Manuales de defensa intelectual

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Si yo fuera un profesor de bachillerato, me inventaría un manual de defensa intelectual para mis alumnos. Para empezar, el manual haría una breve explicación de cómo funciona la mente y, en particular, de los dos sistemas cerebrales que determinan nuestro sentido del juicio: uno es intuitivo, sensible, inmediato y omnipresente; el otro controla, analiza, es lento y esporádico. Son sistemas interdependientes, pero cada uno es como un yo con una personalidad propia. Los psicólogos, como Daniel Kahneman, hablan de sistema 1 y sistema 2, pero yo voy a utilizar otra metáfora, sacrificando un poco el lenguaje técnico, y hablaré de sistema emocional y sistema racional. En las últimas décadas se ha descubierto que el yo emocional (sistema 1) es mucho más fuerte e imponente que el yo racional y que, con frecuencia, nuestros juicios y decisiones están sesgados por las emociones.

El resto del manual lo dedicaría a mostrar esos sesgos, que son como trampas en las que caemos por falta de control racional. Allí explicaría cosas como estas: nuestro yo emocional construye imágenes simples de la realidad (y de nosotros mismos), imágenes que nos complacen y nos favorecen, pero que suelen ser falsas; nos ayuda, por ejemplo, a detectar los defectos de los demás, pero cuando se trata de nuestros propios defectos o, peor aún, de los defectos que los demás ven en nosotros, no se entera de nada, o de casi nada; nos hace ver a los enemigos como personas dedicadas exclusivamente a hacer el mal, y a los amigos como personas dedicadas al bien, cuando, en realidad, es posible que ambos hagan ambas cosas. El yo emocional, además, subestima la importancia del azar, no soporta la incertidumbre y se inventa causalidades que no tienen fundamento.

El yo racional, de otra parte, controla los desafueros del yo emocional. Sin embargo, como no es inmediato y requiere de esfuerzo, se puede volver perezoso y dejar que las imágenes complacientes del yo emocional se impongan. A veces incluso se convierte, como dice Jonathan Haidt, en un abogado que nos defiende de todo lo que hacemos, que busca razones para soslayar la culpa y que, en definitiva, no se comporta como un juez ponderado, que sopesa argumentos y escoge lo más razonable, sino como un defensor implacable. Obrando de esta manera, el yo racional suprime las ambigüedades, elimina las dudas y se empeña en confirmar más que en descubrir; además, cuando está en medio de un grupo, se vuelve conformista y cuando pasa mucho tiempo en él, se radicaliza, sobre todo en asuntos políticos o religiosos.

Mi manual pasaría luego a describir otras trampas (ilusiones mentales) más específicas, como el “efecto halo”, que consiste en que nos contentamos con el primer rasgo que vemos en algo, o en alguien, sin valorar todo el conjunto. Si me dicen, por ejemplo, que Julián es inteligente, diligente, impulsivo, crítico, testarudo, y envidioso, mientras que Pedro es envidioso, testarudo, crítico, impulsivo, diligente e inteligente, tiendo a preferir a Julián sobre Pedro, a pesar de que ambos tienen las mismas características. Así como esta, hay decenas, posiblemente cientos de trampas que nos tiende el yo emocional.

En el mundo actual de redes sociales y de hiperinformación, los niños que no aprenden a dudar —empezando por dudar de ellos mismos—, a pensar las cosas dos veces y a analizar son los más vulnerables y, viendo como van las cosas hoy en día, me temo que son la gran mayoría. Por eso es que hoy, para defenderse, esos niños (no solo ellos, nosotros también) necesitan manuales de defensa intelectual, de la misma manera como los caballeros de la Edad Media necesitaban armaduras.

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