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13 Jun 2022 - 5:00 a. m.

Vivir (o no) en Colombia

Miguel Rojas Sotelo

En la pasada elección, una señora en Miami con una camiseta de uno de los candidatos atacó a un ciudadano que la grabó con su teléfono mientras le decía que hacer campaña cerca a los puestos de votación es ilegal. Ella gritó que podía hacer lo que quisiera porque estaba en los Estados Unidos.

Las fronteras se han borrado. No solo las nacionales, también las de los medios de comunicación. El país ha pasado de un periodismo intelectual (el de la gente “culta”) a uno cooptado por intereses económicos y políticos. Hoy, cada medio también aporta a la desinformación en los silos informáticos creados por las redes sociales, Facebook para los mayores, WhatsApp para familias, YouTube y TikTok para los más jóvenes e intrépidos. Cada periodista y político quiere ser un influencer. Los likes, suscripciones y campanitas han remplazado la investigación, el cuidado editorial, el tiraje y las audiencias lectoras.

Los que por uno u otro motivo vivimos en el exterior experimentamos esto de una forma extrema. Entendemos el fenómeno tecnológico al servicio del capital como un eco de la realidad política y económica global. En los círculos familiares y sociales hay batallas mediáticas, los de afuera son callados con argumentos como “ustedes no viven en el país y no saben lo que pasa”, “no les tocará vivir aquí si gana (tal o pascual)”, o “allá les caemos…”.

Los que no vivimos en Colombia no tenemos que escondernos en haciendas, fincas, casas de recreo o conjuntos campestres, entre vehículos que surcan rápidamente los barrios pobres de ciudades y pueblos. No tenemos que enfrentarnos a los vendedores ambulantes que, entre piruetas y colombinas, nos recuerdan de los privilegios de tener un carro, una casa o un trabajo fijo. Esos afortunados empleados, herederos y aquellos pocos pensionados disfrutan de tiempos compartidos, centros comerciales y restaurantes. Además, no tenemos que escondernos de protestas, vandalismos, barricadas y retenes, o hacerles el quite a intimidaciones, maltrato, racismo, cobranzas, abandono, inundaciones, lodo y plomo.

Si vivir en Colombia significara dignidad, autogobierno, soberanía política y económica, entonces tendrían razón en callarnos. Nuestra dependencia de lo fundamental, desde alimentos, medicinas hasta armas, maquinaria y suministros para el agro, nos hace frágiles. Nuestra dependencia cultural nos hace vasallos de intereses privados y transnacionales.

El dilema hoy es escoger una forma de gobierno que dé respuestas a nuestra inestabilidad. En democracia, el gobierno es un ejercicio contenido y transaccional. ¿Cuál de las fórmulas está preparada para la rutina, las emergencias, la inercia y los densos ritmos de la burocracia? ¿Cómo responderán ante la adulación, la protesta social, el descalabro fiscal y el deterioro de seguridad? Finalmente, ¿qué visión compartida de nación dejarán para que otros construyan desde adentro y afuera un país más justo, digno y verdadero?

Yo no vivo en Colombia, no tengo que sufrir a diario sus pobrezas, solo vivo para ella, pegado al radio, al internet, a las redes, trabajando como ciudadano de segunda clase para mostrar una cara más amable, en contra de esta reputación que cargamos todos los nacidos en esa tierra. Vivo para educar a otros sobre las maravillas de una gente y una tierra que arrasamos día a día, para mandar regalos, dinero, invertir, donar a causas y para que los míos estén mejor. Yo no vivo en Colombia, como no viven Luis Díaz o Radamel Falcao, Shakira o Juanes, Daniel Coronell o Juan Gabriel Vásquez, y no soy menos colombiano. Yo no vivo en Colombia, la veo a la distancia, escucho su ruido, su murmullo y muero por ella.

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