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Crónica de cómo Gabriel Tirado se desangró en una de las instituciones médicas más prestigiosas de la sabana de Bogotá.

Gabriel entró muy débil, pero sonriente y consciente, a la Clínica Marly de Chía el martes 12 de mayo de 2026. Veintitrés horas y trece minutos después, salió en una camilla, cubierto por una sábana blanca, directo a la funeraria. Se desangró en una de las instituciones médicas más prestigiosas de la sabana de Bogotá, rodeado de monitores de última tecnología que parpadeaban con indiferencia, mientras un sistema burocrático y desalmado contaba las horas sin mover un solo dedo para salvarlo. Todos sabían lo que tenía. Nadie hizo nada.
La tormenta comenzó temprano en San Francisco, Cundinamarca. Gabriel se levantó con un dolor abdominal agudo, pálido y con vómito. Manejé bajo una alerta invisible; en septiembre de 2025 le habían diagnosticado un aneurisma abdominal. El monitoreo de finales de marzo de 2026 encendió las alarmas: la arteria había crecido de 40 a 60 milímetros. El médico consideró que había que operar. Consistía en un procedimiento poco invasivo, un catéter desde la ingle para reforzar la arteria con una malla metálica, pero por el tamaño del aneurisma, se dio la orden de prioritario.
Pero en el universo de la salud colombiana, la prioridad la maneja una agenda. Al solicitar la cita médica para programar la cirugía, el Plan Complementario de Compensar la programó para agosto. Cuatro meses después. La respuesta de la operadora de turno fue la frase que condena a miles en este país: “Por el momento no hay agenda; si alguien cancela, la llamamos”.
Nadie llamó. Ese martes 12 de mayo, la arteria no aguantó más.
Llegamos a El Rosal a buscar a Camilo, gran médico y amigo de siempre. Le bastó tocar a Gabriel para mirarme con los ojos abiertos por el pánico: “Corre a la clínica más cercana. El aneurisma se rompió”.
El viaje a Bogotá fue una carrera contra el reloj. Solicité apoyo de ambulancia en el peaje de la Concesión Sabana de Occidente, pero los paramédicos solo tenían autorización para llevarlo al Hospital de Facatativá, un centro médico que carecía de los implementos y los especialistas para una emergencia de esta magnitud. Tuvimos que seguir solos y ahora con menos tiempo.
Ante el monumental trancón de la calle 80, desvié hacia Chía. Le pedí a Gabriel que cerrara los ojos, sintonicé música clásica para camuflar el miedo y manejé esquivando huecos y bastante rápido.
A las 12:09 del mediodía cruzamos las puertas de la Clínica Marly de Chía. Gabriel se bajó por sus propios medios, pero sus piernas flaquearon. Corrí a sostenerlo por la espalda para evitar que se desplomara contra el asfalto. La vigilante nos auxilió con una silla de ruedas; él recuperó el conocimiento, me sonrió y entró a la sala de reanimación. En ese instante, sentí un alivio inmenso. Pensé: “Lo logramos. Estamos en una clínica buena. Está a salvo, aquí lo operan”. El médico de turno reforzó mi esperanza al asegurar que lo operarían rápido y que el panorama no era catastrófico.
En la sala de reanimación, Gabriel estaba tranquilo, conectado a las máquinas. Cuando le conté que entraría a cirugía de urgencia, sonrió y me dijo: “Bueno, pues hasta chévere, salimos de eso de una vez”. Se lo llevaron a un TAC, y esperé mucho para tener noticias.
A las 4:22 de la tarde, la doctora Sanabia me confirmó el diagnóstico que ya sabíamos: la aorta estaba goteando. Sin embargo, su parte fue de tranquilidad. Dijo que lo trasladarían a la Unidad de Cuidados Intensivos (UCI) para monitorearlo mientras el cirujano vascular, el doctor Olarte, llegaba a operarlo. Dejó caer una frase que entonces no me alarmó, pero que hoy me hiela la sangre: “No tenemos los implementos en esta sede, hay que traerlos”. Me pidió no asustar a Gabriel, y eso hice.
