Por: Salomón Kalmanovitz

Los pecados capitales de Peñalosa

Bogotá se ha convertido en una ciudad dura y el alcalde no ayuda a mejorar su calidad de vida. Sus políticas medioambientales y de (in)movilidad, la insistencia en proyectos que han mostrado su fracaso para solucionar sus problemas de transporte, la desidia y el desgreño que afectan a grandes sectores de la capital, todos son evidencia de su incompetencia y de su inflexibilidad para enfrentar los líos de la capital.

La decisión de contratar 500 buses nuevos de Transmilenio que consumen combustible diésel, prohibidos en Europa por su letalidad contra la salud pública, además de declarar desierta la adquisición de buses eléctricos, muestra mucha insensibilidad frente al bienestar de los ciudadanos. Los líderes del sector público deben dar ejemplo a los privados para adoptar tecnologías limpias que entreguen un ambiente más sano, especialmente para los pulmones de niños y personas de la tercera edad. Esta falta de consideración para con el público se evidencia de nuevo en su decisión de acabar con la reserva Van der Hamen para llenarla de concreto que podía convertirse en un pulmón para la asfixiada ciudad, tan desierta de zonas verdes. Para rematar, está acabando con miles de árboles y plantas que siempre ha mirado con recelo porque requieren de mantenimiento.

El alcalde no ha planificado nuevas vías para la trancada ciudad ni una reparación adecuada de los huecos en las calles, sino que insiste en castigar a los vehículos a los que les cobra altísimos impuestos que invierte en ciclorrutas que estrechan aún más las pocas vías disponibles. El secretario de Movilidad, Juan Pablo Bocarejo, ha llenado las calles y otrora rutas rápidas de reductores de velocidad que destruyen la suspensión de los odiados carros y con su geométrico y obsesivo delineamiento de guías que encausan y estrechan el tráfico lo ralentizan aún más. Recientemente plantó nueve topes (si, ¡nueve!) seguidos en la avenida circunvalar por el Parque Nacional que provocan un trancón monumental que se extiende por dos kilómetros de la única vía que permite salir del centro de la ciudad. Se empeña en martirizar a los conductores.

La obsesión del alcalde con su obsoleto proyecto de transporte público le dio la idea de hacer un metro elevado, o sea un transmilenio aéreo que va por encima de las mismas rutas congestionadas por su sistema que cada vez circula a menor velocidad. Como todo iluminado, se cree Adán y no construye sobre lo construido: por el contrario, desecha los proyectos de sus antecesores para insistir en sus errores.

El tradicional centro de la ciudad es quizás el sector más damnificado por el alcalde mayor. Los comerciantes denuncian que han perdido 30 % de sus ventas y hay cientos de locales cerrados y abandonados. La peatonalización de la carrera Séptima, culminada por su antecesor entre la plaza de Bolívar y la Avenida Jiménez, se ha convertido en un basurero público entre la Jiménez y la calle 26, con segmentos enteros en obra negra, plagada de indigentes, sin presencia de la fuerza pública y carente de acceso.

El alcalde adujo que había recibido una ciudad quebrada, pero un estudio del Centro de Estudios Regionales del Banco de la República revela que en 2017 “logró” un superávit de $3,5 billones, o sea que no ha podido invertir los excedentes generados por los impuestos que abonamos religiosamente sus habitantes. Encima nos crucificará con tributos a una valorización que no existe.

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2018-12-16T14:17:32-05:00

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2018-12-18T08:31:25-05:00

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