Los costos ocultos de la informalidad

Noticias destacadas de Opinión

Al parecer hay una verdad inconveniente sobre la que nadie se atreve a discutir, y que podría ser la solución a uno de los problemas socioeconómicos de los países latinoamericanos. Se trata de la informalidad de la economía. En Latinoamérica, según datos de la OIT, la informalidad se acerca al 70 % y en muchos países se supera ese promedio. Una cifra que suena escandalosa y en realidad lo es. Lo preocupante del asunto es que los Estados poco o nada se han atrevido a: 1) encontrar una solución de fondo y/o 2) encontrar la causa raíz del problema para poder promover una solución con una política de Estado en lugar de una de gobierno, que terminaría siendo transitoria. Quizá una causa raíz en el asunto político es asumir los costos de una verdad inconveniente, pues en la medida que se busquen soluciones radicales para combatir la informalidad, más impopulares serían los políticos de turno. Es allí donde los ciudadanos deberíamos encontrar ese talante para combatir otro de los males endémicos de nuestros países y de nuestras sociedades: la superficialidad al escuchar las palabras embelesadoras de los candidatos.

Por muchos años hemos oído, de muy buenas fuentes, que las economías latinoamericanas son commodities dependientes o, mejor, bienes primarios dependientes, es decir que dependemos de la producción de recursos renovables y no renovables. Eso ha sido un eco que incluso yo, en columnas pasadas, he defendido. En efecto, en Colombia hemos discutido que la dependencia de la producción de petróleo y sus derivados ha conllevado la posibilidad de una enfermedad holandesa, puesto que la correlación inversa entre la TRM (tasa de cambio frente al dólar americano) es cercana, en muchos casos en una serie de tiempo determinada, a uno (términos estadísticos). Lo cierto del caso, luego de revisar los datos, es que en Colombia, al igual que muchos países de la región, no somos commodities dependientes, por el contrario, somos impuesto-dependientes. Resulta que, según información de la DIAN publicada a principios del año, el recaudo de impuestos superó los $158 billones, es decir que representó un 16 % del PIB, aproximadamente. Sin duda es uno si no el principal aportante del PIB nacional. Situación similar ocurre en los demás países de Latinoamérica.

Así las cosas, el asunto que se infiere de manera natural es que el principal problema que tenemos es la dependencia en el pago de impuestos de los mismos ciudadanos. De ahí la importancia de que cada vez que hay reformas tributarias, los principales dolientes somos los ciudadanos. Eso, a mi gusto, no es nada sostenible, pues en la medida que el Estado no pueda cubrir el costo de mantenimiento y de suplir las necesidades constitucionales de sus ciudadanos con fuentes diferentes a los impuestos (bienes primarios, secundarios y terciarios), poco o nada estará haciendo y seguirá con el mal endémico del cortoplacismo. El otro asunto que queda al descubierto es que la economía informal es la que está ganando la partida. Como en Colombia es del 65 % y la dependencia del PIB en recaudo de impuestos (solo de renta) es del 16 %, entonces si la informalidad se reduce o se cierra, el PIB crecería de manera significativa, por supuesto no en la misma proporción, pero su crecimiento sería material.

Con esto claro, la pregunta es: ¿quién le pone el cascabel al gato? Es decir, quién o quiénes serán capaces de auscultar esta verdad inconveniente. En la medida que esta realidad se revele y se divulgue, seguramente tendríamos la génesis de una verdadera política fiscal. El asunto es que no creo que la extrema izquierda (no creo que se atrevan) ni la extrema derecha (creo que lo tienen claro) podrán dar el siguiente paso porque el costo político es muy alto, pues develaría una verdad inconveniente. Amanecerá y veremos, dijo el ciego.

En Twitter: @JnicaV

Comparte en redes: