Mala memoria y buen juicio

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A veces me salta la preocupación de estar aprendiendo menos de lo que mi memoria va perdiendo. Si leo un libro esta semana, pienso en los cientos de páginas que, en estos días, han desaparecido de mi radar cerebral. Desde hace algunos años compro libros que ya había comprado y, peor aún, tomo algún libro de mi biblioteca que llama mi atención y cuando lo empiezo a leer descubro, en sus páginas, mis subrayados y mis comentarios.

Mi preocupación se agranda cuando pienso en la actual caducidad del conocimiento. El 90 % de todos los datos recolectados en toda la historia de la humanidad se han producido en los últimos tres años y cada vez se necesita menos tiempo para que una idea o un dato se vuelva obsoleto. La información crece de manera exponencial mientras su supervivencia disminuye. Según Niklas Goke, en los años 60, en los Estados Unidos, los conocimientos de un ingeniero quedaban obsoletos en diez años; hoy esto ocurre en cinco años y, en algunas áreas de tecnología, en dos años. Un diploma de maestría actual puede valer lo que valía un diploma de bachillerato hace 50 años. Cada vez dedicamos más tiempo a estudiar, y al paso que vamos, tendremos que pasar dos terceras partes de la vida encerrados en salones de clase antes de poder salir a trabajar.

 

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