Por: Pedro Viveros

¿Los colombianos tenemos un código cultural?

¿Usted qué diría si la identificación social o código cultural de los mexicanos fuera aguantar, o el de los venezolanos deslumbrar? Los humanos no somos muy amigos de los estereotipos porque unifican y circunscriben a los individuos en un grupo con clasificaciones a veces odiosas o excluyentes. Sin embargo, en un mundo cada vez más interconectado e hiperclasificado, lo cotidiano es recurrir a etiquetas para agrupar cada nueva división de la sociedad. Es tan afanosa la presión para categorizar, que algunos expertos en marketing trabajan de manera probada para descubrir algunos verbos que identifiquen estratégicamente lo que son o quieren ser las personas o las naciones.

En algunos aspectos, el resultado de una sociedad, cualquiera sea su origen o historia, es su cultura. Los ritos, evoluciones, revoluciones, fracasos, sus dialectos, en fin, su esencia se traduce en una especie de símbolo que lo porta con consentimiento o sin el mismo. Desde hace varias décadas los gobiernos mundiales han querido buscar una especie de llave que logre abrir la mente del universo para ser percibidos por lo que puede llegar a significar el país que rigen, para poder “vender” sus potencialidades. 

El mismo producto, con la misma táctica, no se logra mercadear de igual forma a un francés o un alemán. Cada uno tiene una voz cultural que hace necesario entenderla. No es fácil comprender la mente vietnamita sin intuir que hubo una guerra de más de 20 años y que fue ocupada, en parte de su territorio, por los Estados Unidos de América. En la actualidad, por la velocidad de la comunicación y la transculturización, se hace necesario, por simplicidad, reconocer el fundamento de cada nación, así sea un primer paso para iniciar un conocimiento primario de otras comunidades. 

Por supuesto, este tipo de ideas generan argumentaciones o ataques, pero como bien lo dice Clotaire Rapaille es su libro “The Cultural Code”, “siempre hay incontrolables flujos de nuevas y extrañas ideas, contradicciones y preguntas”. A propósito, en este texto podemos encontrar algunas palabras que señalan la pertenencia a un determinado lugar. A los franceses los identifica como los pensadores detrás de encontrar una idea. A los ingleses los tilda de un reino en permanente exploración de ser alguien en la tierra. A los alemanes los ubica como obedientes. A los españoles como unos eternos improvisadores. A los portugueses como los dueños del intercambio. A los norteamericanos los relaciona con el don de hacer. A los japoneses les pondera el hecho de rendirse para triunfar. A los australianos les rescata el valor de sobrevivir. Cada una de estas características las desarrolla con un amplio sentido del mercadeo y no podía ser de otra manera porque para “vender hay que mostrar”. 

A propósito, Rapaille es el culpable de que usted tome café no por el sabor del grano, sino por su aroma. Este francés, después analizar la cultura cafetera y a sus consumidores, llegó a la conclusión de que es más poderoso el sentido del olfato que el del gusto al momento que una tribu de consumidores abordan una buena taza. No hubiera llegado a esta conclusión de no haber estudiado y caminado las condiciones y el ambiente cafetero. Para esto sirve estereotipar por medio de un verbo a los millones y millones de habitantes del mundo.  

Por supuesto el resto de los latinoamericanos no nos quedamos por fuera de la caracterización de quienes buscan conectar por medio de los sentimientos. A los brasileños los relaciona con siempre encontrar una manera para todo. A los argentinos los asemeja con ser soberbios. A los chilenos con avergonzarse. A los colombianos con el vocablo más perseguido por nosotros en los últimos 200 años: vivir. 

En un principio delimitar una nacionalidad con fines meramente comerciales a veces logra compensar la deprimente realidad. Si alguien está en desacuerdo con lo aquí escrito, busque a Rapaille o a un psicólogo.

@pedroviverost 

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