Lo subieron a la UCI a las 6:04 de la tarde. El tiempo empezó a espesarse, a volverse pesado. Las visitas se redujeron a lapsos de media hora. Gabriel seguía sereno, confiado en que los médicos sabían lo que hacían. Afuera, el mundo se solidarizaba; mi gran amiga Cabito, quien estaba llegando de viaje, apenas leyó mi mensaje, desde el aeropuerto cruzó Bogotá en Transmilenio, tomó flota en el Portal del Norte y llegó a Chía con un mazo de cartas para acompañarme a esperar durante la cirugía.
A las 7:00 de la noche firmé los consentimientos para que le pusieran un catéter central. Entré a la sala para tomarle la mano; Gabriel les temía a las agujas, y lo solucionamos con frases de humor con la doctora sobre la cobardía de los hombres ante los pinchazos; él sonrió. La doctora falló el primer intento. Falló el segundo. Al tercero logró tomar la vena y me pidió salir para realizar el procedimiento.
Treinta minutos después volví a entrar. La imagen me dio el primer golpe de realidad: Gabriel estaba profundamente sedado, pálido y rodeado de un charquito de sangre a la altura de la clavícula izquierda. Le di un beso, le prometí que el cirujano ya venía y salí a buscar respuestas.
Para las 8:30 de la noche, las salas de espera de la Clínica Marly de Chía eran un desierto de baldosas frías. El personal administrativo se había ido. Las enfermeras del piso solo decían que la UCI no era su área. En la recepción de Cuidados Intensivos no había nadie. La incertidumbre se convirtió en terror.
A las 9:00 de la noche, las luces de la sala vacía se encendieron por un sensor de movimiento de un hombre joven. No parecía médico, pero era el doctor Olarte, el tan esperado cirujano vascular. Catorce minutos después me llamó a un cubículo para darme una noticia absurda: la cirugía era inminente, que lo veía consciente, pero como la clínica no tenía los implementos, debían remitirlo de urgencia a las clínicas de Los Cobos, la Fundación Santa Fe o Marly de Bogotá. “La que primero responda. Prepárese para subirse a la ambulancia”, me dijo, antes de desaparecer.
El cirujano vascular se fue y nos dejó en un limbo. Bajamos a admisiones. Detrás del mostrador estaba Diana, la funcionaria de turno. Nos dijo que la orden de remisión prioritaria estaba en el sistema, pero que Compensar no había emitido la autorización.
Empezamos a llamar desesperadamente. Batallamos contra el contestador automático, contra la inteligencia artificial de las líneas de atención, hasta que logramos que un ser humano nos respondiera. La voz al teléfono nos dio una respuesta insólita: “El traslado y la cirugía ya están autorizados en el sistema”. Eran las 11:13 de la noche. Corrimos a decírselo a Diana. Pero Diana no se levantó de su silla. Se limitó a mirarnos y a repetir, con la frialdad de un robot: “Debo esperar a que el sistema me lo refleje a mí”.
Cabito y yo salimos a la calle a fumar un cigarrillo. Nos prometimos mantener la calma; sabíamos que, si nos poníamos histéricas, la seguridad de la clínica nos expulsaría y dejaríamos a Gabriel solo. Pactamos volver cada quince minutos a la recepción.
A las 11:40 de la noche, Diana cambió la versión: ahora el problema no era la autorización, sino que ninguna clínica de Bogotá confirmaba tener una sala disponible para recibirlo directo en el quirófano. A las 12:46 de la madrugada, la respuesta fue la misma. A la 1:15, con el alma rota, llamamos a la Superintendencia de Salud, a Compensar, a cualquier número que encontráramos en Google. Nadie contestó. Le supliqué a Diana un teléfono institucional, el contacto de un supervisor, de una amiga, el número de algún ser humano con capacidad de decisión o al menos de compasión. Su respuesta fue un portazo burocrático: “No estoy autorizada para compartir números internos”.
Durante las siguientes tres horas, el minutero avanzó mientras Gabriel se moría en silencio en el piso de arriba. Le advertimos a la funcionaria que mi esposo se estaba desangrando por dentro, que hiciera algo más allá de su manual de funciones. Diana solo nos sostuvo la mirada y soltó la palabra más violenta de la noche: “Toca esperar”.
