo atroz de enfrentarnos a nuestros prójimos por culpa de unas líneas sobre un mapa llamadas fronteras, inventadas para dividirnos.

Nadie sabe la sed con la que otros viven; nadie sabe lo difícil y doloroso que es emigrar hasta que lo hace; nadie sabe todas las cosas que ha tenido que pasar una persona para llegar de un lugar a otro, para atravesar las fronteras; nadie sabe lo que es ser señalado por su lugar de origen y su historia hasta que se ve acorralado entre índices, y nadie se imagina lo que se siente, al final, no ser de ningún sitio.

Por Lorena Mora

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ROBERTO(18589)15 de mayo de 2023 - 09:51 p. m.
Cuando termine de leer tu columna sentí una angustia existencialista. Es como concluir que venimos a este mundo a vivir un destino de lucha constante si no nacemos en un hogar de comodidades y de dinero desde un principio. El fenómeno migrante que viven estos paises de pobreza, corrupción, ignorancia, atraso tecnológico y gobernantes que solo piensan en la política y el poder como un medio de enriquecimiento nos depara solo tragedia humana, humillación, frustración , la búsqueda de una quimera.
juan(9371)09 de mayo de 2023 - 02:31 p. m.
Conmovedor todo esto y bastante actual. La vida real de muchísima gente en el mundo. Gracias por hacerme sentir de carne y hueso.
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