Entré a los ocho años al colegio San Bartolomé la Merced en 1968. En ese entonces a los niños nos educaban, hasta tercero de primaria, las monjas del Colegio Siervas de San José. Unas prioras que mezclaban sus palabras cariñosas con una disciplina para delincuentes.
Recuerdo, no sé si con afecto o no, a la madre Concepción, una monja gorda, además de española, que me pegaba reglazos en la mano izquierda cada vez que escribía en mis ordenados cuadernos. Como consecuencia de eso me vi obligado a aprender a escribir con la mano derecha a pesar de ser zurdo. En esa época a los estudiantes nos llamaban semiinternos. Es decir, estábamos en el colegio de 7 de la mañana a 4 de la tarde. Eso, por supuesto, implicaba que almorzábamos allí. Tengo unos recuerdos tenebrosos de los potajes que nos daban y, claro está, del consabido jugo de guayaba y las espesas sopas.
Pasábamos al colegio grande, como se decía, en cuarto de primaria. Allí empezaba la educación de los jesuitas en manos de los hermanos Leonardo Ramírez y Gonzalo Parra. Cuarto y quinto de primaria quedaban en una hermosa vieja casona que, recuerdo, tenía unos salones enormes, una cancha de squash y una pequeña tienda que atendía una persona a la que le decíamos el Paisa. Allí comprábamos unas grasosas empanadas que metíamos dentro de un pan francés, haciendo así lo que llamábamos el sánduche bartolino.
Ya en primero de bachillerato nos recibían en el edificio principal. Y allí nuestros profesores eran sacerdotes jesuitas o profesores laicos altamente preparados. En mi época, el jefe de estudios era el padre Donaldo Ortiz, un educador estupendo. Debo mi formación a los jesuitas, pero no me cabe la menor duda de que Donaldo en algún momento de mi vida llegó a ser mi figura paterna, ya que mi padre nos abandonó a mis hermanos y a mí cuando yo tenía diez años.
En el San Bartolomé aprendí que la sociedad en la que vivimos es diversa. Estudiaban allí en ese momento uno de los hijos del entonces presidente, Misael Pastrana, y también los hijos de Enrique, uno de los conductores de los buses del colegio. Nos obligaban a ir a misa todos los días a las 7:30 de la mañana, en una hermosa capilla llamada La Estrada que después Donaldo convirtió en una magnífica biblioteca. El padre Ortiz ha estado vinculado muy cerca a mi familia. Casó a mi madre cuando contrajo sus segundas nupcias. Presidió el matrimonio de una de mis hermanas y fue un soporte fundamental cuando uno de mis hermanos tuvo cáncer.
En el San Bartolo conocí a quienes hoy por hoy son mis mejores amigos. Así como no me quedaron amigos de mis años de universidad, quienes fueron mis compañeros de clases del colegio me han acompañado por más de 50 años. Ellos todos han estado a mi lado en mis buenos momentos, pero, más importante que eso, cuando he pasado por problemas graves personales o de salud.
Cómo no estar agradecido con los jesuitas, con el San Bartolo y, claro está, con mi amigo y tutor Donaldo Ortiz.