Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Lo simple y lo complejo

Hay que tomar las críticas a la llegada de Santrich al Congreso con seriedad moral. Por ejemplo, Jennifer Arias, representante a la Cámara por el Centro Democrático (CD), envió un tuit que decía: “Permítanme asimilar que me tenga que sentar al lado de alguien que mató a un miembro de mi familia”. A pesar de sentir profunda aversión por la fuerza a la que pertenece Arias, puedo entender perfectamente su dolor. En particular, entiendo con claridad que ella necesite, que todos necesitemos, un proceso de “asimilación” para acomodarnos al nuevo escenario. A la vez, su mensaje expresa de manera más o menos transparente los equívocos que se han ido acumulando alrededor de la paz. Dicho de otra manera, la oleada de pánico y rabia creada alrededor del asunto Santrich tiene dos aspectos: uno complejo, relacionado con lo que sienten decenas de miles de colombianos victimizados por las Farc, y otro simple. Esta columna se concentra en el simple, con la esperanza de poder hacer próximamente incursiones en el complejo.

Comencemos por el principio. La objeción original a Santrich se concentraba en que había incurrido en el delito de narcotráfico después del Acuerdo de Paz. Quienes querían que fuera extraditado pensaban que había que enviarlo a Estados Unidos sin que mediaran más trámites que la acusación de Estados Unidos, apoyada por Whitaker y el fiscal colombiano. En su momento creí, y sigo creyendo, que aquella era una demanda increíblemente irrazonable. También irresponsable. Santrich era el líder de una organización que acababa de dejar las armas. No podía estar por encima de la ley. Pero tampoco por debajo. En particular, tenía que gozar del derecho de confrontar las pruebas del hecho que se le atribuía, y del de ser vencido en juicio.

Los lectores que hayan seguido esta telenovela sabrán cuán accidentado fue el camino que siguió. Muchos, comenzando por el presidente y el fiscal, condenaron de antemano a Santrich usando el caso para bombardear y minar la Jurisdicción Especial para la Paz y todo el proceso en su conjunto. Sin embargo, nunca presentaron pruebas. ¿Recuerdan el sainete de la carta enviada por la ministra de Justicia, que nunca llegó? ¿Recuerdan cómo los Estados Unidos rehusaron presentar cualquier prueba a la JEP, frente a la solicitud formal que esta interpusiera? ¿Recuerdan las presiones indebidas de Whitaker, acompañadas por el silencio indigno y cómplice del Gobierno colombiano? Todo esto configura hasta ahora un síndrome: la inexistencia de respaldo para las acusaciones y el intento de condenar a una persona sin la necesidad de derrotarla en juicio. Eso es lo que ha estado haciendo en los últimos días Duque, de manera cada vez más estridente (y menos convincente).

La segunda gran objeción contra la presencia de Santrich en el Congreso es haber pertenecido a las Farc, que secuestraron, mataron y todos los etcéteras que quiera agregarle el lector. Pero obviamente esto significa que aquí Santrich es simplemente un símbolo para bloquear la participación política de las Farc. De hecho, esta es la pepa de las demandas del CD: para él, este Acuerdo no podía pasar del límite establecido por Justicia y Paz, las reglas de juego establecidas para los paramilitares. Creo que es urgente y necesario contestar con buenos argumentos a esta objeción. Pero por el momento destaco que aceptarla significa descarrilar el proceso y sumir a la dirección y a los excombatientes en una brutal inseguridad jurídica y existencial. Duque empeora esta situación al tratar de convertir el debate sobre la paz en un linchamiento (traté este tema en el pasado, y volveré a él).

El corolario de la parte sencilla es el siguiente: NO necesitamos la condena de Santrich para poder creer que nuestras instituciones funcionan. La Corte Suprema lo puede condenar, pero también absolver; todo debería depender de las evidencias, no de un episodio de pánico moral cuidadosamente orquestado.

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2019-06-13T15:17:27-05:00

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2019-06-13T16:43:03-05:00

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