Escucha este artículo
Audio generado con IA de Google
0:00
/
0:00
El apoyo de intelectuales, asociaciones, sindicatos e incluso de algunos parlamentarios europeos a Nicolás Maduro se basa en visiones idílicas y contraproducentes de la revolución en América Latina.
El esquema no es nuevo. El mito de la grandeza de la sociedad comunista empezó a ponerse en entredicho cuando algunos miembros de los partidos comunistas de Francia e Italia regresaron de la Unión Soviética y contaron lo que habían visto. Al mencionar que en lugar de progreso y libertad habían encontrado atraso y represión, fueron condenados ideológicamente por sus homólogos e incluso se vieron obligados a abandonar sus partidos. Los casos fueron numerosos.
Poner en entredicho el mito que se había construido en torno a la URSS en Europa occidental no sólo implicaba negar la pertinencia del apoyo que decenas de universitarios le habían dado a los soviéticos, sino también destruir el sentido del compromiso de cientos de adherentes que militaban dentro de los partidos de izquierda para exigir la construcción del comunismo en sus propios países. Por eso era preferible mantener el apoyo y no criticar lo que estaba sucediendo en el país de los soviets.
Algo similar sucede con Venezuela. En el nombre de un internacionalismo proletario, el socialismo del siglo XXI recibió el apoyo de universitarios, intelectuales y activistas. Las campanadas de alerta empezaron cuando el presidente Chávez empezó a controlar los medios de comunicación, los tribunales y a aislar las voces varias figuras influyentes de la izquierda democrática (como la de Teodoro Petkoff). « Única forma de mantener la unidad contra la guerra declarada por el imperialismo », clamaron vehementemente las asociaciones en las plazas públicas y los profesores en los anfiteatros universitarios. Pero las cosas continuaron empeorando para los venezolanos: iniciaron los racionamientos de alimentos para quienes no estaban alineados con el regimen, se generalizaron las golpizas a las manifestaciones de los opositores y varios miembros de la Mesa de la Unidad Democrática (MUD) fueron llevados a prisión.
Era de esperarse que la llegada de Nicolás Maduro —quien a diferencia de Chavez no es un estratega ni un hombre de Estado— terminara por convencer a algunos de esos bastiones europeos del regimen que ya no se estaban frente a una democracia que luchaba por sobrevivir, sino frente a una serie de grupos vinculados al chavismo que podían provocar una guerra civil o una catástrofe humanitaria. Pero el ídolo fue más fuerte y, como había sucedido con la URSS, el mito pervivió.
Las elecciones parlamentarias de 2015 hicieron evidente lo que estaba sucediendo. La victoria de los opositores de la MUD hizo explícito el descontento popular con el gobierno y las trampas de este para perpetuarse en el poder no pudieron ocultarse más. La represión atroz contra los estudiantes y los periodistas, así como el desplazamiento masivo hacia Colombia y otros países, confirmaron que la nueva sociedad de América latina se construía más sobre el hambre que sobre la libertad. Pero para los seguidores de Venezuela en Europa las cosas no cambiaron mucho. A pesar de la extensión de las sanciones de los altos responsables de la Unión Europea en mayo de este año, los simpatizantes del socialismo venezolano continuaron asumiendo que las críticas al regimen, las posibilidades de fortalecer la oposición interna o cualquier hipótesis de intervención internacional son el fruto de la ‘agresión imperialista’ o de las ‘bandas fascistas' que esperan acabar con las ‘grandes conquistas sociales’ que ha logrado el gobierno.
Las similitudes con lo que sucedió antes con la URSS son evidentes: sostener la revolución comunista mientras se vive en un régimen republicano y democrático sigue siendo una moda irresistible. Pero las diferencias también saltan a la vista: mientras los disidentes rusos empezaron a ser vistos como víctimas de un aparato estatal represivo, los disidentes venezolanos son vistos como traidores y los migrantes como víctimas del gran vecino del norte y no del gobierno instalado en Caracas (que desde luego, es el principal responsable de la catástrofe). Resumamos el problema en una frase magistral que alguna vez escuché en une película cubana, pues desde luego ‘es mejor ser comunista en París que en La Habana’.
