Por: Tomas Eloy Martínez

León Tolstoi: un matrimonio desdichado

LA IMAGEN TIENE POCO MENOS DE un siglo, pero los más oscuros pliegues de la condición humana siguen allí tan vivos como cuando los captó un fotógrafo anónimo, la madrugada del 4 de noviembre de 1910.

La solitaria figura de una mujer madura, encaramada en puntas de pie sobre un cajón de madera, domina la escena. Es Sofía Andreievna, la esposa de León Tolstoi, quien trata de vislumbrar —espiando por la ventana de una cabaña perdida en la estepa rusa— el cuerpo agonizante de quien fue su marido durante 48 años y a cuya cama no puede acercarse por exigencia de los médicos, de los hijos y del propio Tolstoi.

El escritor había huido de su casa de Yásnaia Poliana una semana antes, abrumado por los incesantes requerimientos de Sofía (a la que llamaba Sonia) para que le entregara los manuscritos sin publicar y los diarios íntimos en los que hablaba de ella.

Desde hacía ya muchos años su matrimonio naufragaba en querellas cada vez más ásperas. La esposa no toleraba que Vasili Cherkov —un intrigante al que Tolstoi consideraba su mejor discípulo— se inmiscuyera en las peleas conyugales y de algún modo las estimulara. El escritor, a su vez, se negaba a mantenerlo apartado.

Marido y mujer veían aquellas trifulcas como “una lucha a muerte” y en verdad lo eran. Se amaban pero la vida en común los estaba destrozando.

Cuando Tolstoi se fugó de la casa familiar sin avisarle a nadie —salvo a su hija Sasha, a quien pidió que lo acompañara— estaba enfermo de neumonía. Su temperatura oscilaba entre los 39,6 grados y los 40. El pulso era irregular y la respiración tan débil que Sasha, inquieta, le acercaba cada tanto un espejo a los labios para verificar que seguía vivo. Sentía ardores de estómago y ataques de hipo que no daban tregua.

Padre e hija atravesaron los campos helados en un trineo hasta la estación de tren, donde —para despistar— compraron pasajes a pequeños apeaderos de la línea del sur. Tolstoi pretendía pasar inadvertido, pero no tenía idea de su inmensa fama. Cayó derrumbado en un vagón de segunda clase y le pidió a Sasha que le comprara los periódicos. Con horror descubrió que la historia de su fuga era el tema principal de las portadas. Nubes de reporteros seguían el rumbo del tren y los fotógrafos estaban al acecho en las estaciones.

Muy pronto, todos los pasajeros se enteraron de que Tolstoi viajaba con ellos y acudieron en masa a verlo. Sasha les rogó que se fueran para que su padre pudiera descansar. Apenas circulaba el aire en los vagones llenos de humo.

El gobierno del zar Nicolás II había despachado también a varios policías de civil para que averiguaran las verdaderas intenciones de un pacifista venerado por los campesinos, al que la Iglesia Ortodoxa acababa de excomulgar. A Tolstoi sólo le importaba que lo dejaran en paz.

Era ya entonces un gigante lleno de gloria y no habría otro que desatara entusiasmos tan tumultuosos. Ningún escritor, antes o después, conoció como él esos extremos de admiración. Cuando viajaba a Moscú y a San Petersburgo, las calles por las que pasaba estaban alfombradas de flores. Todos los extranjeros de renombre que llegaban a Rusia consideraban incompleta la peregrinación si Tolstoi no los recibía. Gandhi le escribió llamándolo “nuestro titán” y se declaró “humilde deudor de sus prédicas y doctrinas sobre la no violencia”.


Aunque desde hacía mucho era el candidato obvio para ganar el Premio Nobel, se apresuró a rechazarlo antes de que se lo dieran porque “no sabría —les escribió a los miembros de la Academia Sueca— cómo disponer de todo ese dinero, sobre todo cuando mis convicciones me indican que el dinero sólo produce mal”.

Cuanto más vasta era su fama pública, mayor era también el infortunio de su intimidad. Se había casado en 1862, a los 34 años. Sofía Andreievna acababa de cumplir 18. Los dos tenían temperamentos de hierro y se creían capaces de imponer al otro sus deseos y códigos de vida.

La misma noche de bodas el escritor cometió un error mayúsculo, que desviaría para siempre el cauce de su dicha: le dio a leer a Sonia sus diarios de juventud, en los que contaba con lujo de detalles sus borracheras y lujurias de oficial joven. Creía sinceramente que, al poner al descubierto las flaquezas de su alma, ella podría comprender con quién se había casado y perdonar las heridas futuras. Lo que logró fue abrir las compuertas de un torrente de celos y resentimientos que ya no se detendría.

Dos semanas más tarde, Sonia empezó a escribir su propio diario. Se levantaba en medio de la noche para espiar lo que el marido había escrito e imprudentemente dejaba al alcance de su curiosidad el inventario de los agravios que le adjudicaba. Entonces empezaban las reyertas cada vez más crueles, las acusaciones de infidelidad y desamor. Y sin embargo, los dos se amaban con un ímpetu que no apagaron los años maduros ni la desastrosa convivencia.

Nadie ha contado mejor esa tragedia que William Shirer, el gran periodista que fue testigo del ascenso de Hitler en la Alemania de Weimar y lo narró en un libro clásico, The rise and fall of the Third Reich.

Su obra más personal, sin embargo, es la historia de las borrascas conyugales que atormentaron a los Tolstoi. Lo publicó en 1993, un año antes de morir, con un título expresivo: Love and hatred. The stormy marriage of Leo and Sonya Tolstoy.

De allí ha salido casi toda la copiosa bibliografía sobre el fin de la pareja, incluyendo la noticia del amor crepuscular que Sonia parece haber sentido por el pianista Serguei Tanéiev cuando ella tenía ya 57 años.

Nada estremece tanto, sin embargo, como el relato de la muerte del gran hombre, que yacía solitario en la choza del jefe de la estación de Astápovo, perdido en la blancura de la estepa, mientras su fin inminente acongojaba a millares de lectores y discípulos en los cuatro rincones del mundo.

Expiró a las 6:05 de la mañana del domingo 7 de noviembre de 1910. A Sonia no se le permitió entrar sino minutos más tarde, cuando ya todo había pasado. A la intemperie, bajo los hilos de nieve que no cesaban de caer, los campesinos cantaban un antiguo himno funerario, Memoria eterna.

La esposa lo sobrevivió nueve años, suplicando en su diario que el mundo la recordara con indulgencia.

* Novelista y periodista argentino.

c.2008 Tomás Eloy Martínez

 

 

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