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¿Para qué traer hijos al mundo?

Columna del lector
18 de octubre de 2015 - 09:00 p. m.

Vaya pregunta.

Seguramente ha rondado y asediado la cabeza de más de un mortal. Personalmente, nunca he dejado de hacérmela y, recientemente, al escuchar en un programa radial un “debate” sobre si el instinto de maternidad estaba desapareciendo, se estaba rezagando o, mejor, estaba siendo desplazado por otras prioridades que acechan a la mujer profesional, aunado a la antesala de lo que prometía ser un novelesco juicio por el cuestionado ilícito de “aborto” ante los estrados, pero que devino en un juicio moral con la inmediatez y el matiz de una noticia con tinte farandulero (cargada de sevicia y medio “lasciva”, por demás), revivió con poderoso ímpetu el interrogante. También debo reconocerle el crédito a una gran amiga médica, quien, evidentemente molesta, me hablaba de las preguntas impertinentes que habitúa hacer la gente cuando de abordar con muy poca sutileza el tema de los hijos, el estado civil y demás se trata. Preguntas chocantes como por ejemplo: “Y la parejita, ¿para cuándo? ¿Nada que piensas planificar?”, o apuntes maquiavélicos como: “Hermosa la niña, lástima que no haya sacado los ojos de la mamá”. Qué tormento. Qué insolencia. Y podría recabar en “mil y una” preguntas cortopunzantes, muchas veces “sin dolo”, que escupen algunas “matas” de la imprudencia.

Pero hacia allá no va propiamente la esencia de la columna, envuelta a punto de estrangularla en esta oportunidad por una enredadera de cuestionamientos que no le apuntan a nada distinto sino intentar responder la pregunta que yace en su título. Así pues, creo que uno trae hijos al mundo esencialmente para amar y sentirse amado, reproducir la raza, perpetuar la especie o los negocios y repoblar (¿o sobrepoblar?) la tierra. Y la mujer, especialmente, para irradiar desde su maravillosa esencia fémina e instinto de maternidad el poder del alumbramiento y la fantástica bendición de poder amamantar y lograr que un ser trascienda. ¿Me equivoco? Seguramente. Y entonces, traer hijos al mundo, a este mundo tan hermoso como hostil, tan fabuloso como lóbrego, tan generoso como huraño, tan precioso como mórbido, tan espectacular como peligroso, ruin e hipócrita, ¿para qué? ¿Para sufrir o ser felices? ¿Para mejorar la especie o para empeorarla? ¿Para llenarnos de angustia, frustración y amargura, o para reconfortarnos y colmarnos de satisfacción? ¿Para crecer junto a ellos o huir de ellos? ¿Para protegerlos, educarlos, forjarlos y ver cómo trasciende nuestra esencia, o para abandonarla y malograrla? ¿Para enseñarles o maleducarlos “sin darnos cuenta”? ¿Para delegarles la gerencia de nuestros logros o para ver con impotencia cómo arruinan la empresa de nuestras vidas? ¿Para recuperar el mundo o terminar de reventarlo? ¿Para liberarlos o “ahogarlos” en la cuna? ¿Para guiarlos o negarles la brújula de la vida? ¿Para que conquisten y arrasen con el mundo entero o para ver cómo los pisotea el destino? ¿Para redimirnos o flagelarnos? ¿Para gallardamente sacrificarse por ellos o para que cobardemente se sacrifiquen por nosotros? ¿Para que nos saquen los ojos “cual cuervos” o para arroparnos con la majestad de ver inmortalizada una existencia que, presumimos, acrisolará nuestras virtudes y disipará nuestros defectos? En fin…

Traerlos o no traerlos debe, en todo caso, ser una decisión muy difícil y respetable. “Mucho más pasional hoy día que racional, porque hoy definitivamente todo se confabula para no traer hijos al mundo”, parafraseando a una gran maestra rectora y amiga.

Y usted, se ha preguntado alguna vez, ¿para qué trajo o va a traer hijos al mundo?

 

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