Por: Columnista invitado

Lo dejaste crecer ¿y ahora te sorprendes, Alemania?

Por: Helena Urán Bidegain

Alemania tuvo que llegar al punto en que, para vergüenza del país, uno de sus jugadores del equipo nacional de fútbol renunciara recientemente, para que medios de comunicación, políticos y la opinión pública escuchara las quejas sobre racismo y discriminación cotidianas que se viven en el país.

Se ignoró durante años el llamado de muchos; y hoy la extrema derecha con sus discursos de odio (Ausländer rauß y Wir sind das Volk : Fuera extranjeros y nosotros somos el pueblo), en sintonía con el resto en Europa, está en alza en todo el país, con manifestaciones más extremas como las recientes en Chemnitz, donde periodistas, judíos, personas que piensan diferente y alemanes y extranjeros no blancos fueron objeto de ataque. Una cacería de brujas, lo denominó la canciller, Angela Merkel. Lo que de todo esto aún no entiendo es que muchos se sorprendan. Tampoco en este país lo que esta pasando es la causa, sino un síntoma.

Mucho tiempo se estuvo discutiendo si Alemania es, o no, país de emigración, ignorando que precisamente desde este país empezaron grandes movimientos migratorios que inevitablemente generan flujos en doble sentido. Al mismo tiempo, se creaba un imaginario construido de que el racismo era cosa del pasado, pero mientras tanto se seguían y siguen utilizando términos como Migrationshintergrund, o sea, trasfondo migratorio, para referirse a personas con raíces étnicas en otro país, por lo general personas no blancas. El término, con una connotación negativa y de inferioridad, se usa incluso hasta más allá de la tercera generación, lo que impide que los así definidos generen un sentido de pertenencia común, a la vez que señala que aquel, aunque alemán, no pertenece al grupo.

Todo empieza por la palabra. Y esto claramente se ha visto también en estos días en los medios de comunicación y discusiones públicas sobre lo ocurrido en Chemnitz. Los reporteros, los analistas, los políticos han pretendido sentar una posición de rechazo a las actitudes racistas de la extrema derecha, pero casi automáticamente y sin reflexión usando un lenguaje excluyente, que propagan aún más el racismo que dicen querer combatir. Por ejemplo, en vez de hablar sobre ataques racistas (a personas no blancas), hablan de ataques a extranjeros, afirmando implícitamente que para ser alemán hay que ser blanco, y si no lo eres, entonces es porque eres extranjero, inmigrante. ¿De verdad no se dan cuenta? ¿No pueden hacerlo mejor? ¿Hay que vivir la discriminación para notarlo?

Aquí el racismo nunca dejó de existir

Las palabras crean realidades y sustentan las relaciones de poder, y sin embargo, aún hoy siguen existiendo nombres de calles y lugares públicos (aprox. 450.000 en todo el país) que remontan a la época esclavista en la que Europa, con Alemania como sede de La Conferencia de Berlín (1884-85), se repartió África y dio pie a genocidios como en Congo (1885 y 1906) bajo Leopoldo II de Bélgica, o el genocidio al pueblo Herero-Nama (1904-1907) en lo que hoy es Namibia, en manos de los alemanes. La solicitud para cambiar estos nombres, hecha por activistas, la comunidad afro-alemana y quienes han sufrido las consecuencias de esta época atroz, se ha convertido en una lucha. Estas calles y lugares reflejan la poca voluntad para resarcir errores y refuerza incluso el discurso y memoria oficial donde el verdugo ha sido glorificado y la víctima deshumanizada y olvidada.

Este tipo de términos, nombres de calles, etc. sigue recreando el imaginario de superioridad de muchos: héroes (blancos) - criminales (no blancos), capaces, inteligentes (blancos) - perezosos, tontos (no blancos), cristianos versus musulmanes etc., lo que lleva a que al final la mezquindad evolucione pero no desaparezca. Muy diciente es precisamente que en la calle Mohren, término utilizado en la colonia para llamar despectivamente y haciendo referencia a su condición de esclavitud y servidumbre a los africanos, se encuentre hoy el Ministerio de Justicia alemán.

El problema en Alemania va pues mucho más allá de unos manifestantes de extrema derecha en las calles protagonizando actos de vandalismo, aterrorizando a quienes tienen la piel más oscura que ellos, o llevando al límite a las fuerzas de seguridad, que en esa ocasión demostraron no tener el monopolio de la fuerza.

Políticos como el ministro de Interior, Seehofer,  saben bien cómo capitalizar el odio y a través de comentarios como “la migración es la madre de todos los problemas” justo tras los sucesos de Chemnitz buscan réditos políticos. Lamentablemente lo que pasa aquí no se reduce a esto y se ha venido cultivando hace ya mucho tiempo.

El racismo alemán, a menudo, se olvida que es muy anterior al nacional socialismo y sobre todo, que se mantiene vivo y sin que la mayoría siquiera sea consciente, en el lenguaje, a través de las practicas institucionales, las escuelas, los espacios públicos y claramente los espacios de poder.

Condenar el problema es importante,

hacer que desaparezca, el reto

Discursos, palabras y manifestaciones en contra de la extrema-derecha y en favor de una sociedad democrática, plural e inclusiva, oímos suficientes. Justo tras los incidentes de racismo en Chemnitz, el concierto con el lema wir sind mehr: somos más, logró convocar a cerca de 65.000 personas, algo que refleja que muchos, de minorías y mayoría, rechazan estos hechos violentos y racistas.

