Por: Nicolás Rodríguez

Liderazgo parroquial

Hay algo gastado en la respuesta generalizada ante los reclamos y las bravuconadas gringas en el tema de los cultivos de coca. Afirmar una vez más que son hipócritas ya no solo es un lugar común. También es falso. La política antidrogas no ha sido propiamente un cuento de hadas rastafari para los que consumen en los Estados Unidos.

Mientras su marido construía diligentemente la idea de una amenaza tan seria para los niños como la existencia de un misil o un avión de guerra, Nancy Reagan, la primera dama, reducía las drogas a una campaña colegial de asociación de padres e hijos: “Cuando se trate de drogas solo di que no”. El proceso de certificación inaugurado por Ronald Reagan en su batalla contra las drogas es arbitrario y arrogante. Pero también estuvo acompañado de serias reformas locales con las que se establecieron sentencias mínimas para intrascendencias tan absurdas como un ridículo porro.

En vez de volver a la narrativa moralista de la atención al consumo y la exigencia de reciprocidad en los esfuerzos en la lucha contra las drogas, el Gobierno colombiano podría insistir en la violación sistemática de los derechos humanos en las cárceles norteamericanas, atestadas como están de afroamericanos y latinos. Esa sería una prueba de liderazgo continental, a tono con las personas afectadas por la guerra contra las drogas.

Una muestra, pues, de empatía y solidaridad transnacional. Que podría verse fortalecida con la negociación en bloque de una serie de acuerdos con Bolivia, Perú y los que se quieran sumar a una reconsideración de los acuerdos internacionales en materia de cultivo ilícitos. Pero no. En temas de drogas la imaginación política de los gobernantes colombianos en ejercicio se estancó en recetas parroquiales que de ninguna manera pueden competir con el retorno de los Estados Unidos a su ejercicio unilateral de intimidación y hegemonía.

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