11 Jul 2022 - 5:00 a. m.

¿Por qué nadie quiere ser colombiano?

Federico Hoyos Gutiérrez

Hay un chiste que dice: “En Colombia los intelectuales se creen franceses, los ricos se creen ingleses, la clase media se cree gringa y los pobres se creen mexicanos”.

Nadie quiere ser colombiano a menos que juegue la selección Colombia (que últimamente se ha quedado sin ruedas). Cada vez escucho con mayor frecuencia la frase que alguna vez pronunció César Augusto Londoño en televisión: “País de mierda”. Las críticas contra los gobernantes de turno abundan. Los noticieros, en vez de informar, enferman. Se busca echarle la culpa al otro para justificar la propia mediocridad. Si llamamos a Colombia “país de mierda”, deberíamos preguntarnos qué errores hemos cometido cada uno de nosotros para convertir a esta nación en un “país de mierda”.

La crisis de identidad nacional que tengo encuentra sus raíces en el sistema educativo. Desde pequeño me dicen que vivo en Colombia, pero nunca me estimularon a preguntarme qué significa ser colombiano. No se enseña historia patria en los colegios (ni mucho menos la historia de Antioquia y de Medellín, donde vivo). Seguimos hablando pestes de los españoles, derribando estatuas de los conquistadores (sin detenernos a pensar que nos estamos odiando a nosotros mismos en ese gesto). Cuando de los labios de alguien brota la palabra “indio”, se hace de manera peyorativa, despreciando la inteligencia de los pueblos aborígenes en estas tierras. Desconocer nuestro pasado es negarnos a nosotros mismos.

Seguimos aferrados a los estereotipos, pensando que el colombiano es corrupto y violento, creyendo que los antioqueños tienen un gen pujante (conozco a muchos que no lo son) o que son ansiosos por el dinero fácil (conozco a muchos que tampoco lo son). Viktor Frankl lo tenía claro: la bondad y la maldad se encuentran en todos los grupos humanos.

No nos enseñaron geografía: no sabemos ni dónde estamos ni qué es lo que nos permite estar vivos. Somos habitantes de un cuerpo extraño, ignorantes de la biodiversidad circundante. Somos incapaces de nombrar el árbol que tenemos enfrente, el pajarito que se posa en la baranda del balcón, las plantas y flores que colorean nuestro jardín. ¿Será que al estar rodeados de tanta riqueza nos hemos vuelto mediocres?

Decir que somos una nación independiente suena muy romántico. ¿Por qué? Porque creamos muy poco. ¿Y por qué creamos muy poco? Porque tenemos una clase media maniatada y un índice altísimo de pobreza. La ecuación es la siguiente: el pobre no es capaz de crear porque solo piensa en comer y el millonario tampoco inventa nada porque piensa que el dinero lo resuelve todo. La única clase que verdaderamente puede transformar la sociedad es la clase media. Así de simple.

La mayoría de lo poco que leemos proviene de Europa y de los países anglosajones. Por eso es que ideológicamente seguimos dependiendo de ellos. Idolatramos a los pensadores de afuera, mientras ignoramos a los de adentro. Cualquier gregarismo es una manifestación de la mediocridad.

El problema no es la falta de referentes, el problema es que no los enseñan. Si nos mostraran los ensayos de Tomás Carrasquilla y su novela Hace tiempos, tendríamos la curiosidad de indagar por la economía minera, motor del progreso de Antioquia. Si nos enseñaran la obra de Fernando González, entenderíamos el pensar de los paisas. Si nos mostraran las crónicas de Reinaldo Spitaletta, tendríamos mejores herramientas para leer a la Medellín de hoy. A escala nacional pasaría lo mismo si nos mostraran los ensayos de William Ospina, un hombre que ha leído este país como ningún otro, tratando de entender por dónde se esfumó la franja amarilla.

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