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9 May 2022 - 5:00 a. m.

Tiempo y espacio a solas

Carla Gutiérrez

Con las cuarentenas de la pandemia vimos cómo la vida quedó reducida a las paredes de nuestras casas, fuimos un experimento global de las consecuencias del encierro prolongado y lidiamos con la presión de los trabajos domésticos y de cuidado. Hoy los encierros terminaron para muchos, pero no para las mujeres cuya cotidianidad históricamente ha sido relegada al ambiente doméstico.

¿Quién no sueña con una casa con jardín, libros y espacios dignos para compartir la vida, la soledad, la amistad y el amor? Una habitación propia, famoso texto de Virginia Woolf, transmite la bella imagen de independencia de una mujer que, contando con recursos económicos, puede disponer de un espacio propio para la creación y la autodeterminación. Y es que toda mujer debería sentirse feliz en su casa si estar allí es una elección y no una obligación. Una casa debería representar el lugar de libertad y no una prisión ni un peligro, como les sucede a muchas.

Las cuarentenas dispararon las cifras de maltrato a mujeres. En Colombia, del 25 de marzo al 14 de mayo de 2020, los reportes de violencia intrafamiliar aumentaron un 170 %, el triple del mismo período en 2019. Un factor determinante de la violencia contra la mujer es su dependencia económica, y no es posible solucionarla si no se interviene desde su relación con el trabajo doméstico. Según el DANE, las mujeres dedican en promedio 7,14 horas diarias al cuidado no remunerado, frente a las 3,25 horas invertidas por los hombres. La pandemia agudizó aún más el rol tradicional de las mujeres en el cuidado, poniéndolas en desventaja al tener que ejercer una doble jornada laboral para aquellas que hicieron teletrabajo y trabajo doméstico, y hasta triple para quienes tuvieron que ser profesoras de sus hijos pequeños con la educación virtual.

En julio de 2020, el DANE reveló que el desempleo en mujeres fue del 25,5 % y en hombres fue del 17 %. Es claro que las mujeres son más propensas a sufrir desempleo y maltrato porque en ellas recaen los trabajos de cuidado que, al no ser remunerados, desembocan en la precariedad de oportunidades y la dependencia de un tercero.

Administrar, limpiar y cocinar, además de cuidar niños, ancianos y enfermos, son labores demandantes que obstaculizan la paz de las mujeres en sus casas. No se trata solo de tener tiempo, sino también espacio, porque el bienestar implica tener tiempo en soledad para entrar en sí mismas, poder crear y tener pensamientos vitales. Estar a solas y sin distractores de atención es necesario para que las mujeres puedan vivir más allá de su inmediatez, porque estar reducidas al ambiente doméstico representa el encierro como materialización del cercamiento de ideas y oportunidades, como, por ejemplo, no poder ejercer la dimensión ciudadana, no poder habitar espacios públicos de formación y discusión, no poder ampliar una red de apoyo humano en la que se podría encontrar ayuda, amigos y otros referentes de ser mujer diferentes a los estereotipos convencionales.

Si bien cada vez más hombres asumen su responsabilidad en el cuidado doméstico, la principal lección que nos deja la pandemia es que todos deberíamos adoptar el cuidado como una ética universal. Es imperativo replantear la distribución del cuidado, partiendo de la empatía de quienes constataron la presión que acarrea tener todo listo en casa. Para evitar caer en una monetización de las relaciones familiares, hay que hacer del cuidado un acto político del afecto, porque este es fundamental para la protección de la vida misma.

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