Por: Óscar Alarcón

Macrolingotes

EN LA REDACCIÓN DE EL ESPECTAdor Luis de Castro no sólo era de los mayores y veteranos, sino además un gran consejero idiomático.

 Acudíamos ante él cuando teníamos duda de un que, sospechando que era galicado, o de una mala conjugación del verbo haber, tan mal usado en el lenguaje callejero y culto.

Pero además, Luis, en las horas de asueto, nos alegraba con el largo anecdotario de su vida que dio lugar para que otro compañero, el inolvidable Isaías González, bautizara esas historias como el “extraño mundo de Luis de Castro”. Le pasaban las cosas más curiosas de la vida, pero él, con esa filosofía que todos le envidiábamos, le buscaba su lado positivo. En una ocasión chocó su carro con otro y después de más de media hora de discusión, arregló con la contraparte. Ya iba a despedirse cordialmente cuando llegó un moto, les preguntó sobre la colisión y ellos le explicaron que ya habían llegado a un arreglo. Cuando de Castro arrancó con su vehículo, no se fijó y le dio a la moto del policía. Y quién dijo miedo, el funcionario del Tránsito se puso las botas y comenzó a pedirle el pase, la tarjeta de propiedad y los papeles y más papeles, algunos de los cuales Luis no tenía. Como consecuencia de ese segundo accidente, que no pudo arreglar, el carro terminó en los patios hasta cuando se pudo poner a paz y salvo de impuestos y “partes” de cinco años atrás.

Todos lamentamos y no faltó quién comentara que era muy de malas por haberle pasado lo que le ocurrió. “De malas, ¿cuál de malas? —respondió—, de buenas, porque en estos días hay una amnistía en el Tránsito y quien paga tiene un descuento de 50%. Si no hubiera sido por eso, yo no estuviera hoy al día”.

Así era Luis, un hombre que sonrió hasta hace ocho días cuando falleció a los 84 años. Un reportero judicial de más de 60 años a quien, como tal, le tocó cubrir el robo de su propio carro y sólo logró percatarse de ello cuando redactaba la noticia.

La vida lo complació porque murió cuando le comenzaba una larga y grave convalecencia. Porque para él, como periodista, lo que le preocupaba era una enfermedad crónica.

 

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