Los caballeros las prefieren de segunda

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La biografía ilustrada de Marilyn Monroe dibujada por la española María Hesse es una aproximación iluminadora y refrescante al ícono estadounidense. En el prólogo, Hesse comenta su disgusto al leer una y otra vez versiones amañadas e injustas, casi todas escritas por hombres, de la vida de Marilyn. En ellas, el énfasis está en su belleza y sexualidad. Pero sobre todo en su rol de acompañante o de “segunda”: Marilyn como la esposa del beisbolista Joe DiMaggio, Marilyn como la esposa del escritor Arthur Miller, Marilyn como la amante de los Kennedy.

Hesse, por el contrario, hace énfasis en aspectos menos conocidos de la artista: su faceta de poeta y lectora. Cuando murió, encontraron una biblioteca de más de 400 libros con autores como García Lorca y Whitman, y libretas con escritos y poemas propios. De hecho, existen más fotos de Marilyn leyendo que desnuda. El libro también enfatiza sus sistemáticos y disciplinados esfuerzos por mejorar sus habilidades escénicas para mantenerse como actriz de primera talla. Sin embargo, como lo comenta Hesse, una mujer competente, bella, poderosa y que vive su sexualidad como le parece es simplemente muy peligrosa. Por eso conviene más bien presentarla como tonta, ingenua y frívola.

La construcción de nuestra imagen o persona pública depende de muchos factores. La audiencia juega un papel fundamental. También están los elementos y figuras de poder que determinan nuestro juicio. Y, por supuesto, el performance que cada uno hace cuando se presenta en público. Me llamó la atención sobre todo este último aspecto en los escritos de Marilyn. La actriz era consciente de que esa imagen de rubia tonta que la ponían una y otra vez a representar en las películas traspasaba las pantallas y que ella, al actuarla, la perpetuaba. Gracias a su perseverancia envió un mensaje a quien lo quisiera oír. Insistió e insistió hasta que logró colar la siguiente frase en la película Los caballeros las prefieren rubias: “Puedo ser inteligente cuando me conviene, pero eso a los hombres no les gusta”.

Y son muchos los hombres a quienes les molesta que una mujer se muestre fuerte, inteligente, capaz o par. Esta semana vimos cómo muchos se incomodaron cuando Ángela María Robledo le dijo a Francia Márquez: “¿Qué tenemos que hacer? Tú, ganarle a Petro. Y yo, ganarle a Fajardo”. Vinieron entonces las críticas que enmarcaron el comentario en una supuesta guerra de los sexos. Los que hacen estos comentarios y los que ni siquiera se imaginan a una mujer llevando las riendas de algo importante son los mismos que creen que la mujer debe ser ese “complemento” al mejor estilo de la Iglesia católica: la segunda, la suave, la dócil, la florero.

A Ella Fitzgerald no la contrataban en los clubes más famosos de Los Ángeles, en esos donde se presentaban Dinah Shore, Bob Hope y Sinatra. A los dueños les parecía que “su voz y su físico eran demasiado negros”, nos dice Hesse. Para que la contrataran, Marilyn se ofreció a ir a todas sus actuaciones, así les llegaría la publicidad con la prensa. La dupla Marilyn-Ella fue una sensación: dos mujeres fuertes e independientes. Es hora de que muchos se vayan acostumbrando a la idea.

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