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16 May 2022 - 5:00 a. m.

Sentido de la educación colombiana

Alonso Ramírez Campo

Vamos al aula, hacemos nuestro trabajo, corregimos los exámenes, cumplimos el horario, llenamos las actas y nos vamos a descansar a casa. Pero… ¿para eso somos docentes?, ¿eso fue lo que nos impulsó a ser docentes?

Si es así, estamos condenados después de esta pandemia —que aún estremece al mundo— a volver al mismo edificio y a la misma educación. Retornarán los viejos paradigmas y rituales, el mismo horario, las mismas asignaturas rígidas, las mismas metas y fines, y en últimas el mismo sentido de la escuela homogénea.

Si no abrimos un diálogo “de otros saberes” que provengan de relaciones simples y cotidianas, más allá de las consideraciones de los expertos, es bastante improbable construir las nuevas intersubjetividades que definan una nueva estructura social y un nuevo contenido para la escuela, que insiste en estar anclada en el siglo XIX, con profesores del siglo XX y estudiantes del siglo XXI.

Si bien es cierto que la educación pública en general no posee un músculo financiero acorde con sus necesidades por parte del Estado, no menos cierto es que no tiene el juvenil y atractivo encanto de hechizar la mente de niños y jóvenes para hacerlos volar por el mundo de la imaginación y la creatividad.

Es por eso que desde el proyecto de “Escuelas de vida” invitamos a la comunidad educativa a abrir un espacio donde exista una especie de laboratorio pedagógico en todos los ciclos de la educación básica de dos horas semanales en el horario oficial, en que niños y adolescentes aprendan a ser críticos, imaginativos, creativos, participativos y cooperativos por medio de la metodología del guion colectivo; que se vuelvan actores y autores de las clases, escenificando ambientes donde expresen sus saberes y experiencias de vida, y se les tenga que calificar no por lo que repitan como loros de acuerdo con el libreto de los profesores, sino por lo que se atrevan a expresar autónomamente, así se equivoquen.

Se trata entonces de colocar en el tablero, ante todo, un corazón para una vida que enamore y no una programación de contenidos que no les dice nada nuevo a unos chicos que retornaron confundidos y aturdidos por la pandemia.

No sería de buen recibo —y ojalá me equivoque— volver a las prácticas del pasado, donde el fin de la clase sea externo y remoto, y conlleve a la prisa por terminar rápido la clase, terminar el bimestre, terminar el año, terminar la carrera. La única meta es terminar, y así se pierde la vida. Es como si viviéramos para morir.

Hace más de 40 años el profesor argentino Gustavo Cirigliano dijo: “El fin de la clase es ella misma, no la nota de calificación esperando el timbre”, que es, ahora sí realmente, el único fin de la clase. La clase debe recuperarse como actividad con sentido propio en sí. Debe volverse a una idea simple, pero luminosa: la escuela es un proceso de la vida, no preparación para la vida. Así como nuestra juventud no es preparación para la vida madura, es simplemente vida: vida que es juventud, así como la otra será vida en adultez”.

En este sentido, la escuela básica no es un politécnico —donde se prepara a los estudiantes para un futuro laboral, que desde luego es necesario e importante—. Es fundamentalmente un proceso de vida que ahora más que nunca, por los efectos de la pandemia, requiere recoger y acoger la voz elemental de niños y adolescentes desde la interioridad socioemocional para que expresen los nuevos sentidos que deben adquirir las prácticas escolares.

Ha llegado la hora del cambio.

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