Por: Santiago Montenegro

López Pumarejo, gran reformador

EN LOS PRÓXIMOS MESES Y HASTA EL 20 de noviembre, los colombianos debemos recordar y debatir la vida y la obra de Alfonso López Pumarejo.

Ese día, se cumplirá medio siglo de la muerte de quien ha sido quizás el más grande presidente que ha tenido Colombia en su historia. Más allá de sus muchísimas realizaciones, su grandeza radicó en entender los cambios que enfrentó el país en las primeras décadas del siglo XX. En particular, López comprendió la llegada del capitalismo, con su poder creador, pero también con su terrible poder destructor. Había visto con sus propios ojos la riqueza y el bienestar que podía crear el capitalismo en el Reino Unido y en los Estados Unidos, pero conocía muy bien los traumas y los terremotos políticos y sociales que podían causar las emergentes clases proletarias, las nuevas aglomeraciones urbanas y los cambios de las relaciones laborales en el sector agrario. Entendió claramente que se debía transformar al Estado para que encauzase y dirigiese dichas transformaciones.

Ante todo, López fue un político extraordinario que logró catalizar estos cambios que se sucedían en el mundo y sobre Colombia para posicionar al Partido Liberal y para posicionarse él mismo en la escena política. No fue una tarea fácil porque cuando asumió su dirección, el Partido Liberal estaba poco menos que destruido, desmoralizado por la hegemonía de los conservadores durante más de cuarenta años. Por la izquierda, era acosado por un grupo de políticos e intelectuales formidables, como Jorge Eliécer Gaitán y Alejando López, entre otros, quienes cuando no argumentaban la necesidad de fundar un nuevo partido socialista, deseaban darle al Partido Liberal un matiz decididamente revolucionario. Y, por la derecha, porque muchos sectores del partido estaban anclados a los mismos factores de poder que sustentaban al conservatismo, como los grandes terratenientes, el mundo de la emergente industria y las finanzas y la Iglesia Católica. Con una habilidad pasmosa logró convencer, primero, a sus copartidarios y luego a la opinión pública de que el Partido Liberal podía volver pronto a gobernar. Comprendiendo que él mismo era un factor demasiado polarizante, logró el triunfo en 1930 con un candidato liberal moderado, Enrique Olaya Herrera, triunfo que, sin duda, fue favorecido por la crisis económica causada por la Gran Depresión, y también por la indecisión del Arzobispo de Bogotá, quien no fue capaz de escoger el candidato conservador entre el general Vásquez Cobo y el poeta Guillermo Valencia.

Y así comenzó la llamada República Liberal que acabó con cuarenta y cinco años de hegemonía del Partido Conservador. Y así comenzó también la época de mayor reformismo que ha tenido Colombia. Su momento cumbre fue, quizá, cuando la Reforma Constitucional de 1936 cambió el artículo 19 de la Constitución de 1886, el cual definía al Estado básicamente como un Estado gendarme, y la reemplazó por un texto que definía que las autoridades de la república debían también “asegurar el cumplimiento de los deberes sociales del Estado y de los particulares”. Junto a la reforma de la Constitución, se introdujeron muchas otras a la economía, a la educación, al régimen de tierras, a las relaciones laborales, al sistema tributario. Y, así, Colombia cambió para siempre. Para bien, porque el país avanzó con muchas de esas reformas. Pera también para mal, porque muchas de ellas quedaron inclusas o quedaron sobre el papel o fueron posteriormente revertidas. Muchos de los problemas que Colombia enfrenta en la actualidad son la consecuencia de nuestra inhabilidad para haber realizado muchos cambios que propuso la Revolución en Marcha. Esa es la discusión que tenemos que dar en los próximos meses.

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