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El mundo político está polarizado. Esta pareciese ser la consigna común de periodistas y analistas políticos cuando de opinar sobre la coyuntura se trata. Basta con realizar una muy ligera revisión de artículos en internet para confirmar la consigna: polarización en Estados Unidos entre demócratas y republicanos, situación que derivó, además, en la toma del Capitolio por seguidores del ahora expresidente Trump y en la suspensión de redes sociales de este último por incitación a la violencia; polarización en Francia, pese a tener un sistema multipartidista, que terminó decantándose entre posiciones nacionalistas de derecha lideradas por Le Pen y el proyecto moderado En Marcha, de Macron; polarización en Chile entre vertientes de izquierda agrupadas en el Frente Amplio y la coalición de derecha Chile Vamos, que ostenta el poder ejecutivo. Y así se podría continuar: polarización en Argentina, España, México, por no mencionar la situación en Venezuela. Estamos polarizados.
En Colombia la situación no es muy distinta, el consenso alrededor de la polarización es tal que no solo muy pocos análisis distan de él, sino que se ha convertido en un argumento eficaz para finalizar cualquier debate político: “Es que estás polarizando”.
¿Pero qué es polarizar? Diversos artículos se refieren a este fenómeno utilizando la encuesta Barómetro de las Américas, instrumento que mide actitudes políticas de diversos países, para concluir que la radicalización en los extremos es una realidad de la política colombiana. Sin embargo, no deja de ser contradictorio que mientras en otros contextos cuando existe polarización la alternativa de “centro” se reduce, en la Colombia polarizada el “centro” se fortalece; al menos así lo demuestra la encuesta Invamer publicada en noviembre del año pasado, que concluyó que el “centro” abarcaría el 25,4 % de los posibles electores, mientras que la izquierda tendría un 14,7 % y la derecha un 37,4 %. Tal parece que la polarización ha permitido la apertura del sistema político colombiano.
La pregunta sobre este fenómeno adquiere mayor sentido cuando se descubre que la tal polarización no es nueva, se habló de ella en las elecciones de 2018, 2014 y 2010. Al parecer, los únicos procesos recientes que carecieron de polarización fueron las elecciones de 2002 y 2006, cuando Álvaro Uribe se proclamó presidente en primera vuelta con votaciones del 51,4 % y del 62,3 %, respectivamente, y se tiene evidencia histórica y política de participación de grupos paramilitares, corrupción y persecución a líderes opositores. Entonces, pareciera que donde no hay polarización hay una especie de homogeneidad política que no deja de ser sospechosa.
Se podría ir un poco más allá y ubicar históricamente qué período de nuestro trasegar político careció de “polarización”. El Frente Nacional, por ejemplo, como experimento de repartición milimétrica del poder y de apaciguamiento de la violencia, careció de la polarización política que hoy se pregona como uno de los grandes males de la discusión pública, pero son de común conocimiento las consecuencias de esta “homogeneidad” en el silenciamiento de otras formas de participación democrática. Resulta bastante llamativo que en un país con una base histórica bipartidista, un régimen presidencial tan fuerte y un conflicto armado interno que aún se sigue prolongando pese al Acuerdo de Paz se hable de polarización. No, no es polarización, es sencillamente la democracia misma, que es agonística, que opone dialécticamente intereses opuestos en lo público y a la cual no debemos temer ni mucho menos vetar. Lo contrario sería una sociedad homogénea, que, sospecho, sería muy parecida a una sociedad del miedo.