Más allá de cruz y medialuna

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No hay alma sensible que, embarcada en un ferry del Bósforo, de Eminönü a Kadıköy, pueda contener las lágrimas cuando advierte, sobre una colina del lado europeo, la silueta de un edificio de muros ocre y techos redondos que desde hace mil cuatrocientos años ejerce un magnetismo que obliga a enmudecer. Nadie se ha atrevido, hasta ahora, a cambiar su nombre imbatible, consagrado a la sabiduría divina, como valor espiritual disponible para todas las personas y los países, sin límites en el tiempo.

Al noreste de la explanada del antiguo hipódromo, y del sitio donde se alzaba el Gran Palacio imperial de Constantinopla, Santa Sofía vive para siempre, llena de recuerdos y de enigmas todavía por resolver. Imponente, sencilla, tranquila e impasible, venerada por siglos como epicentro de la ortodoxia cristiana desde Antioquía, Jerusalén, Alejandría, Atenas y Moscú. Rodeada ahora de cuatro minaretes, como huellas externas de intervención musulmana, con una que otra ventana tapada y medialunas en el remate de los tejados.

Después del atrio, y de atravesar el nártex, corredor interior del edificio reservado en los templos bizantinos a los no bautizados, nueve puertas descomunales, entre ellas una reservada antiguamente a los emperadores, permiten acceder al recinto inconmensurable, que se aprecia mejor desde el “káthisma aftokrátiras”, asiento de la emperatriz, en la planta alta, del lado opuesto al altar.

No hubo sitio comparable para admirar el gigantesco iconostasio de plata, los muros cubiertos de mosaicos y placas de metales preciosos, los fulgores de las ventanas en las paredes y galerías laterales, los pequeños puntos de fuego de las lámparas de izar, y la luminiscencia filtrada por los tragaluces de la corona celeste, debajo de la cúpula de treinta y un metros de diámetro, a cincuenta y cinco de altura. Luces y sombras cambiantes que daban solemnidad a ceremonias presididas por poderes sobrenaturales, a cuyo servicio proclamaban estar patriarcas y emperadores.

Con agudeza y criterio de ojo de mujer, desde allí se podía seguir la pompa estudiada de cada liturgia, al ritmo lento de la música del rito oriental, y leer intenciones, estados de ánimo, señales de alianza, signos de fidelidad política y muestras de tejidos de conjura, definitivos en el juego que se desenvolvía sin cesar en la planta principal. Espectáculo espléndido de diplomacia de gestos espontáneos y señales convenidas, con el ropaje y la cadencia de ceremoniales que el resto del mundo cristiano copió para siempre, con todo y las tramas propias de las disputas por el poder, tramitadas bajo el velo encubridor de cánticos y alabanzas.

Así fue desde el Siglo VI, cuando la bella Teodora, hija del encargado de los osos del anfiteatro, bailarina y actriz desenfrenada, consiguió ascender a punta de astucia e inteligencia hasta llegar a reina. Entonces, como “nikokyrá”, anfitriona jefe del hogar imperial, intervino con su talante femenino en la reconstrucción, en cinco años, con diseño nuevo y ampliado, de un templo bicentenario quemado en una revuelta de la que salió victorioso su marido, el Emperador Justiniano, restaurador de obras y del orden, y compilador del Corpus Iuris Civilis, cuyas entrelíneas llegan hasta nuestros días.

Eran tiempos de esplendor, cuando Bizancio, la versión griega del Imperio Romano, recuperaba la península italiana y consolidaba su dominio sobre la cuenca completa del Mediterráneo, con el norte de África, hasta Iberia, mientras imponía su autoridad en el Oriente Medio, los Balcanes y las costas del Mar Negro. Regiones todas de las cuales fueron llevadas piedras y artefactos que entraron a formar parte de las columnas, los pisos y los adornos de la nueva construcción.

