Por: Cecilia Orozco Tascón

Los cómplices de la violencia de género

Si algún crimen cuenta con la complicidad, complacencia o minusvalía de unos altos funcionarios del Estado, es el de la violencia intrafamiliar. Recuerden las afirmaciones del fiscal general cuando conceptuó que meter a la cárcel a un depredador del hogar ¡provocaba la “ruptura del núcleo familiar”! La magistrada del Consejo de Estado Stella Conto no es solo otra víctima de este delito. Ella pertenece a la cúpula del sistema judicial por su extraordinaria carrera y llegó al cargo que actualmente ocupa, no de manera gratuita. Lo logró después de haberse esforzado, durante años, para demostrar que pertenece al selecto grupo de los juristas más brillantes, pulcros y autónomos con que cuenta Colombia. Ojalá las cortes Constitucional y Suprema, el propio Consejo de Estado y lo que queda del Consejo de la Judicatura tuvieran réplicas de Conto en cada una de sus sillas. Otra sería la historia nacional, otras serían las sentencias que orientan la vida comunitaria, otros serían los destinos de los dineros públicos. Para empezar, no habría escándalos entre sus miembros como los que hemos padecido sin que todavía nadie se atreva a poner a sus protagonistas en el sitio que les corresponde; tampoco habría togados que salieran millonarios de sus puestos… Y vaya si los hay…

Por eso tiene tanto valor que, aun en pleno ejercicio de sus funciones de jueza del máximo tribunal contencioso, cuando ninguno de sus colegas estaría dispuesto a exponer su vida privada en público, hubiera decidido dar una batalla por su dignidad y la de sus hijos, batalla que sería conocida por los medios de comunicación en cualquier momento. Solicitarle al sistema judicial la “cesación de los efectos civiles” de su matrimonio y pedir “ser resarcida por el daño que se le causó por el desconocimiento de su derecho fundamental a vivir libre de discriminación de género y violencia intrafamiliar”, es muestra de su valentía porque, teniendo fama de ser una dama de hierro en un entorno laboral masculino, iba a admitir que, simultáneamente, era víctima de un agresor en su propia casa. Aceptar, además, que su error duró años (“Supuse que debía callar y soportar. Me equivoqué”), era igual a reconocer su vulnerabilidad personal ¿Cuántos hombres o mujeres en su posición profesional estarían dispuestos a darse una pela de esta magnitud? Para quitarse el sombrero.

Pero ¿qué encontró la magistrada, una vez dio el paso: solidaridad o rechazo? Un sistema judicial imbuido de cultura machista quiso convencerla de conciliar con su victimario por ser ella mujer y magistrada y pese a que “se encontró probado el grave e injustificado incumplimiento del demandado de los deberes de esposo y padre” dados “los ultrajes, el trato cruel y los «maltratamientos» de obra” en que incurrió. Todavía peor: el Tribunal Superior de Bogotá le negó su derecho a ser resarcida civilmente por la violencia que padeció. Le cobró su éxito de abogada y, con el argumento de que tiene un buen salario, se opuso a concederle una compensación económica. Esta doble victimización fue reparada por la Corte Suprema en una sentencia que deberá servir de apoyo a tantas mujeres mucho más expuestas a la violencia intrafamiliar que la togada. Gracias a su valor.

Entre paréntesis. Nadie lo recuerda: la magistrada Stella Conto también fue víctima de uno de sus colegas que la odiaba, tal como lo escribo, por sus posiciones jurídicas. El exmagistrado Marco Antonio Velilla la detestaba porque mientras él defendía personas (vg., al exprocurador Ordóñez en la nulidad de su reelección), Conto no se movía sino por principios de derecho y ética. No solo le formuló una denuncia temeraria ante la Comisión de Acusación, sino que la insultó y la gritó, como consta en la grabación de una discusión en sala en el Consejo de Estado. Allí se oye claramente a Velilla increparla por su aparente inferioridad ante él (audio): “Yo no sé si es por la ignorancia de ella… porque sí sé que es ignorante”. Hoy, anulada la segunda elección de Ordóñez por inmensa mayoría y sin influencias malignas, sabemos quién podía parecer más ignorante.

 

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