Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Lizama 158

Pese a que exhalaciones empezaron a registrarse desde el sábado 3 de marzo, fue durante la madrugada del lunes 12 que se hicieron evidentes sus consecuencias. Con los aguaceros que cayeron esa madrugada sobre Barrancabermeja escurrió sin talanqueras la mancha, a través de la quebrada La Lizama. Provenía de un pozo inactivo en las afueras de Barranca. De los pozos, que son las bocas de los yacimientos, se extrae crudo, lodo, agua y gas. Todo combinado y grasoso flota hoy por las quebradas Lizama y Caño Muerto arrimando en los tributarios del Sogamoso, en la vecindad del río Magdalena.

Con el tiempo los pozos dejan de ser rentables. Al dejar de ser productivos algunos son usados como infraestructura para inyectar agua a presión en el yacimiento. Es decir, para hacer aflorar los charcos de crudo remanente en el subsuelo. El Lizama 158 se encontraba inactivo desde 2006 y distintas versiones coinciden en que debido a una falla (quizás en el mantenimiento) se fracturó e hizo ebullición como si fuera un volcán.

En una semana en que se celebró el llamado Día del Agua, son varios los discursos, lugares comunes y frases sin fondo que resaltan la “importancia de la buena gobernanza ambiental”, la “necesidad de una minería sostenible”, el potencial de “nuestra rica biodiversidad”. Así, se habla mucho de la forma en que la regulación ambiental debería ser y poco sobre la forma en que esta se despliega en el día a día. La cotidianidad del agua en el Magdalena Medio santandereano nos invita a tomar en serio la pregunta por las distribuciones.

¿Cómo está repartida, por ejemplo, la información? Tras 20 días, no hay quién responda por las razones del derrame. Un barrido riguroso de declaraciones, comunicados y entrevistas permite concluir que Ecopetrol tiene un monopolio casi perfecto de la información: no sólo sobre lo que salió mal en el subsuelo, infraestructura y operaciones (o ausencias) de mantenimiento, sino también sobre lo que está pasando, las posibles soluciones y los responsables. Ante la poca importancia que se les da a las denuncias y narraciones de la comunidad, que se juzgan como exageradas, antitécnicas y anecdóticas, sólo Ecopetrol conoce (o tiene una idea aproximada) sobre el número de pozos abandonados. Es a la empresa y no a los reguladores ni autoridades ambientales a quienes hay que pedirles cualquier dato.

¿Cómo están repartidas entonces las voces? Luego de décadas de explotación petrolera y oleadas de activismo y represión, la voz de las comunidades ribereñas del Magdalena Medio suena poco a la hora de otorgar concesiones. A merced de la tecnología y los dientes de las empresas, mandatarios locales sólo se enteran de la magnitud de sucesos ambientales cuando las propias empresas les cuentan. “Quiero explicarles la importancia de mantener el punto de vista técnico”, reafirmó el gerente de Ecopetrol tras explicar que el pozo no podrá ser sellado antes del fin de mes. Entretanto, pasaban más días, el derrame dejaba aridez a su paso y quedaba en evidencia que el corazón de las decisiones ambientales es tan técnico como político.

¿Y las distribuciones del agua? O mejor, de las aguas, pues hay quien se hace al agua limpia y la utiliza. Están también los que se quedan con el agua peligrosa: el agua de río denso de sedimentos, liado con el aceite del crudo. Y los que se quedan con el aire pesado y contaminado entre la lluvia y los gases. Estas aguas y aires son para las poblaciones costeras, las que beben de bocatomas cercanas a las corrientes afectadas, las familias reubicadas a otros municipios. El legado de desolación es también el de las comunidades de pescadores y sus blanquillos, barbudas, doncellas, bagres y doradas empantanados en el crudo.

 

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