A lo largo de diez siglos, muchos más de los que han transcurrido desde su caída en manos otomanas, Santa Sofía representó el eje de la alianza atornillada del poder político con el religioso, que en medio de fastos y atrocidades, casi siempre ocultas, ejerció dominio político, militar, económico, espiritual y cultural nunca antes visto, y propició la colección más fantástica de riquezas de toda índole. Tremenda demostración de poder y gloria, bajo el símbolo del águila de dos cabezas, iglesia y estado, norte y sur, este y oeste, que miraba en todas direcciones desde las astas de banderas imperiales, las cúpulas de los templos, y los estandartes de la iglesia ortodoxa, para no dejar detalle sin escrutar.

Centro del mundo conocido, separadora y unificadora de las mitades de la tierra, cuando Greenwich no era nada, Constantinopla giraba alrededor de su basílica, morada de todos los poderes, donde se coronaban o defenestraban emperadores, se llevaban a cabo las discusiones trascendentales, se pontificaba sobre lo divino y lo humano, y se hacían las grandes promesas, consagraciones y declaraciones, bajo la invocación de los poderes celestiales que habitaban y protegían ese recinto supremo de “la ciudad de las murallas infranqueables”. Por lo cual precisamente su conquista se convirtió en el reto más grande y el premio más codiciado de reyes, conquistadores, depredadores y aventureros.

Ejércitos y bandas de toda procedencia asediaron a la Segunda Roma con ánimo de apropiársela, o al menos de saquearla. Casi siempre resultaron frenados por las murallas, que aún inspiran respeto, y por el ingenio estratégico y la astucia política de quienes, para efectos militares, inventaron armas como el “fuego griego” que flotaba en al mar e incendiaba sin remedio las embarcaciones enemigas, y para efectos del discurso político fueron capaces de reemplazar a los dioses olímpicos, parranderos y audaces, por uno solo, crucificado, con su corte de apóstoles y santos austeros.

Hasta que un grupo de cruzados, convertidos en forajidos, ramplones en evidencia por sus modales primitivos frente al refinamiento decantado de los bizantinos, como lo dijeron más tarde las princesas locales, logró con artimañas irrumpir en la ciudad, en el Siglo XIII, profanar la basílica con putas a bordo, robarse reliquias, copas y vajillas, y bañarse con los vinos sagrados, para instaurar una “frankokratía”, reino de los francos latinos, que terminaron por abandonar pocos años después, por no poder sostenerse en el gobierno, llevándose tesoros que aún se exhiben en museos, bibliotecas, iglesias y plazas de Europa.

En la tarde del veintinueve de mayo de 1453, cuando apenas pasaba los veintidós años, y después de haber roto la muralla con el cañón más grande hasta entonces disparado, Mehmet Segundo, entró a la ciudad a la cabeza de los ejércitos otomanos y se fue directo a Sant Sofía. Maravillado por la magnificencia del recinto, hasta entonces objeto de sus sueños y sus ambiciones, y de los de sus antepasados, se coronó como nuevo dueño de la ciudad invencible y decidió usar el templo como mezquita, sin cambiar su nombre. Había llegado a la meta del trayecto recorrido por su pueblo desde que abandonó el centro del Asia y acogió la bandera del Islam, con la convicción de que su destino se hallaba al occidente.

Mientras la diáspora de constantinopolitas ayudaba a engendrar los embriones del renacimiento europeo, los cristianos de oriente iniciaron una etapa, que todavía no termina, llena de avatares, en cohabitación con el Islam. Ambas civilizaciones bebieron mutuamente del cáliz de una y otra, y entrelazaron los elementos propios de cada cultura. Los “fanariotas” griegos, educados en una escuela cuyo edificio todavía ilumina el Cuerno de Oro, refinados burócratas y administradores de riquezas propias y ajenas, ayudaron, con frecuencia obligados, al montaje del nuevo imperio. Unas cuántas iglesias fueron convertidas en mezquitas, y muchas mezquitas, que todavía podemos admirar, fueron construidas sobre planos típicos de templos bizantinos.

A pesar de enfrentamientos llenos de pasión y violencia, cristianos y musulmanes aprendieron a coexistir bajo los denominadores comunes provenientes del tronco de la tradición judía. Así aparecieron remansos de paz bajo principios compartidos de respeto, bondad y buena voluntad, como lo atestigua la convivencia de iglesias, sinagogas y mezquitas en Sarajevo, Tesalónica y Esmirna. Hasta que la Primera Guerra Mundial hizo saltar en pedazos el Imperio Otomano que cobijaba los Balcanes, segmentos del norte de África, Anatolia y el Medio Oriente. Todo lo que, a la fuerza, había tomado de Bizancio.