A las 5:00 de la mañana, el médico intensivista me llamó. Estaba sudoroso, demacrado y visiblemente desesperado. Me habló sin rodeos técnicos: “Gabriel ya no está aguantando. Claramente tiene una manguera rota por dentro. Le he pasado cuatro bolsas de sangre, pero, así como entra, se sale por la aorta. No me dan razón de la remisión”. Me pidió firmar la autorización para intubarlo y conectarlo a un respirador mecánico, solo para ahorrarle el esfuerzo físico de respirar.
Cuando volví a ver a Gabriel, el corazón se me desplomó. Estaba frío, amarillo, rígido. Le pregunté a Cabito, con una ingenuidad que hoy me duele: “¿Será que se puede morir?”. En mi mente seguía operando la lógica de la civilización: estábamos en una clínica buena, rodeados de médicos, ofrecen especialidad vascular, lo tienen todo; era imposible que no solucionaran y que lo dejaran morir.
Al amanecer, la desesperación nos hizo acudir a las redes afectivas. Escribimos a familiares, amigos y conocidos buscando un contacto político, un médico influyente, un directivo en Compensar, lo que fuera para romper el bloqueo.
A las 7:15 de la mañana, tras el cambio de turno general, Diana se preparaba para irse a su casa a descansar. En ese instante llegó la notificación: la Clínica Los Cobos recibía a Gabriel. La ambulancia estaba lista.
Lucas, su hijo, llegó a las 8:43 de la mañana. Entramos juntos a la UCI. Gabriel ya no era el hombre que sonreía catorce horas antes; era un cuerpo pálido atado a un ventilador. Las enfermeras nos dijeron que aún podía escucharnos. Lucas se quedó con su papá y lo iba a acompañar en la ambulancia con la historia clínica bajo el brazo. Cabito y yo nos adelantamos en los carros hacia el norte de Bogotá para esperarlo en Los Cobos.
Manejaba por la calle 170 cuando el teléfono timbró. Era Lucas. Su voz estaba rota: “No se devuelvan a Bogotá. Quédense en Chía. No aguantó el traslado, se puso muy débil. El doctor dice que ya puede entrar toda la familia a verlo… y que ya no es necesario usar tapabocas”.
Esa última frase fue el veredicto. Entrar sin tapabocas a una UCI significa que la medicina se rindió. Los nervios me traicionaron; tuve que abandonar mi carro en el parqueadero de un Homecenter y subirme al de Cabito para regresar a Chía.
Llegamos a la clínica a las 11:11 de la mañana. Gabriel había fallecido seis minutos antes, a las 11:05, se fue en compañía de su hijo. El dolor que sentí no tiene nombre.
Una doctora nueva, que acababa de recibir el turno de la mañana, me extendió el certificado de defunción con una cortesía plástica. Miré el papel y luego la miré a los ojos: “Doctora, aquí dice que transcurrieron veintitrés horas y trece minutos desde que traje a mi esposo de pie, consciente y en plenas condiciones para ser operado; todos sabían que esto era lo que había que hacer, y simplemente no hicieron nada”.
La médica me miró fijamente y guardó silencio. No había nada que decir. Gabriel no murió por un aneurisma insuperable; murió porque el sistema de salud colombiano jamás consideró como prioritaria la vida de Gabriel.
Gabriel Tirado Muñoz fue un sociólogo y economista político que hizo de la vocación social el norte de su vida. Formado en la Alemania Oriental y en la UNAM de México, dedicó décadas a caminar la Colombia profunda, tejiendo puentes y transformando realidades en los territorios. Su huella quedó plasmada desde su labor en el Plan Nacional de Rehabilitación en Vichada y Guainía y la resolución de conflictos en el Chocó, hasta la dirección del Parque Nacional Natural Sierra Nevada de Santa Marta y la construcción de los lineamientos sociales del catastro multipropósito. Sus últimos 16 años los vivió en San Francisco, Cundinamarca, al lado de su compañera María Fernanda Acosta Convers, donde sembró raíces profundas; allí combinó el amor por la tierra en su cultivo de gulupa con un liderazgo comunitario entrañable como presidente de la Junta de Acción Comunal de su vereda. Dejó dos hijos maravillosos, Lucas y Karen, y un legado imborrable de compromiso, coherencia y entrega al servicio de los demás.