Por: Héctor Abad Faciolince

Lejos de los extremos

Llevo más de un año tratando de terminar una novela que inicialmente se llamaba El centro, pero que finalmente, de un modo menos enfático, titulé Tal vez el centro. A veces pasa que las novelas se te escapan de las manos, como arena entre los dedos, o que su idea central se diluye, como un sueño, y es posible que Tal vez el centro no termine en nada o más bien quede, como dicen en España, en agua de borrajas. La novela, en todo caso, quería ser un homenaje al centro de las ciudades, al centro político, al intento de centrarse en algo verdaderamente importante para la propia vida: un buen trabajo, un buen amor.

La primera imagen de la novela tiene que ver con un muchacho que, en medio de los peligros del tráfico de una ciudad latinoamericana, se dirige al centro en bicicleta. Cualquiera que haya montado en bicicleta sabe que para mantener el equilibrio sobre esta máquina perfecta hay que hacer dos cosas: avanzar, y no dejarse ir ni a la izquierda ni a la derecha. Hay sin duda un vaivén a estos dos lados, pero el buen ciclista está corrigiendo todo el tiempo la tentación de ambos extremos, para no caerse. A este joven del libro lo intenta atracar un muchacho pobre, por la izquierda, con un cuchillo, pero consigue escapar, y también está a punto de que lo mate una enorme camioneta polarizada que se arroja contra él, por la derecha, pues según su arrogante chofer, el joven en bicicleta le impide llegar más rápido a su destino.

Este muchacho, en la novela, se llama Sergio, y su nombre quería ser un homenaje a un no político, o a un político atípico colombiano llamado Sergio Fajardo. A mí no me gusta tener amigos políticos y, en general, les saco el cuerpo todo lo que puedo. Pero yo empecé a ser amigo de Fajardo cuando él era profesor de lógica matemática y todavía no lo había picado el virus de la política. Después lo he seguido y apoyado desde que intentó ser alcalde de Medellín, y perdió la primera vez, hasta que intentó ser presidente de Colombia, y también perdió la primera vez. Si era amigo mío antes de ser político, ¿por qué iba a dejar de serlo después, cuando quiso escoger ese ingrato camino de la vida? No he trabajado con él, no he tenido ningún contrato con él, no me dio ni un solo gramo de mermelada cuando fue alcalde o gobernador; solo una vez le pedí que me ayudara a encontrarle puesto a mi esposa, como maestra de inglés para niños, y no me ayudó… Así que no me debe ni le debo nada, y me sigue gustando mucho como un político raro, honrado, de centro, centrado y trabajador.

Por eso celebro tanto esta encuesta que acaban de publicar Semana, Caracol TV y Blu Radio, hecha por Invamer para ellos. La encuesta fue presencial, rural y urbana, y parece muy seria. Y la encuesta, de algún modo, declara que buena parte del electorado colombiano está harto de los extremos, harto de la ira, harto de la polarización: sediento de centro. Los candidatos de centro (Fajardo, Claudia López, Humberto de la Calle) recogen resultados muy alentadores. Ladeado hacia la izquierda queda Petro, y a la derecha, Vargas Lleras e Iván Duque. Pero el ganador neto de esta encuesta, a poco más de siete meses de las elecciones, es Sergio Fajardo. Es el que más crece, casi duplica a sus contrincantes más cercanos, y gana en todos los escenarios planteados para la segunda vuelta, sea cual sea su contrincante.

¿A qué se debe esto? A que ha sabido mantener el centro: no insulta, no calumnia, no polariza. Plantea planes y soluciones. No es extremista ni populista, sino realista. Sus banderas negativas son contra la corrupción y el clientelismo. Las positivas, por la educación, la ciencia, la equidad y el emprendimiento. Una anécdota: hace ocho años Fajardo se cayó de la bicicleta y se quebró el fémur. No recuerdo si el derecho o el izquierdo. Desde entonces mantiene el centro con más pasión y cuidado que nunca. No se inclina ni a un lado ni hacia el otro para insultar. No contesta las calumnias. Por eso sigue avanzando. Por eso va a ganar.

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