Las definiciones del destino de Anatolia y los Balcanes, por la vía de la guerra, terminaron en 1923 con la fundación de la República de Turquía, que impidió la recuperación de Anatolia por parte de los griegos, echados al mar, y se quedó otra vez con el premio mayor de Constantinopla, Estambul, del lado europeo, y su joya monumental dedicada a la divina sabiduría. Entonces, como muestra del desmonte efectivo del poder de los clérigos del antiguo Sultanato, Mustafá Kemal Atatürk, Padre de la República, adoptó el laicismo como principio y dispuso en 1934 que la antigua basílica, monumento de valor universal, fuese convertida en museo, abierto sin distingos, en reconocimiento de su vocación ecuménica.

La decisión de utilizar ahora como mezquita la basílica que hace mil cuatrocientos ochenta y ocho años mandó reconstruir Justiniano, es vista por sectores de la sociedad del país que aloja el monumento como parte de un proyecto político de interés inmediato, al que le atribuyen profundas consecuencias respecto de la índole de la República fundada hace casi un siglo por Atatürk. También hay quienes aprecian la decisión como nueva pintada de la secuencia de graffitis que representan la agria controversia contemporánea de sectores radicales del Islam con sus pares en el resto del mundo.

No será esta la última oportunidad en la que un templo resulte destinado a un fin distinto de aquel concebido por su constructor. Pero nada mejor que la historia milenaria de Santa Sofía para demostrar que las decisiones de reyes, emperadores, conquistadores, presidentes y abanderados de causas políticas, cualesquiera que sean, nunca serán definitivas.

Por ahora, al observar la congregación de figuras políticas y religiosas con el rostro cubierto con tapabocas a causa de la pandemia - ¡qué circunstancia de valor simbólico! - para celebrar otra vez en la vieja basílica un ritual islámico de viernes, parodia desproporcionada del conquistador otomano de hace cinco siglos y medio, los interesados en las reliquias del patrimonio mundial se preguntan si alguien se atreverá a cambiar el nombre del recinto, o si seguirán usando el nombre griego, Aghía Sophía, pronunciado como quieran, y si ocultarán sus tesoros originales de significación cristiana.

No se sabe qué harán con las legendarias imágenes del Cristo Pantocrátor, que figura con la Virgen María y el Arcángel Gabriel en el mosaico del tímpano de la puerta principal, y en el del final de la galería del sur, junto a Constantino IX, Monómaco, y la tremenda Zoí, con sus retoques pecaminosos.

¿Qué pasará con las figuras de María y el niño, acompañados de Juan II Comneno y la sonrojada Irene?, ¿Qué destino tendrá lo que queda de la “Déesis” de Jesús, flanqueado por su madre y su Bautista, que imploran piedad por la humanidad el día del juicio final?, ¿Seguirán allí ocupando una pared que ilumina la luz del día en su propia sala, después de pasar una puerta falsa en la que, se visita al museo, se tomaban fotos las modelos escandinavas? Y, sobre todo, ¿será alguien capaz de ocultar, y mediante qué recurso, la imagen del Theotókos, esto es “la que dio a luz al Dios mismo”, si fuese posible alguna traducción del griego, que lo tiene en su regazo, sentada sobre una tarima adornada con piedras preciosas, y que domina todo el recinto desde el cielo del ábside?

Santa Sofía ha sido, hasta ahora, más tiempo basílica que mezquita. Faltan todavía varios siglos para que los tiempos sean iguales. Como es un edificio eterno, que por supuesto sobrevivirá a los habitantes del mundo de hoy, cuando se hayan ido los protagonistas de los actuales episodios podrá ser, en cuanto a su uso, objeto de nuevas definiciones. Ojalá, por lo menos, atinen en el reconocimiento de su destino invariable, que no puede ser otro que el de patrimonio de la humanidad entera.

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