Sin embargo, no son suficientes para ir a la raíz del problema. No van al día día. No van al trato diferente en las escuelas hacia con los niños que no encajan en el modelo de la mayoría, no va al mal manejo de prácticas por funcionarios frente a quien ante sus ojos no es suficientemente alemán, no cambia la negativa de muchos a alquilar a quien tenga apellido poco alemán, o a ni siquiera ser considerado para un puesto laboral por llamarse Mohamed o Hernández, no cambia las estructuras discriminatorias, solo airea el problema que, sin embargo, permanece incrustado.

El problema viene desde el centro de lo institucional que sostiene y da estructura a la discriminación, y que junto con la falta de atención a problemas existenciales de grupos de la sociedad por parte de los partidos tradicionales ha contribuido a que hoy la extrema derecha sea una de las mayores fuerzas políticas y que los movimientos neonazis no paren de aumentar.  ¿Cuánto tiempo piensa acaso Alemania que puede seguir así? ¿Por qué no ha oído las voces de quienes históricamente han sido discriminados para construir juntos? La respuesta está en la pregunta. No han sido reclamos de la clase dominante y por ello ¡ha sido una voz sin eco!

No hay más que ver los datos de desempleo del país para ver que el fenómeno ha sido simplemente ignorado durante mucho tiempo. En 2017 uno de cada dos desempleados era extranjero, o alemán pero con raíces en otro país, o sea, los de trasfondo migratorio.

Ya en 2012 el comité de la ONU de DD. HH. mostraba preocupación por la segregación en escuelas primarias del país, donde se separaba a niños alemanes de aquellos niños también alemanes pero con raíces en otro lugar. El sistema educativo alemán ofrece a partir de la cuarta clase, tres modelos de secundaria: Hauptschule, Realschule y Gymnasium. Acorde a la recomendación de la maestra o el maestro se cursa uno u otro. Lamentablemente terminan siendo muy pocos los alumnos de primaria no blancos, los que logran llegar al Gymnasium, el modelo con el nivel más alto de los tres y el único que permite después el ingreso a la universidad.

Por eso no es de sorprender que tampoco en instituciones como el parlamento alemán, compuesto por 709 diputados, solo 58 tenga una historia de migración en su casa (y la mayoría son emigraciones de otros países de Europa), es decir, un 8% del total de parlamentarios. Muy por debajo del  22,5 % de personas en Alemania con raíces en otro territorio.

Entonces queda claro que consignas como ¨no hay lugar para el racismo¨, que se repiten en diferentes lugares, solo han llevado a crear una imagen errada de Alemania, porque SÍ ha habido y hay  racismo constante, cotidiano y estructural. Se hizo creer que la discriminación se trataba de un asunto del pasado, de casos aislados, de que los migrantes son quienes no se integran, o que se mal interpretaban sucesos que eran claramente racistas. Ahora estamos viendo las consecuencias de esto.

Aunque muy importantes y acertados, no son suficientes los discursos y las palabras de políticos, como las dadas recientemente por el presidente Walter Steinmeier en su encuentro con personas de la comunidad turco-alemana : Es gibt keine halben oder ganzen, keine Bio- oder Passdeutschen. Es gibt keine Bürger erster oder zweiter Klasse,  o sea,” no hay alemanes medios, bio (originales) o de pasaporte. No hay ciudadanos de primera y segunda categoría”, queriendo decir que todos somos alemanes. No es responsable decir esto cuando después se hace la distinción oficial entre los unos (alemanes) y otros, aquellos que aunque alemanes tienen un trasfondo que no lo es. ¿Para qué la diferenciación? Algunos dirán que para aprovechar esta riqueza cultural, pero la práctica muestra que esta diferencia solo sirve para excluir, limitar oportunidades y alimentar las creencias de superioridad de miembros de la mayoría, que deriva en actos cotidianos de desdén y cada día más en expresiones violentas de odio.

También puede ser contraproducente que, queriendo mostrar una cara amigable, reuniera solo a personas de origen turco (que es asociada al mundo musulmán) y alemanes (cristianos) transmitiendo a su vez que el asunto es uno de diferencias religiosas respondiendo a la supuesta amenaza de la "islamización" de Occidente que lo único que hace es legitimar guerras políticas y económicas a través de la religión y reafirmando que en esta diferencia radica el problema que tenemos en casa. ¿Por qué no se convocó a un grupo más plural e incluyente? ¿Dónde quedan las demás voces que no se sienten ni cristianas ni musulmanas, pero sí en la mitad del problema? Yo diría más bien, no hay media discriminación o discriminación entera.

Ya es hora de que Alemania empiece a combatir los problemas de racismo y discriminación de fondo que se ha descuidado durante tanto tiempo. Y para ello debemos empezar por el lenguaje, seguido por las instituciones oficiales, las escuelas, ONG que son aveces poco autocriticas, organizaciones de la iglesia, con medios de comunicación más pluriétnicos y espacios de poder en los que todos nos sintamos representados. Solo incluyendo a toda la sociedad en la vida pública y asuntos políticos del país podremos construir realmente juntos, sin importar las diferencias y combatir a aquellos que insisten en repetir la historia en Alemania.

@HelenaUranBideg

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Columnista invitado

La importancia de investigar sobre malaria

Razones para no votar a ciegas

Una reforma urgente y necesaria

La resistencia colombiana

Pizano, el testigo “neutralizado”